La pena que la tierra soportaba,
a causa del pecado, se ha trocado
en canto que brota jubiloso,
en labios de María pronunciado.

El sí de las promesas ha llegado,
la alianza se cumple, poderosa,
el Verbo eterno de los cielos
con nuestra débil carne se desposa.

Misterio que sólo la fe alcanza,
María es nuevo templo de la gloria,
rocío matinal, nube que pasa,
luz nueva en presencia misteriosa.

A Dios sea la gloria eternamente,
y al Hijo suyo amado, Jesucristo,
que quiso nacer para nosotros
y darnos su Espíritu divino. Amén ■

de la Liturgia de las Horas del tiempo de Adviento.

Sandro Boticelli, Madonna del Magnificat (detalle) 1480-81, tempera sobre madera, Galleria degli Uffizi (Florencia)

I Domingo de Adviento

Las últimas palabras del texto del profeta Isaías[1], pueden ayudarnos a comprender mejor una de las lecciones más importantes de nuestra vida: debemos empeñarnos –de manera especial en la educación de los niños- en entusiasmarnos con nosotros mismos. Sí, como se lee: debemos estar entusiasmados con nosotros mismos. De ahi y de dejarnos moldear como el barro en manos del Alfarero, parte todo; lo demás se nos dará por añadidura[2].

Alguno pensará que eso de entusiasmarse con uno mismo es acercarse peligrosamente al narcisismo[3]. Pues no, aunque ciertamente es un peligro.

Con frecuencia se nos olvida el mandamiento –clarísimo- el mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo[4]. Se da por supuesto que cada uno se ama a sí mismo.

En su tremendo análisis de la envidia, Abel Sánchez, don Miguel de Unamuno hace decir a su personaje Joaquín Monegro: «¡Señor, Señor! ¡Tú me dijiste: ama a tu prójimo como a ti mismo! Y yo no amo al prójimo, no puedo amarle, porque no me amo, no sé amarme, no puedo amarme a mí mismo. ¿Qué has hecho de mí, Señor?»[5].

La falta de amor a sí mismo sería la raíz de la envidia, del odio, porque Joaquín llega a pensar que vive en una tierra en que el precepto parece ser: «Odia a tu prójimo como a ti mismo». Y, aunque lo caricaturiza, Unamuno acierta: si no me gusto, mal voy.

Y para que nos gustemos tenemos que gustar. Si los papás, los profesores, los sacerdotes, cada uno en nuestro campo, no hacemos más que decirnos unos a otros y sobre todo a los pequeños lo mal que vamos en tal cosa, lo feos que somos, lo tontos que somos, lo torpes que somos, lo tímidos que somos, lo desordenados que somos…un día sí y otro también, ¿cómo vamos a terminar?: hechos todos un desastre y creyéndonos realmente que no valemos nada. La que se ha llamado teología del gusano.

La verdad es que estamos rodeados de personas que no se toman en serio la condición profundamente amorosa del hombre, de la mujer, ¡y es lo más importante! Todo proyecto hunde sus raíces en esa idea. Y si no se tiene, el viaje de la vida nace como algo con muchos problemas. Es un barco a la deriva.

El camino de la vida sólo se puede andar con entusiasmo, con ilusión, con empeño alegre, ¿y cómo se consigue ése tono?: pues queriéndose a uno mismo. O dicho de otro modo: el mundo, la vida, es mía, y me encanta vivirla. Ésta vida, la mía.

El entusiasmo es el carácter de ese vivir, y se da cuando convergen tres dimensiones necesarias: la presencia de Dios (y cada uno tiene sus maneras), el amor efusivo a la realidad y la autenticidad del proyecto. Pero si nace viciado, ¿cómo se aúnan estas tres dimensiones?

Cuando esto no se da, es habitual que nos identifiquemos entonces con nuestras «posesiones», desde las dotes personales hasta la figura social o la riqueza: la identificación del hombre con su dinero, con su riqueza, de modo que su realidad consiste en ella.

Hay muchas educaciones –y tristemente también muchas espiritualidades- que excluyen la ilusión por uno mismo y hacen sumamente improbable cualquier otra forma de entusiasmo a largo plazo. Porque la avidez de riqueza, títulos, poder, fama o lo que sea «cosifica» esas cosas, les da carácter de efectivas o posibles posesiones. Y, claro, así las despersonaliza y las separa del viaje de la vida, autor de la posibilidad de ilusión y del entusiasmo

Vamos a pedirle hoy al gran profeta Isaías –a quien deberíamos tenerle más de devoción y un profundo agradecimiento- que nos ayude a vivir este entrañable tiempo de adviento de manera entusiasta, a confiar en Dios, pero también a confiar en nosotros mismos, a tomarnos la vida con alegría, a querernos, a aceptarnos para sí podernos entregar con muchas ganas y fuerzas al servicio de los demás, cada uno donde Dios lo nos ha puesto ■

[1] Cfr Isa 63, 16-17.19; 64, 2-7.
[2] Homilía preparada para el I Domingo del Tiempo de Adviento, 30.XI.2008, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio, Texas.
[3] En la mitología griega, Narciso (en griego Νάρκισσος) era un joven conocido por su gran belleza. Acerca de su mito perduran varias versiones, entre las que se cuenta la de Ovidio, que fue el primero en combinar las historias de Eco y Narciso, y relacionarlas con la anterior historia del vidente-ciego Tiresias. Según esta última, tanto doncellas como muchachos se enamoraban de Narciso a causa de su hermosura, mas él rechazaba sus insinuaciones. Entre las jóvenes heridas por su amor estaba la ninfa Eco, quien había disgustado a Hera y por ello ésta le había condenado a repetir las últimas palabras de aquello que se le dijera. Eco fue, por tanto, incapaz de hablarle a Narciso de su amor, pero un día, cuando él estaba caminando por el bosque, acabó apartándose de sus compañeros. Cuando él preguntó «¿Hay alguien aquí?», Eco contenta respondió: «Aquí, aquí». Incapaz de verla oculta entre los árboles, Narciso le gritó: «¡Ven!». Después de responder: «Ven, ven», Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos. Narciso cruelmente se negó a aceptar su amor, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva y allí se consumió hasta que solo quedó su voz. Para castigar a Narciso, Némesis, la diosa de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en una fuente. En una contemplación absorta, incapaz de apartarse de su imagen, acabó arrojándose a las aguas. En el sitio donde su cuerpo había caído, creció una hermosa flor, que hizo honor al nombre y la memoria de Narciso.
[4]
[5] Abel Sánchez (subtitulada Una historia de pasión) es una novela escrita por Miguel de Unamuno en 1917 durante su exilio en Fuerteventura y Francia. Aunque su estilo es más realista que la de sus nivolas, en ella pueden encontrarse los rasgos fundamentales de la narrativa unamuniana. Nivola es el neologismo creado por Miguel de Unamuno para referirse a sus propias creaciones de ficción narrativa, para representar su distancia con respecto a la novela realista imperante a finales del siglo XIX.

La ilustración de ésta homilia es una obra de arte muy especial y muy entrañable, está titulada "¿hacia a dónde vamos sin amor?", y es de Susana Casillas, artista mexicana con quien me une una profunda y verdadera amistad. Susana vive en Inglaterra y amablemente me permitió utilizar una de sus obras para ilustrar éste texto, ¡gracias, Susy!

O come, Divine Messiah,
The world in silence waits the day
When hope shall sing its triumph,
And sadness flee away.

Dear Savior haste!
Come, come to earth.
Dispel the night and show Thy face,
And bid us hail the dawn of grace.

O come, Divine Messiah,
The world in silence waits the day
When hope shall sing its triumph,
And sadness flee away.

O Thou whom nations sighed for,
Whom priest and prophet long foretold,
Wilt break the captive fetters,
Redeem the long lost fold.

Dear Savior haste!
Come, come to earth.
Dispel the night and show Thy face,
And bid us hail the dawn of grace.

O come, Divine Messiah,
The world in silence waits the day
When hope shall sing its triumph,
And sadness flee away ■

First Sunday of Advent

Our spiritual life is like driving a car. We can be going about our business, attempting to live our faith, but taking things for granted. Warning signs are often ignored. These signs might be slacking off from church attendance, letting some things into our homes or lives that are questionable, inappropriate or even unchristian. Maybe we are exercising less control over our tempers. Or perhaps, we are not making as much time for prayer as we need. Suddenly, we fall asleep. Temptation is there, but we don't have enough spiritual energy to resist. If we are blessed, we wake up in time to realize that we are destroying the spiritual life of our baptism. But it could happen that we don't wake up and sleep forever in our sins, spiritually dead[1].

Perhaps we fall asleep missing the opportunities the Lord provides for us to experience His Presence and provide His Presence, His Love and Compassion, to others. Sometimes we get so involved in what we are doing that we forget why we are doing it.

My brothers and sisters: we need to stay awake.

Stay awake is the theme for this First Sunday of Advent. The Master of the house is the Lord. His coming is at the end of our lives to determine our capacity to receive an infinite share of His love. If He come and finds us ready and waiting, the door of our life open to His Presence, then we have nothing to worry about. If He comes and finds us spiritually asleep with the doors of our lives firmly closed to Him, then we face an eternity of coldness and hatred, an eternity without love. That is what hell is.

And so we stay awake, and we watch. We watch for the Divine Healer to come and lead us into His Love. We watch for the times, more than we could imagine, when God extends His Love to us. We watch for the times when we serve His Love by serving others. We watch for the opportunities to unite ourselves closer to His Love through prayer and sacrifice. We wait. We watch. We watch for opportunities to grow. Advent, the time of watching reminds us that our entire lives must be a watching for ways that we can grow more spiritual, grow closer to Christ.

We long for Jesus’ presence. If we deny this need, this necessity for God to be in our lives, then we chance becoming useless shells, Christians on the outside, but not much on the inside. But if we fight off our inclination to embrace chaos, if we fight off being overwhelmed by the fluff of Christmas and allow our need for Christ to transform our lives, then we can be what He created us to be, images of His Love on earth. We can be whole. We can be Christians.

Advent is the season of hope. The promise of the prophets will be fulfilled. The Messiah will come to return the world to God’s original plan. Our thirst for the Messiah will be quenched not just on December 25th, but every day of our lives.

We wait.
We watch.
We stay awake.

To the extent that we do this well, to the extent that our lives are a celebration of the presence of Christ in the world, to that extent, our entire lives are a celebration of Christmas ■


[1] Sunday 30th November, 2008, 1st Sunday of Advent. Readings: Isaiah 63:16-17; 64:1, 3-8. Lord, make us turn to you, let us see your face and we shall be saved—Ps 79(80):2-3, 15-16, 18-19. 1 Corinthians 1:3-9. Mark 13:33-37. [St Andrew].
Ilustration: Jacobus Vrel, Sleeping Woman (The Convalescent) 1654, Oil on panel (57 x 48 cm), Private collection.

Most High, all-powerful, all-good Lord,
All praise is Yours, all glory, honor and blessings.
To you alone, Most High, do they belong;
no mortal lips are worthy to pronounce Your Name.

We praise You, Lord, for all Your creatures,
especially for Brother Sun,
who is the day through whom You give us light.
And he is beautiful and radiant with great splendor,
of You Most High, he bears your likeness.

We praise You, Lord, for Sister Moon and the stars,
in the heavens you have made them bright, precious and fair.

We praise You, Lord, for Brothers Wind and Air,
fair and stormy, all weather's moods,
by which You cherish all that You have made.

We praise You, Lord, for Sister Water,
so useful, humble, precious and pure.

We praise You, Lord, for Brother Fire,
through whom You light the night.
He is beautiful, playful, robust, and strong.

We praise You, Lord, for Sister Earth,
who sustains us
with her fruits, colored flowers, and herbs.

We praise You, Lord, for those who pardon,
for love of You bear sickness and trial.
Blessed are those who endure in peace,
by You Most High, they will be crowned.

We praise You, Lord, for Sister Death,
from whom no-one living can escape.
Woe to those who die in their sins!
Blessed are those that She finds doing Your Will.
No second death can do them harm.

We praise and bless You, Lord, and give You thanks,
and serve You in all humility ■ St. Francis of Assisi

Thnaksgiving

Happy Thanksgiving to all of you! By coming to Mass today, you are thanking God in the best possible way, in the best space as humans we have to give thanks to the Lord: the celebration of the Eucharist.

Because it is always a bit of a mystery to foresee what the readings should be in today's liturgy I decided to prepare a very brief reflection on the beautiful Preface which has been approved for Mass on this uniquely American celebration.

The Preface compares God's chosen people with Americans, some people think this is an exaggeration, but I don't.

Listen to some of the passages from the Preface:

Once you chose a people and gave them a destiny and, when you brought them out of bondage to freedom, they carried with them the promise that all men would be blessed and all men could be free.

What the prophets pledged was fulfilled in Jesus Christ, your Son and our saving Lord. It has come to pass in every generation for all men who have believed that Jesus, by his death and resurrection, gave them a new freedom in his Spirit.

It happened to our fathers, who came to this land as if out of the desert into a place of promise and hope. It happens to us still, in our time, as you lead all men through your Church to the blessed vision of peace.

The United States has been called the great "melting pot" –and, to a certain extent it is, but it is even more a mosaic, many colors and many cultures in one beautiful expression of unity with diversity: e pluribus, unum, I mean, out of many, one.

Today, in the middle of the mass and looking to heaven, we have to recognize ourselves to be stewards and not masters of the abundance and of the freedom with which we have been blessed; in the gospel the Samaritan gives us a wonderful example of prompt gratitude. The person who has a grateful heart –and who expresses it in a sincere way- builds strong friendships. That applies not only on a human level, but also to our communication with God.

Today I am extremely grateful to be not only a Catholic, but a priest working in the United States of America, and specifically in St. Matthew. God has been so good with me. I thank God for my faith and for my freedom, and for the fact that I am developing my priesthood in nation which, with all its faults, is still justly viewed as a land of opportunity, a beacon of hope in an often despairing world. Help me to give thanks to the Lord.

On this Thanksgiving Day, we thank our Heavenly Father, and we pray fervently, God bless America! ■
Ilustration: Jean-François Millet (1814-1875), The Angelus (Between 1857 and 1859), Oil on canvas, H. 55.5; W. 66 cm, Paris, Musée d'Orsay, bequest of Alfred Chauchard, 1909.

¡Qué hermoso el rey en la campaña!
Iba vestido de Verdad,
y era su espada de conquista
el fuerte amor que vence al mal.

¡Qué hermosa aquella estirpe suya,
desde el divino manantial!
Es rey de la casa de David,
nacido en cuna virginal.

Murió en la cruz ajusticiado
por rey del pueblo de Abraham.
¡Este es el Rey del universo!;
si Dios lo ha escrito, escrito está.

Rey que desarmas las conciencias,
rey vencedor de Satanás,
sobre la ruina del pecado
tú solo creas vida y paz.

Oh Jesucristo, mi Señor,
rey poderoso que vendrás,
a tus hermanos pecadores
mira con rostro familiar.

¡Bendito el Rey crucificado,
el Rey de Reyes inmortal,
desde la altura de tu Padre
reina con cetro de piedad!
Amén ■

Tomado del Oficio de Laudes de la Liturgia de las Horas.

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Dice C.S. Lewis[1] con bastante buen humor en una de sus mejores obras que cuando lleguemos al cielo (si el lector nos permite la atrevida manera de hablar) nos llevaremos una triple sorpresa. La primera será porque encontraremos personas que nunca hubiéramos pensado y esperado que estuvieran allí. También nos sorprenderá no encontrar ciertas personas que pensábamos y esperábamos que estuvieran allí. Y la más grande de las sorpresas será ¡que nosotros estemos allí![2]

La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo con la que terminamos el año litúrgico es una buena oportunidad para reflexionar sobre la idea tantas veces hablaba y puesta por escrito de que nadie, absolutamente nadie –excepto nuestro Señor- tiene el monopolio de la Salvación.

En el camino de la vida uno se encuentra con personas que piensan y hasta cortan cabezas afirmando que sólo los católicos nos salvamos, es decir, que la salvación viene únicamente a través de la Iglesia católica, y que cuando uno tiene sus más y sus menos con Dios y con la Iglesia y pasa por una crisis –llámese divorcio, llámese separación, llámese secularización, llámese de la manera que sea- el fracaso es total, universal, definitivo e irreparable.

Su santidad Benedicto XVI escribe en Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo: «¿En dónde consta que el tema de la salvación debe asociarse únicamente con las religiones? ¿No habría que abordarlo, de manera mucho más diferenciada, a partir de la totalidad de la existencia humana?

»¿Y no debe seguir guiándonos siempre el supremo respeto hacia el misterio de la acción de Dios? ¿Tendremos que inventar necesariamente una teoría acerca de cómo Dios es capaz de salvar, sin perjudicar en nada la singularidad única de Cristo?».

Poco o más bien nada hay que agregar a sus palabras.

Y lo mismo con el tema de vocación –que es el camino personal por el que cada uno se salva (salvación entendida como madurez hacia el amor), que todo hombre tiene por el hecho de serlo. Eso es lo que llama El Papa “la totalidad de la existencia humana”. No es cuando se cae en algún error que se deja el arado. No. La desgracia viene se deja de ser quién de verdad uno debe de ser.

Para realizarse en la propia vocación se necesita tiempo –el tiempo también es gracia: y con el tiempo llega el conocimiento personal: saber quién soy, como soy, aceptarme, quererme en lo bueno y en lo malo, y darme al mundo. A partir de allí se va andando, pian pianito.

A los que nacimos en el seno de la Iglesia católica o a aquellos que libremente han querido formar parte de ella y nos va bien, pues perfecto. El que nació musulmán o adorador del Yame Luang pues también; al que le ha tocado vivir en el Budismo, pues lo mismo. Y glosamos de nuevo al Papa[3]: «Por ejemplo, hoy en día contemplamos diversas maneras en las que se puede vivir el Islam: formas destructoras y formas en los que podemos reconocer cierta cercanía el misterio de Cristo. ¿Podrá y tendrá el hombre que arreglárselas simplemente con la forma que encuentre ante sí, por la forma que en que se practica en su entorno la religión que le ha correspondido? ¿O acaso no tendrá que ser una persona que tiende a la purificación de su conciencia y que –al menos eso- va así en pos de las formas más puras de su religión?»[4]

Nada en ésta vida es solamente blanco o nada más negro. No le estoy restando importancia al misterio del mal, o al pecado. Lo que quiero decir es que no podemos ni debemos movernos únicamente en el mundo de la justicia y la medida. Dios no debe nada a nadie, y aunque hagamos sacrificios increíbles y admirables por Él, sus recompensas siguen siendo gratuitas y generosas.

Habemos ¡ay! quienes somos como los obreros de la parábola; los contratados desde la mañana hablan con el lenguaje de la justicia, exigen equivalencia entre trabajo y salario, y no está bien. “¿Por qué le das a ése, que no ha trabajado más que una hora, lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor?”. –¿Y tú por qué ves mal que yo sea bueno?” Contesta el dueño de la viña que es fino y educado[5].

Termina el año litúrgico. Gran oportunidad para meditar sobre lo que canta el Prefacio de la Liturgia: El de Jesucristo es un Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz

[1] Clive Staples Lewis (1898-1963), popularmente conocido como C. S. Lewis y llamado Jack por sus amigos, fue un medievalista, apologeta cristiano, crítico literario, académico, locutor de radio y ensayista. Es también conocido por sus novelas de ficción, especialmente por Cartas del diablo a su sobrino, Crónicas de Narnia y la Trilogía Cósmica. Lewis fue un amigo cercano de J. R. R. Tolkien, el autor de El señor de los anillos. Ambos autores fueron prominentes figuras de la facultad de Inglés de la Universidad de Oxford y en el grupo literario informal de Oxford fueron conocidos como los Inklings. De acuerdo a sus memorias Cautivado por la alegría, Lewis fue bautizado en la Iglesia de Irlanda cuando nació, pero durante su adolescencia se alejó de su fe. Debido a la influencia de Tolkien y otros amigos, cuando tenía cerca de 30 años, Lewis se reconvirtió al cristianismo, siendo "un miembro ordinario de la Iglesia de Inglaterra". Su conversión tuvo un profundo efecto en sus obras, y sus transmisiones radiales en tiempo de guerra sobre temas relacionados al cristianismo fueron aclamadas ampliamente.
[2] Homilía preparada para el XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, Noviembre 23 del 2008.
[3] Para que se les pongan los pelos de punta a algunos que nos leen y que caminan por el camino del fanatismo; estoy aprovechando que hoy no predico, sólo escrito para el blog.
[4] Ed. Sígueme, Salamanca, 2005, p. 48.
[5] Cfr Mt 20, 1-16.
Ilustración: Matthias Grünewald, El despojo de Cristo (detalle), 1503, óleo sobre tabla, Alte Pinakothek (Munich).
My Lord God, I have no idea where I am going. I do not see the road ahead of me. I cannot know for certain where it will end. Nor do I really know myself, and the fact that I think I am following your will does not mean that I am actually doing so. But I believe that the desire to please you does in fact please you. And I hope I have that desire in all that I am doing. I hope that I will never do anything apart from that desire. And I know that if I do this you will lead me by the right road, though I may know nothing about it. Therefore I will trust you always though I may seem to be lost and in the shadow of death. I will not fear, for you are ever with me, and you will never leave me to face my perils alone ■ Thomas Merton, Thoughts in Solitude

Our Lord Jesus Christ the King

Probably many of you have read various works by the great Anglican scholar, C. S. Lewis. Many have read his Chronicles of Narnia. Perhaps, C. S. Lewis’ best and most read work is his defense of the faith, Mere Christianity[1]

On his book, Lewis wrote that if we were to go to heaven we would experience a triple surprise, more than a triple surprise, and a triple shock. First, Lewis wrote, we would be surprised at the people in heaven. We would be shocked that there are people there we never would have thought would be there. The second surprise would be the shock at realizing there were people we expected to be in heaven who were not there. The third surprise would be that we would be astonished that we were there.

We Catholics may have only recently moved away from our rather arrogant and self centered view that we have exclusive rights to heaven. Sadly there are still some Christians who are ready to exclude others from Paradise. They hear about the goodness of a Mahatma Gandhi, but they can’t get themselves to believe that there might be a Hindu in heaven, let alone millions, billions, of good people who were never Christians. That would not follow the rules that the arrogant have made up for determining the Who’s Who in heaven. They seem to forget that those who reach out to others in charity, reach out to the very presence of Christ in others, even if, like the sheep in today’s Gospel, they do not recognize Christ. There will be many who have been saved by Christ who did not know Him by that name but who reached out to Him in others. There will be many in heaven whom we would not expect to be there.

In his wit, C. S. Lewis says that the third surprise we would have if we took stock of the souls in heaven would be learning that we are there. When we are honest with ourselves, we are well aware of the many times that we have turned from God. Our sins are very clear to us. What we are not so aware of is the extent of God’s mercy. He sees that as charity which we, though His grace, have developed as life style. He sees the ways that we have allowed Him to immerse us in Christianity to such an extent that we reach out to him without even recognizing His presence. He sees the ways that we do that which is only natural for us, the ways that Christianity has become a natural way of life for us. This continual grace in our lives pointing us to his presence in others is a great mercy. He allows us to replace with love that which we have destroyed with selfishness and sin. We live in His mercy.

During the last twelve months we have followed the life of Jesus from the prophesies of last Advent, through His birth, mission, death and resurrection. We have prayed over the message of His life as well as His teachings. Now, at the conclusion to the year we beg Him to help us recognize Him in our world and to acknowledge His presence by reaching out to Him on others[2].

We seek the mercy of His continual grace drawing us out of ourselves and into His presence in the needy of his Kingdom.

Christ is our King. May we be true members of his Kingdom ■

[1] Clive Staples Lewis (1898 -1963), commonly referred to as C. S. Lewis and known to his friends as Jack, was a medievalist, Christian apologist, literary critic, academic, radio broadcaster, and essayist. He is also known for his fiction, especially The Screwtape Letters, The Chronicles of Narnia and The Space Trilogy. Lewis was a close friend of J. R. R. Tolkien, the author of The Lord of the Rings. Both authors were leading figures in the English faculty at Oxford University and in the informal Oxford literary group known as the Inklings. According to his memoir Surprised by Joy, Lewis had been baptized in the Church of Ireland at birth, but fell away from his faith during his adolescence. Owing to the influence of Tolkien and other friends, at about the age of 30, Lewis re-converted to Christianity, becoming "a very ordinary layman of the Church of England". His conversion had a profound effect on his work, and his wartime radio broadcasts on the subject of Christianity brought him wide acclaim. Later in his life he married the American writer Joy Gresham, who died of bone cancer four years later at the age of 45.

[2] Sunday 23rd November, 2008: Our Lord Jesus Christ, Universal King. Readings: Ezekiel 34:11-12, 15-17. The Lord is my shepherd; there is nothing I shall want—Ps 22(23):1-3, 5-6. 1 Corinthians 15:20-26, 28. Matthew 25:31-46 [St Clement I; St Columban].

Ilustration: Bartolomé Bermejo, Christ Leading the Patriarchs to the Paradise (detail), c. 1480, Tempera on wood, Institute of Hispanic Art (Barcelona).

Alfarero del hombre, mano trabajadora
que, de los hondos limos iniciales,
convocas a los pájaros a la primera aurora,
al pasto, los primeros animales.

De mañana te busco, hecho de luz concreta,
de espacio puro y tierra amanecida.
De mañana te encuentro, Vigor, Origen, Meta
de los sonoros ríos de la vida.

El árbol toma cuerpo, y el agua melodía;
tus manos son recientes en la rosa;
se espesa la abundancia del mundo a mediodía,
y estás de corazón en cada cosa.

No hay brisa, si no alientas, monte, si no estás dentro,
ni soledad en que no te hagas fuerte.
Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro:
tú, por la luz, el hombre, por la muerte.

¡Que se acabe el pecado! ¡Mira, que es desdecirte
dejar tanta hermosura en tanta guerra!
Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte
de haberle dado un día las llaves de la tierra. Amén


■ De la Liturgia de las Horas
Joseph Mallord Turner, Amanecer (1798) óleo sobre tela (123 x 90 cm) Tate Gallery, (Londres)

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

El evangelio de éste penúltimo domingo del Tiempo Ordinario presenta la parábola de los talentos[1], clara invitación –aun cuando el Señor hable de manera figurada- al aprovechamiento del tiempo y de los dones recibidos; a poner todo en juego para alcanzar la salvación[2].

Es verdad que el ambiente y las circunstancias influyen tremendamente en la vida de los hombres, pero en definitiva es la propia libertad la que toma las grandes decisiones.

La historia está llena de grandes genios surgidos en circunstancias muy difíciles y adversas: Beethoven fue un genio a pesar de tener un padre alcohólico; san Francisco de Asís descubrió la pobreza en un ambiente en donde todo era lujo y sensualidad; santa Teresa de Jesús no perdió ni un gramo de alegría a pesar de las calumnias y mentiras que se organizaron en torno a sus fundaciones.

Hay en todo ser humano una cierta tendencia a escudarnos en el ambiente para justificar nuestra mediocridad, o por el contrario, podemos, incluso, llegar a pensar que Dios ha puesto exclusivamente en nuestros hombros la redención del mundo, y no es así.

En realidad Dios únicamente nos pide que hagamos lo que esté en nuestras manos. El conjunto de la obra de la redención es sólo de Él, sin embargo desea ¡Oh misterio admirable! que echemos una mano como buenamente vayamos pudiendo.

¿Qué hacer cuando las cosas van mal, cuando el ambiente se torna difícil, cuando hay que dar testimonio en circunstancias adversas? Existen cuatro posturas. Tres muy tontas: gritar, llorar y desanimarse; y sólo una valiosa y útil: hacer.

Esta última –hacer, trabajar, gastarse- es la única respuesta digna del cristiano ante el mal en el mundo. Debemos hacer lo que está en nuestras manos. Ciertamente sólo podremos remediar tres o cuatro milésimas del mal en el mundo, pero eso es valioso y útil y fecundo. Y sirve ¡vaya que sirve! para la obra de la redención.

Hablemos con sinceridad: hoy por hoy el mundo no esta mejor cuando nuestro Señor se hizo hombre y llevó a cabo la obra de la Redención. Y no se desanimó por ello. A la hora de la cruz le habían seguido hasta ahí tres o cuatro valientes, y no por ello renunció a subir a ella[3].

Los grandes hombres –los grandes santos y santas que traspasan la historia de la Iglesia- no se detuvieron nunca ante la idea de que el mundo seguiría semi-podrido o semi-dormido a pesar de su trabajo. No se desanimaron. No se sentaron a lamentarse y a llorar.

Jesucristo llora ante la tumba de Lázaro, sí, pero en seguida manos a la obra, y lo resucita[4]. María Magdalena lava con sus lágrimas los pies de Jesús, sí, pero luego lo acompaña hasta el Calvario.

El esfuerzo que podamos hacer cada uno –a veces pequeño, a veces invisible a los ojos de los hombres- es siempre útil para la obra de la Redención, ese esfuerzo personal es –en palabras de nuestro Señor- la sal que sigue dando sabor a éste mundo[5]

[1] Mt 25, 14-30.
[2] Homilía preparada para el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario 16.XI.2008).
[3] Cfr. Mc 15, 40; Jn 19, 25.
[4] Jn 11, 1-44.
[5] Cfr Mt 5, 13ss.
Ilustración: Giotto di Bondone, San FRancisco de Asis regalando su manto a un mendigo (1297-99) Fresco, 270 x 230 cm, Assisi (Italia)

Texto Prestado

Aunque me repito en la idea, que ni es mía, ni es nueva, insisto en el convencimiento de que la Iglesia, si quiere regresar a sus orígenes, debe de volverse pequeña , tendrá que empezar de nuevo. Tiene que sudar las grasas que le sobran y ganar músculo, juventud, fuerza. Debe desprenderse de el peso de lo “popular”, cueste el precio que cueste, y volver a ser una pequeña comunidad de creyentes que haga descubrir a las masas la novedad de su mensaje.

La gente, que vivirá en un mundo totalmente planificado, estructurado, con faltas de libertades, en una cultura de muerte y consumo, y con una colosal anemia espiritual, comprobará que está sola ante el misterio hasta lo indecible. Entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo nuevo, atractivo, puro, como la respuesta a esas preguntas que se habían hecho tantas veces en silencio.

Y no es que la Iglesia se deba hacer pequeña si quiere sobrevivir, es que ya se está haciendo pequeña por la cantidad de defecciones que hay en ella. Y eso no es malo. Al contrario: ¡es buenísimo!. Hay que enfrentarse a eso: las estadísticas lo gritan. Cada vez menos gente es católica en Europa. Pero aún habría que adelgazar más: ¡más ejercicio y más dieta!

La Iglesia popular puede ser atractiva como celofán, como un subidón, pero no es necesaria. Muchas de las peregrinaciones marianas no son necesarias, ni tantas manifestaciones de religiosidad, algunas emocionantes como las diversas manifestaciones de vivir la Semana Santa. O esas otras donde se confunden Fe e ideología…Es más: sobran. Hemos llegado demasiado lejos y hay mucho cuento, boato y tontería en bastantes de ella[1].

Alguna vez lo escribí aquí. Hay que regresar a la Iglesia de los tres primeros siglos, esa que era una comunidad pequeña, pero no sectaria. No eran personas con una ideología política, ni económica. No era nada. Vivían un mensaje muy sencillo, pero muy en serio: el Amor. No estaban aislados, se sentía responsable de los pobres -¡ay, ¿cómo vivirían esta crisis?!-, de los enfermos, de todos. En esas gentes encontraban sitio todos los que buscaban a Dios, o sentían una promesa en su interior.

Y no es un cuento chino: sobran textos apoyando lo escrito. Gente con nombres y apellidos. Eran gente muy abierta, sin miedo. Les daba lo mismo César que Atila, Herodes que Zeus.

Tenían una red inmensa de posibles candidatos a ingresar en la nueva Fe que se llamaban Catecúmenos. Personas que no se sentían capaces de una identificación total podían sumarse a la Iglesia para comprobar si podían dar el paso y entrar en ella.

La Iglesia tenía conciencia de sí misma de no ser un club cerrado, sectario. Eso es algo inseparable de Ella. ¿Somos un club abierto ahora?. No lo tengo tan claro. Por eso, al verse reducida en número, la Iglesia deberá encontrar otras formas de coordinar, de sumar, de estar allí…como el “tipo que pasaba por allí".

Si volviésemos al Catecumenado, uno se pondría en la cola ya. Volver a empezar de la mano de gente que sabes se los va a comer un león, o les van a asar, o les van a sacar los ojos por unas ideas que están muy lejos de las que ahora se predican…auténticas vidas ejemplares.

Por esa razón, me hace gracia aquellos que critican, o miran por encima del hombro a los que no van a la Iglesia durante el año, pero sí acuden en Nochebuena, o en celebraciones especiales, porque son, todavía, formas de sumarse a la Fe. Si hubiese Catecumenado, ellos serían seguros candidatos.
La Religión no está para practicarla uno solo: nadie nace solo, ni se da la bienvenida solo, ni se casa solo, ni se despide al terminar su vida solo. Esos son los momentos más importantes de nuestras vidas, los momentos en los que se experimentan la dependencia y el amor. Y son los momentos en los que se pueden generar los modos elementales de la vida religiosa.

La Iglesia se encuentra, por su culpa, metida en un berenjenal importante de allí que, tarde o temprano, necesite volver a sus orígenes. Hoy, por ejemplo, no puede abolir ciertos pecados y decir que está bien lo que está mal, pero puede modificar la geografía de ciertos pecados que llama “públicos”. Esos que hace que miles de católicos estén excluidos en la comunidad de la Fe, del culto y de los sacramentos.

Me refiero a los divorciados: cientos de miles de católicos, algunos con segundos matrimonios estables y fidelísimos, que están excluidos de los sacramentos, de la comunidad, porque el divorcio no se considera sólo un pecado, sino una herejía y un estado. Como si uno se situara públicamente al margen de la ley. Basta conocer a unos cuántos para saber que algunos sufren por esta situación de no poder acercarse a la Comunión, ni a la Confesión.

A muchos la nulidad les supone un fastidio y una hipocresía[2].

Volver al principio. ¿Qué pintan miles de clérigos burócratas en los obispados, en las conferencias episcopales, en el Vaticano, en un mundo donde la Iglesia ha perdido protagonismo en la lucha por la interpretación pública de la realidad?. Cada vez más esas interpretaciones dependen de instituciones civiles, de expertos en cuestiones artísticas, económicas, científicas…¡pues que los curas se dediquen a lo que se deben dedicar y echen mano de la gente que sabe en labores burocráticas!.

El espíritu Santo, me temo, no se enfadará si a esos burócratas se les pone a andar por la calle…de hecho, ni la Secretaría de Estado del Vaticano, ni las Conferencias Episcopales, ni la administración de los obispados son de derecho divino…¡Un lío! ¡A volver a empezar! ■ Suso ¡campeón! Gracias por prestarme tu texto para mi blog.

[1] ¿Qué pinta el cardenal de Nueva York con Obama y Mac Cain en una cena que es un acto electoral de partidos políticos?
[2] El divorcio, en cuanto pecado público se tendría que reprivatizar y pasar a ser “pecador de costumbre”, integrado en la comunidad y en ningún caso excluido de los sacramentos. Bastaría, como en los Catecúmenos de entonces, que en determinados supuestos puedan ser admitidos en la Eucaristía- por ejemplo recibiendo el sacramento en parroquias donde se desconoce su situación matrimonial. En fin, asimilarlos a pecadores habituales como los que se embriagan, los drogadictos, los puteros, los ladrones…y no a pecadores que se encuentran en situación pública de pecado. Es un ejemplo de entre muchos.

Then the one who received the one talent said,

“Out of fear I went off and buried your talent in the ground” (Mt 25:24a, 25ab)

Thirty-third Sunday in Ordinary Time

Today’s parable seems to be a commentary on financial management. The parable might seem to be about investments, but it really isn’t. This section of Matthew’s gospel speaks about the end of the world, and the final coming of the Son of Man. Today’s parable answers the question: What then should we do to be prepared for our Lord? The answer is: Develop the Grace, the Gifts that God has given you[1].

This parable can certainly be seen on the level of using our talents for the Glory of God. There is a wonderful story about Ludwig van Beethoven in this regard. The famous composer was well aware that he had few social skills. He found talking to people not just burdensome, but beyond his abilities. He just couldn’t do it, even if he had to speak to someone. The story is that one day he heard that a dear friend of his had suddenly lost his son. Beethoven rushed over to his friend’s house, but he just couldn’t find the words to express his grief to the dead boy’s father. So he used the gifts he had been given. Beethoven went to the piano and for a full thirty minutes he played a beautiful and consoling elegy. It is believed that he composed it on the spot. He used his talent to console the grieving.

Today’s parable also has a deeper level. It doesn’t just answer the question: What should we do to prepare for the Lord? It also asks: Who is it that will share in the Master’s joy? Who should enter the Parousia? The answer is: Those who are doing the work of the Master.

St. Paul came upon the phenomenon of Christians not working for the Kingdom. They were so convinced that the end of the world was upon them, that they just sat back and did nothing, waiting for the end. No, said St. Paul, he who does not work should not eat; he was referring both to daily physical work as well as working for the kingdom and eating the Bread of Life.

Many parishes use this Sunday as an opportunity to remind people of their financial responsibilities to the parish and the Church. I haven’t done this and won’t because we all have an infinitely deeper responsibility. We have a responsibility to Jesus Christ to take the Life that He has given us, treasure it, develop it and set the world on fire with His Love.

We all have many diverse gifts, but no gift is greater than the Gift who is Our Lord.

God has given us this Awesome Gift, this Awesome Savior, not for ourselves but for others.

May we have the courage to be Christian and to always adore our Lord in the Eucharist ■

[1] Sunday 16th November, 2008, 33rd Sunday in Ordinary Time. Readings: Proverbs 31:10-13, 19-20, 30-31. Happy are those who fear the Lord—Ps 127(128):1-5. 1 Thessalonians 5:1-6. Matthew 25:14-30 [St Margaret of Scotland; St Gertrude].

Illustration: This relief is a detail of the Monument of Pope Paul II in the St Peter's Basilica in Rome.



Mino da Fiesole, The Last Judgment (detail), Marble Crypt, Basilica di San Pietro, Vatican.

El cielo y la tierra
celebren, aplaudan
a la Iglesia, esposa
sin arruga y mancha.

Descienda a nosotros
la ciudad sagrada,
en que todo es nuevo
y de rica gala.

En piedras preciosas
está cimentada,
y bien construida
en brillos de gracia.

Las piedras preciosas
que están a su entrada
muestran la hermosura
de esta casa santa.

Descienda a nosotros
esta santa casa,
que hizo el Rey eterno
para su morada. Amén ■

Himno del oficio de Laudes de la Liturgia de las Horas

La Dedicación de la Basílica de Letrán

Los antiguos patriarcas de Israel no tuvieron templos. Cuando Dios se les manifestaba, erigían un altar para ofrecer sobre él sacrificios[1]. Más tarde, durante la marcha por el desierto, Moisés hizo construir un arca de madera que se guardaba en una tienda especial y era trasladada en cada ocasión, por los levitas[2]. Años más tarde Salomón edificó en Jerusalén un magnífico templo, célebre por su riqueza y hermosura. A lo largo de la historia de la Salvación siempre ha habito un punto de encuentro entre Dios y el hombre, entre la criatura y su Creador.

Aunque los primeros cristianos poseían lugares de culto y celebraban la fracción del pan en casas particulares, o escondidos en las catacumbas, si arreciaba la persecución, en el siglo IV, cuando la Iglesia gozo de libertad, comenzaron a surgir los templos cristianos. Hacia el 320 Constantino mismo cedió su palacio en Letrán para construir una basílica, que el papa san Silvestre consagró a Cristo Salvador. Un hecho que recuerda cada año la liturgia, la fiesta que justamente celebramos el día de hoy[3].

Jesús había estado varias veces el templo Jerusalén, en esta visita comprobó que quienes ofrecían animales para los sacrificios y los cambistas de dinero habían invadido más allá de lo normal los atrios vecinos al santuario. La actitud del Señor, al expulsarlos blandiendo un azote de cordeles no agredió solamente a aquellos comerciantes, sino que acusaba también a las autoridades religiosas, quienes habían transformado el culto al Señor en sucio mercantilismo: No hagáis de la casa de mi Padre un mercado[4], les dice. Más duras aún son las palabras que recoge san Mateo en su evangelio: vosotros la estáis haciendo una cueva de ladrones[5].

En aquel momento el Señor no negaba la importancia del templo, aquel lugar era una maravilla arquitectónica, un símbolo religioso y político que enorgullecía a cualquier judío, y Jesús era un perfecto judío. Lo que el Señor buscaba era enseñarles en aquel momento –y a nosotros con el Evangelio que quedaría por escrito para siempre- que además de la dignidad y oren que deben rodear el culto, Él es más importante que todos los lugares sagrados y que, en adelante –como lo explicaría a la samaritana- el culto agradable al Señor no estaría ligado únicamente a espacios, o edificaciones, es decir, que habríamos de encontrarnos con Dios en espíritu y en verdad[6], y no solamente en Garizim, o en Jerusalén, o en Roma

Años más tarde, San Pablo escribía a los cristianos de Corinto:¿No saben acaso ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?[7]. Nuestra intimidad, nuestra conciencia, nuestra interioridad -cada uno la suya- es también una auténtica Tienda del Encuentro, un lugar donde a cada momento el Señor se comunica con sus hijos.

Vale la pena preguntarnos ésta mañana cómo está nuestro templo interior, y cuál es nuestra actitud hacia el templo exterior. Si de verdad deseamos encontrarnos con Dios en la celebración de la liturgia. Los sacerdotes nos preguntamos si los sitios de culto de los que somos guardianes son dignos de la presencia del Señor; si subimos al altar con corazón limpio y preparado y si celebramos con la reverencia que es debida. Un buen día para meditar, precisamente, en las palabras del la antigua inscripción del baptisterio de Letrán

Virgíneo fetu genitrix Ecclesia natos
quos spirante Deo concepit amne parit...
Fons hic es vitae qui totum diluit orbem
Sumens de Christi vulnere principium
[8]

Un Ángel de la de la Guarda jubilado, al regresar al cielo, dejó olvidada su libreta de apuntes. Allí pudimos sorprender estas líneas: “Noviembre 9. Hoy le dije al párroco: Cuide, su reverencia, con esmero del templo. Sin embargo, nunca lo considere propiedad personal. Menos aun teatro, museo, almacén de maravillas, o jaula para encerrar a Dios. Invite con mucho cariño a sus feligreses a venir. Pero no se le olvide recordarles que el Señor está también en su conciencia y en el recinto de sus hogares. Y procure, ante todo, que la liturgia sea resonancia de ese encuentro personal y profundo, de cada quien con el Padre de los Cielos”.

[1] Cfr Ex 27, 1.
[2] Id 25, 10.
[3] En todas las diócesis del mundo se celebra hoy la Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán.
[4] Jn 2, 16.
[5] Cfr 21, 13.
[6] Cfr Jn 4, 21.
[7] Cfr 1 Cor 3, 16-17.
[8] La Madre Iglesia da a luz con virginal parto a los que concibieron bajo la inspiración de Dios en las aguas. Esta es la fuente de la vida, que riega a todo el orbe y de las heridas de Cristo tomó su origen.

Grant to them, Lord, health, peace, concord, and stability, so that they may exercise without offense the sovereignty that you have given them. Master, heavenly King of the ages, you give glory, honor, and power over the things of earth to the sons of men. Direct, Lord, their counsel, following what is pleasing and acceptable in your sight, so that by exercising with devotion and in peace and gentleness the power that you have given to them, they may find favor with you ■ St. Clement of Rome, Ad Cor. 61, SCh 167, 198-200.

Dear President-elect Obama,

I write to you, in my capacity as President of the United States Conference of Catholic Bishops, to express our congratulations on your historic election as President of the United States. The people of our country have entrusted you with a great responsibility. As Catholic Bishops, we offer our prayers that God give you strength and wisdom to meet the coming challenges. Our country is confronting many uncertainties. We pray that you will use the powers of your office to meet them with a special concern to defend the most vulnerable among us and heal the divisions in our country and our world. We stand ready to work with you in defense and support of the life and dignity of every human person.May God bless you and Vice President-elect Biden as you prepare to assume your duties in service to our country and its citizens. Sincerely yours,


Francis Cardinal George, OMI

Archbishop of ChicagoPresident

Feast of the Dedication of the Lateran Basilica in Rome

Even in the best of times, Christianity was a dangerous way of life. Christians had to meet in people’s homes, or in underground cemeteries like the catacombs. They could not build Churches; the authorities would know where they were. But Christianity continued to spread throughout the Roman Empire[1].

In the year 313 the Emperor Constantine declared that Christianity would no longer be persecuted. He would become a Christian himself. Now, Constantine and his mother lived in a palace in Rome that had been owned by the Laterani family. Constantine turned a wing of that palace over to the Church. This was the first Christian Church in Rome. It was dedicated to Our Lord the Redeemer and to St. John the Baptist. Therefore it is known as the Basilica of St. John Lateran.

From the pope of that time, Melichiades, on to the present, St. John Lateran has been the Cathedral Church of Rome. The popes themselves lived there until they moved to the Vatican Hill in the late middle ages. The Cardinal that administers Rome for the pope continues to do so from St. John Lateran.

Today’s celebration is not really about a place, after all. It is about us. We are the Church. Together we are a place of refuge from the terrors of the world. Together, united with Christ, we are a people of love in a world of hatred.

Sometimes you just want to run to a Church to get away from it all. And we do. We run to the Church as our one refuge of sanity. The Church we run to is not just a building, it is the people. United with Christ, we the Church, have the courage to oppose the senselessness and failures of our society.

The people who first walked into St. John Lateran were elated to have their own building, but they knew that they already had their own Church. They had the courage to remain faithful to Christ throughout the persecution of the Romans and the mockery of their world.

We who walk into St. Matthew today and every Sunday are excited to have this building, jubilant to call this God’s house, but we know that we, not the building are the Church.

Like our spiritual ancestors we pray for the courage to remain faithful to Christ. Faithful to Christ through the persecution, and we will remain faithful. We are as strong as the people who first worshiped at St. John Lateran. We are the Church ■

[1] Sunday 9th November, 2008, SUN 9TH. Dedication of the Lateran Basilica. Ezekiel 47:1-2, 8-9, 12. The waters of the river gladden the city of God—Ps 45(46):2-3, 5-6, 8-9. 1 Corinthians 3:9-11, 16-17. John 2:13-22.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris