XXII Domingo del Tiempo Ordinario


Uno de los temas sin duda más discutidos en ambientes eclesiásticos y fuera de ellos, y hacia el cuál muchos dirigen sus críticas más amargas es la disciplina actual de la Iglesia Católica según la cual quien accede al sacerdocio ministerial debe profesar votos de castidad perpetua. En una sola palabra y para entendernos bien y a la primera: el celibato[1].

Se hace necesario comenzar por afirmar que se trata de una disciplina eclesiástica sujeta a cambio, que de hecho cambió y puede, teóricamente, seguir cambiando. No se trata de un dogma de fe. Es más, la misma Iglesia Católica en los países donde predomina el rito Bizantino (Ucrania, por mencionar uno entre muchos) ordena sacerdotes a hombres casados, los cuales continúan viviendo vida matrimonial después de la ordenación. Sin embargo al mismo tiempo la Iglesia cree firmemente que el celibato sacerdotal es un don de Dios, y que hoy por hoy sería un error cambiar la legislación actual. La bimilenaria Iglesia tiene sus buenos motivos.

¿De dónde proviene esta práctica? ¿Cómo fue evolucionando el asunto? ¿Fue siempre así como lo conocemos hoy?[2]

Si se lee atentamente el Nuevo Testamento, en concreto el capítulo séptimo de la carta a los Corintios puede comprenderse mejor que el celibato es una vocación de Dios.

La práctica de la Iglesia durante los primeros siglos fue admitir a los candidatos casados a las ordenes sagradas, siempre y cuando diesen testimonio de un matrimonio vivido de manera irreprensible; al mismo tiempo siempre fue estimado por todas las iglesias el don del celibato por el Reino de los Cielos, y es lógico pensar que muchos comenzaban ya a vivir ese estado de vida tan particular desde muy pronto. En otras palabras, había ministros casados y ministros célibes, aunque no podemos determinar con exactitud la cantidad y la proporción con respecto a los casados[3].

Ya en el s. X estaba clara la necesidad del celibato para quien quería ser sacerdote, y lo mismo se haría en los siglos y concilios posteriores. Así la costumbre fue cobrando fuerza en todas las iglesias del occidente cristiano[4].

Hoy por hoy la Iglesia no define el celibato como una necesidad absoluta, sino como el mejor medio para que quienes servimos a Dios podamos actuar sin divisiones. Completamente.

Con bastante frecuencia se escuchan expresiones como "La Iglesia impone a los sacerdotes el celibato", o "¿Por qué los sacerdotes no se pueden casar? ¡Están actuando en contra de su naturaleza!”.

Si bien se entiende que el celibato es una reglamentación eclesiástica –es decir una "ley" de la Iglesia- no es del todo correcto hablar de "imponer" o de "obligar". En la Iglesia nadie está obligado a ser célibe, porque nadie está obligado a ser sacerdote.

A la Iglesia de los últimos mil años le ha parecido bien considerar la vocación al sacerdocio y la vocación al celibato como una única vocación, justo por eso es posible afirmar que la vocación sacerdotal es un llamado gratuito de Dios para su Iglesia, y no un derecho personal del candidato.

No sucede con el sacerdocio lo que sucede con otras profesiones humanas, a las cuales "tengo derecho". No. La Iglesia, al unir sacerdocio con celibato no está imponiendo nada a nadie, porque nadie tiene que ser sacerdote. Más bien hay que decir que al obrar así está ejerciendo un "derecho" dado por Dios mismo a su Iglesia de determinar ciertos aspectos disciplinares del oficio sacerdotal.

De hecho es precisamente la Iglesia la que ordena sacerdotes para destinarlos al servicio divino. Si no fuera así, ¿en qué quedaría el sacerdocio? ¿Cuál sería su finalidad? ¿Sería cada uno sacerdote según su propio parecer?

En la Iglesia hay cientos de maneras de servir al pueblo de Dios. El sacerdocio es una de esas maneras; y la Iglesia es la que determina de qué manera conviene mejor ejercer este oficio, además, quien quiere ser sacerdote tiene largos años para reflexionar y prepararse. No es por tanto y del todo correcto hablar de obligación en sentido de imposición forzada.

El sacerdote –son palabras de Juan Pablo II- renunciando a la paternidad, busca otra paternidad y casi otra maternidad, recordando las palabras del Apóstol sobre los hijos, que él engendra en el dolor. Ellos son hijos de su espíritu, hombres encomendados por el Buen Pastor a su solicitud. Estos hombres son muchos, más numerosos de cuantos puede abrazar una simple familia humana. La vocación pastoral de los sacerdotes es grande y el Concilio enseña que es universal: está dirigida a toda la Iglesia.

El corazón del sacerdote, para estar disponible a este servicio, a esta solicitud y amor, debe estar libre. El celibato es signo de una libertad que es para el servicio y para el amor de los demás[5].

Pocas frases tan entrañables como ésta del Obispo de Hipona a sus sacerdotes: Tú, cultiva la vida afectiva, porque son reprendidos los que carecen de afecto, y con un sentimiento sano di: ¿Quién se pone enfermo que yo no desfallezca?[6]


[1] Homilía preparada para el XXII Domingo del Tiempo Ordinario (Agosto 31 del 2008) en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] Quien quiera profundizar sobre los motivos –teológicos, principalmente- que han llevado a la Iglesia por el camino del celibato sacerdotal, puede leer la magistral encíclica de Pablo VI Sacerdotalis Caelibatus.
[3] Si bien es probable que las iglesias locales hayan legislado sobre esta materia con anterioridad, lo que nos ha llegado de más antiguo son las decisiones del Concilio de Elvira (entre los años 295 y 302), que fue un concilio de obispos de las tierras que hoy son España. Dicho Concilio manda que los obispos, sacerdotes y diáconos admitidos a las órdenes sean célibes, o bien dejen a sus legítimas mujeres si quieren recibir las sagradas órdenes. Esta práctica no fue reglamentada de igual modo en las iglesias del mundo oriental (Asia Menor), que no impedían a los obispos y sacerdotes ordenados seguir en comunión con sus respectivas esposas. En occidente, por el contrario, la predicación de los grandes pastores del siglo IV y V testimonia decididamente una clara preferencia por el sacerdocio celibatario. Se pueden encontrar testimonios históricos de la existencia en occidente de sacerdotes que vivían con sus esposas, pero eran los que se encontraban "en el campo", lejos de sus obispos, o por otras razones. También tenemos un testimonio del año 386: el concilio romano convocado por el Papa Siricio, que prohibía a los sacerdotes continuar relaciones con sus ex-mujeres. En realidad las leyes variaban de un lugar a otro; no olvidemos las grandes distancias que había que recorrer en aquellos tiempos para comunicarse, de modo que las decisiones de una iglesia local tardaban tal vez años en llegar a oídos de las otras iglesias. No era raro que, a pesar de las indicaciones de los concilios y de la preferencia popular del pueblo por los sacerdotes célibes, algunos tomasen mujer; en muchas de las iglesias esto era motivo suficiente para impedir que un diácono o sacerdote fuera ordenado obispo u ocupara un puesto de cierta importancia. Concilios del siglo VI y VII reglamentan explícitamente que los obispos "deben" dejar a sus esposas una vez ordenados, mientras que para los sacerdotes y diáconos parecería no "exigirse" la separación. Aún en el siglo VIII encontramos que el Papa Zacarías no quería aplicar a todas las iglesias locales las costumbres más propias de algunas, de modo que cada una podía legislar como le parecía más oportuno (respuesta al Rey Pepino). Y hubo tiempos de particular decadencia en la historia, cultura y religiosidad del mundo cristiano europeo (la que dio en llamarse "Edad de Hierro"), cuando muchos obispos, sacerdotes y diáconos tomaban mujeres y engendraban hijos, a los cuales podían heredar sus posesiones. Curiosamente, a pesar de estas "costumbres" poco admirables, el celibato nunca dejó de tener, a veces más a veces menos, su lugar privilegiado en la enseñanza y en la legislación de la Iglesia de occidente. Lo que nunca se aceptó en ningún lado fue que un ordenado pudiese casarse. El casado podía ordenarse, pero el ordenado no podía casarse.
[4] De manera totalmente explícita en el Concilio de Letrán (1545-1563), can. 9, sobre el matrimonio.
[5] Carta Novo incipiente, n. 8
[6] San Agustin, Comment. Sobre el Salmo 55.

En la fiesta de San Agustín, Obispo


¡Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera,
Y por fuera te buscaba;
Y deforme como era,
Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.
Me retenían lejos de ti aquellas cosas
Que, si no estuviesen en ti, no serían.
Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera:
Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera;
Exhalaste tu perfume y respiré,
Y suspiro por ti;
Gusté de ti, y siento hambre y sed;
Me tocaste y me abrasé en tu paz ■ Confesiones


JAIME HUGUET (1415-1492) San Agustin lava los pies de Cristo peregrino, Museu d'Art de Catalunya(Barcelona)
Contemplation is essentially a listening in silence, an expectancy... In other words, the true contemplative is not the one who prepares his mind for a particular message that he wants or expects to hear, but who remains empty because he knows that he can never expect or anticipate the word that will transform his darkness into light. He does not even anticipate a special kind of transformation. He does not demand light instead of darkness. He waits on the Word of God in silence, and when he is "answered," it is not so much by a word that bursts into his silence. It is by his silence itself suddenly, inexplicably revealing itself to him as a word of great power, full of the voice of God ■
Thomas Merton, Contemplative Prayer, Garden City, NY: Doubleday & Company, 1969: 90

Twenty-Second Sunday in Ordinary Time

This being the Year of St. Paul, I thought we should take a closer look at today’s Second Reading from the Letter to the Romans: I beg you through the mercy of God, to offer your bodies as a living sacrifice, holy and acceptable to God, your spiritual worship. Do not conform to this age but be transformed by the renewal of your mind so that you might judge what is God's will, what is good, pleasing and perfect.[1]

This is a transition passage in Romans, bridging what we believe and how we live our faith[2].

Christianity is a religion that is very simple, yet is also very complex. It is simple because the answer to all questions is "Trust in God. Have faith in Him." It is complex because it utilizes the full extent of our intelligence to just begin to comprehend the mysteries that God has revealed to us. The lessons we give a 7 or 8 year old to prepare for First Communion, or even those which we give a 14 or 15 year old to prepare for confirmation are basically framed to a child's or adolescent's capabilities. The complexities of what we mean when we say that Jesus is God and Man, or that God is Three in One, or what we mean when we use the words salvation, redemption, predestination are what algebra and calculous are to the adult mind in comparison to the addition and subtraction we teach a child or the general math we teach an adolescent.

Perhaps there is no place where this is more obvious in the Holy Scripture than in the first eleven chapters of Paul's Letter to the Romans. Here Paul deals with the deep, mysterious truths of Christianity: he speaks about natural ethics, predestination, laws that bind and laws that free, resurrection, and so forth.

But the, after eleven chapters of this, Paul changes directions, or rather, gives direction to all he has written. What use is the revelation of God to us? Paul is asking, what use is God's revelation if we do not allow ourselves to act upon it?" Knowledge of the faith, no matter how complex, no matter how intricate that knowledge might be, is useless if we are not transformed by this knowledge into Christians.

Look at Peter in the Gospel reading for this Sunday. He knew that Jesus was the Messiah. This passage comes right after the passage we had last Sunday when Peter says, You are the Christ, the Son of the Living God. Peter knew that Jesus was the Messiah, but he didn't act on this knowledge. If he really believed that Jesus was the Messiah, he would have accepted what the Messiah was saying as part of God's plan. But Peter doesn't accept this. When our Lord predicts his passion, Peter opposes him, opposes the plan of God. Peter, the one who proclaimed You are the Christ, was siding with the devil. That is why Christ said to him, Get behind me Satan.

It is insufficient for us only to attain an adult understanding of the complexities of our faith. We must allow ourselves to be transformed by what we have learned, by what we have been given. We must put on a new mind set. The focus of our lives must not be ourselves. That is the way of the world. The way of Christ is the way of sacrificial love. This is the meaning of our faith. This is the transformation of the mind which St. Paul speaks about in today’s second reading ■
[1] 12:1-2
[2] Sunday 31st August, 2008, 22nd Sunday in Ordinary Time. Readings: Jeremiah 20:7-9. My soul is thirsting for you, O Lord my God—Ps 62(63):2-6, 8-9. Romans 12:1-2. Matthew 16:21-27.

Ilustration: This tale from the life of St Peter is recorded in the collection of legends written down by Jacobus a Voragine in the 13th century. It tells how the apostle, having triumphed over Simon Magus, was persuaded by the Christians of Rome to leave town. Jacobus a Voragine relates how Peter encountered Christ on the Appian way and asked "Quo vadis domine" (Whither goest thou, master?), to which Christ replied "To Rome, to be crucified anew." This apocryphal legend is in fact the beginning of Peter's own martyrdom. This would certainly explain the vigorous movements in Carracci's painting, with the apostle recoiling in terror. It is not the unexpected encounter with the risen Christ that has taken the apostle aback, but his awareness of his own human frailty. Annibale's magnificent rhetoric reminds the spectator of Christ's call to turn back. The viewer is on the Appian Way with Peter, or rather, is Peter meeting Christ. The foot of the cross protrudes from the panel, Christ's hand points outwards, and the shadows he casts attest to his corporeality as he strides toward us. While Peter's left foot remained in place, the rest of the figure was altered during painting, drawn back to the right edge of the panel in an attitude half-way between terror and obeisance, more deeply felt than his earlier pose but also making room for our implied presence. Firm contours delimit Christ's athletic bo,dy, yet its internal modelling is subtly lifelike, rippling with the movement of muscles and the angle at which surfaces catch the light. It is obvious that this figure was based on a live model, for his hands and lower legs are more sunburnt than his torso and thighs, although the face he turns to Peter is an idealised mask of pathos under the crown of thorns. Despite the dual sources of light from the background and in the foreground, the same sun seems to warm sky, trees, fields and Roman temples, and the crimson, white, gold and blue draperies, the metal keys, the youthful and the aged flesh and the chestnut and grizzled hair of the two wayfarers at the crossroads between time and eternity.






Annibale Carraci, Domine quo vadis?(1601-02), Oil on panel, 77,4 x 56,3 cmNational Gallery, (London)
Cantándole a los sueños que tenía y que un día la vida me los regaló, cantar con los amigos que quería cantar codo con codo la misma canción. Puede ser que la tierra que nos vió nacer sea cómplice en nuestra forma de ser un poco trovadores y bohemios locos enamorados, cantamos sin querer
gracias por haber estado siempre, por estar ahora mismo y que la vida nos deje seguir juntos ■ ae

XXI Domingo del Tiempo Ordinario


No solamente con el evangelio de hoy vemos la profunda relación que existe entre el Señor y Pedro. Muy pronto la suerte de uno irá unida a la del otro, hasta aquel suceso entrañable en que el Señor se une a Pedro a la hora de pagar el tributo, una manifestación muy expresiva del amor del Señor a su discípulo[1]. Y también una muestra del amor de Pedro al Señor. Ciertamente esa unión se rompió cuando Pedro se avergonzó de ser del grupo de Jesús, fue efectivamente una ruptura -la única- la cual además fue reparada[2].

Querer a una persona es darse de manera total, reconociendo que aquel a quien queremos es algo absoluto[3].

La palabra amar se refiere siempre al acto más noble y humano de la voluntad cuando se refiere a una persona. También se usa referido a algunas cosas especiales, como la patria, la tradición, las instituciones, pero en su sentido directo y propio, lo que se ama es siempre la persona, pues es la única criatura de este mundo que Dios ha querido por sí misma y por lo tanto la única que debe ser querida por sí misma.

Querer a alguien por sí mismo significa quererlo no en relación a otra cosa, sino de una manera absoluta. Esto implica que no se le quiere instrumentalmente, para alcanzar otro fin distinto de ella misma. Querer de verdad supone tener a la persona que se quiere fuera del campo en que se miden intereses, o se articulan instrumentos para alcanzar determinados objetivos.

Todo eso significa que las personas deben ser queridas por encima de intereses o coyunturas, o beneficios o, en general, cualquier tipo de situación contingente. Te quiero es una frase incompatible con cualquier añadido de tipo temporal o circunstancial.
En concreto, querer de verdad supone subordinar la propia persona a la persona amada. Esto es lo que se manifiesta especialmente cuando se está en trance de confesar en favor de una persona, de reconocer el cariño que se le tiene, el amor que se le profesa, aún a costa de perder otros bienes o beneficios, y aún a costa de la propia fama o de la propia vida.

El Señor a lo largo de todo el evangelio nos enseña con sus palabras y sus obras a querer de esta manera, pide incluso que le queramos por encima de nuestra vida. El tono de su predicación es siempre una petición de amor que esté por encima de todo.

Cuando está en trance de entregar su vida pronuncia unas palabras que son como una ayuda para que sus discípulos entiendan –entemdamos- el profundo calado humano y sobrenatural de sus actos y de sus dolores: nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por los amigos[4].

El amor del bueno es el que pasa por encima del peligro, de la persecución y de la pérdida de cualquier beneficio.

Cada uno hemos de ser personas que quieran mucho, y que quieran de la misma manera que quería el Señor, es decir, pasando por encima de las dificultades que lleva consigo la lealtad, la fidelidad, la amistad fuerte y recia. Siempre estaremos amenazados por limitaciones en el querer. Muchas veces sufriremos porque alguien ha mostrado un amor que se ha visto condicionado por otras cosas, otras tantas comprobaremos que no nos querían por encima de la fama, o del dinero, o de la vida, sin embargo valdrá siempre más la pena arriesgarse por el Amor y amor, que pasarnos la vida desconfiando y darnos cuenta. Al final, que tenemos el corazón encogido.

En su célebre poema sobre lo que es un amigo, Rudyard Kipling[5] hace alusión a que el verdadero amigo ama por encima de cualquier riesgo. La estrofa final es especialmente elocuente:

Entre mil hombres, todos menos uno
dejárante en la afrenta o el sarcasmo
mas el hombre entre mil irá contigo
hasta el pie y más allá de tu cadalso.


La Iglesia es un lugar en el que la fidelidad está institucionalizada de una manera maravillosa: a la confianza que un cristiano pone en el sacerdote mostrándole la conciencia para obtener el perdón, es decir, aquel que ha mostrado sus heridas para que se las curen, no puede ser delatado por ninguna causa, aunque estuviera en peligro la subsistencia misma de la Iglesia[6].

Valdría la pena entrar a fondo en la lógica que la institución del sigilo sacramental instaura en la vida cristiana; qué visión de la persona y de la confianza personal supone, Así se podrían derivar consecuencias muy profundas y muy esperanzadoras.

Jesucristo sí ha dado la vida por nosotros. Y después de haberla dado, viene a nuevamente a buscarnos. Podemos tener el profundo orgullo de que somos personas que han sido queridas por Jesucristo…. hasta la muerte[7]
[1] Cfr Mt 22, 15-22.
[2] Homilía preparada para el XXI Domingo del Tiempo Ordinario.
[3] Esta homilía ha sido escrita utilizando muchas de las ideas del estupendo artículo Dar la vida por los amigos, de Don Antonio Ruiz Retegui, a quien hemos citado ya en homilías anteriores.
[4] Jn 15, 13
[5] Joseph Rudyard Kipling (Bombay, 30 de diciembre de 1865 – Londres, 18 de enero de 1936) fue un escritor y poeta británico nacido en la India. Autor de relatos, cuentos infantiles, novelista y poeta, se le recuerda por sus relatos y poemas sobre los soldados británicos en la India y la defensa del imperialismo occidental, así como por sus cuentos infantiles. Algunas de sus obras más populares son la colección de relatos The Jungle Book (1894) (El libro de la selva), la novela de espionaje Kim (1901), el relato corto The Man Who Would Be King (1888) (El hombre que pudo ser Rey), publicado originalmente en el volumen The Phantom Rickshaw, o los poemas Gunga Din (1892) e If (1895). Además varias de sus obras han sido llevadas al cine. Fue iniciado en Masonería a los veinte años en la Logia «Esperanza y Perseverancia Nº 782» de Lahore, Punjab, India. En su época fue respetado como poeta y se le ofreció el premio nacional de poesía Poet Laureateship en 1895 (poeta laureado) la Order of Merit y el título de Sir de la Order of the British Empire (Caballero de la Orden del Imperio Británico) en tres ocasiones, honores que rechazó. Sin embargo aceptó el Premio Nobel de Literatura de 1907 y fue el ganador del premio Nobel más joven hasta la fecha, y el primer escritor británico en recibir este galardón.
[6] C. 983

Ilustración: Lorenzo Veneziano, La llamada de los apóstoles Pedro y Andrés (1370), Staatliche Museen (Berlin).


MY LORD GOD, I have no idea where I am going. I do not see the road ahead of me. I cannot know for certain where it will end. Nor do I really know myself, and the fact that I think I am following your will does not mean that I am actually doing so. But I believe that the desire to please you does in fact please you. And I hope I have that desire in all that I am doing. I hope that I will never do anything apart from that desire. And I know that if I do this you will lead me by the right road, though I may know nothing about it. Therefore I will trust you always though I may seem to be lost and in the shadow of death. I will not fear, for you are ever with me, and you will never leave me to face my perils alone ■ Thomas Merton, Thoughts in Solitude

Twenty-First Sunday in Ordinary Time

Last month, over two hundred thousand young people gathered in Sydney for the World Youth Day Celebrations. Why does the Church put so much effort into our young people? Well, it is because they are not just the future. They are the present. We don’t entertain Teens with loud, fun music. We pray with them. We instruct them. We encourage them to grow in the love of Christ, to reach out to Him and to recognize His presence within them[1].

When the Popes speak at events like World Youth Day, they address the young, but they really speak to all of us. We are all young in our faith. With Jesus Christ, all things are new. Back in 1993 during the World Youth Day in Denver, Pope John Paul II told the young, “Christ calls you, the Church needs you, and the Holy Father has confidence in you and expects great things from you.” This is the Vicar of Christ empowering the young and empowering us to change the world. And the world is changing. We can see it here in the United States. The world saw it this summer in Sydney.

“Who do people say that I am?” Jesus asks his disciples… Who do we say Jesus is? Do we radiate the presence of the Christ? Is He really the motivation, the foundation, the beginning and the end of our lives? We have to ask ourselves these questions, and then we have to follow it with yet another question: how can I live my Christianity? How can I, like Peter, become his Rock, his foundation?

Here are five brief considerations. First, you and I need to spend more time in prayer. If we want Him in the Center of our lives, we have to spend time with Him. That might mean giving up sleep, or giving up computer games for a while, less time on Facebook, etc. There is nothing that we lose which is beautiful and great. Christ takes nothing worthwhile from us.

Here’s a second thing we need to do. We need to read the Holy Scripture. Read a psalm a day. Read a chapter of the New Testament a day. We need to be people of the Word. Bible study is good, but Bible prayer is great, is wonderful.

Here’s the third thing. We need the sacraments. We need the Eucharistic nourishment every Sunday. When we receive communion we need to adore Him within us as well as in our Adoration Chapel. He is there in the sacrament calling out to us. It is in the Blessed Sacrament that our lives merge with Jesus’ life. We also need Christ’s sacramental presence in confession. There are way too many occasions of sin in the world. There are so many temptations. We need the Grace of Penance to conquer the evil that we and others put into life.

The Fourth thing we need is each other. Yes: We need the community of people of faith. We need to support each other and seek out those who need our support. We are the People of God.

And finally, to keep Christ alive in our hearts we can’t just say we love Him. We have to serve Him, serve his presence in the poor, in the sick, in the hurting, serve His presence in our homes, with our children, our families, our friends, our workmates, even no Catholics or no Christians.

Prayer, Scripture, Sacraments, Community and Service. These are all ways that we can proclaim to the world the answer to Jesus’ question: Who do you say that I am?

Be convinced of this: Christ takes nothing from you that is beautiful and great, but brings all to perfection that is worthwhile in life to the Glory of God and the happiness of men and women.

A great army has been mobilized. It is the army of the young, the children of God. And none of us are too old to be part of this army. All of us must be part of this transformation of the world. We are the Body of Christ ■

[1] Sunday 24th August, 2008, 21st Sunday in Ordinary Time. St Bartholomew. Readings: Isaiah 22:19-23. Lord, your love is eternal; do not forsake the work of your hands—Ps 137(138):1-3, 6, 8. Romans 11:33-36. Matthew 16:13-20.
Illustration: some of the youth of our college prayer gruop at st. matthew catholic church.

XX Domingo del Tiempo Ordinario

Uno de los más grandes errores que sin duda hemos cometido en la Iglesia –¡quién no levanta polvo al caminar!- ha sido el haber sacrificado durante muchos años la estética a la moral, y haber puesto casi exclusivamente el acento en la oposición entre el bien y el mal. Aprendimos a ver solamente un Dios Bueno, y nos olvidamos que Dios es también Belleza, Orden, Alegría[1].

Nos hemos descuidado y dejamos de ver que hay una oposición, importantísima para la moral, entre lo bello y lo feo. En la moral el gusto y el respeto por la belleza juegan un papel esencial. La gente más noble es aquella que tiene una estética de la vida: el bien es objeto de contemplación, a la vez que de acción[2]. Son hechos que se pueden contemplar. Y el mal lo evitan no por el castigo que pueda atraer sobre ellos, sino porque su fealdad les resulta inaguantable. Por eso los pecados hechos por debilidades afectivas, por pasión, o por amores confundidos se perdonan con tanta facilidad… es desorden, pero algo les hace comprensibles a Ojos que miran con Cariño.

Una virtud muy alta aparece siempre radiante de belleza, lo mismo que una obra de arte. Te eleva, te hace querer ser mejor, te impulsa, te conmueve en lo más profundo. No somos mejores porque tengamos cosas muy caras, ni complementos que demuestren calidad, eso son las máscaras. Desde esta perspectiva, cuando uno hace cosas buenas no se preocupa de la sanción, se siente atraído por el bien con la misma atracción irresistible que produce una buena pintura, una buena música, ¿quién comparó el amor como una fuerza irresistible como irresistible es la belleza de la música?.

Cuando la moral se mueve únicamente entre el bien y el mal uno termina moviéndose de un modo algo vulgar, ordinario y utilitario. Busca hacer el bien para obtener una recompensa, o no llamar la atención y entonces se mimetiza al grupo al que se pertenece, a los lugares comunes, a lo que en ese momento es convencional, y todo termina por estar lleno de vacío. Se evita el mal para no sufrir el castigo, o por cobardía, por cansancio, porque para hacer el mal hay que poner empeño.

Vistas las cosas así el Evangelio entero es de una belleza conmovedora: todo en él –palabras, imágenes, gestos y tipos humanos- se miran con un respeto, una sencillez y una alegría que cautiva.

La mirada de Jesús sobre todos y cada uno de los personajes es la mirada del que ve cosas hermosas, gestos hermosos, personas que reaccionan de una manera que se puede contemplar… y también es la mirada que ve cosas feas, gestos feos, personas que hacen cosas feas que no merecen ser contempladas. Curiosamente, estas últimas solían disfrazarse de bondad, de virtud, de honores. Y lo que para el común de los mortales de la época eran personas feas –prostitutas, ladrones, bribones como Zaqueo-, para Él no lo eran tanto. Mientras que los listos, los cumplidores de filacterias, a esos, los veía más bien feitos.

La oración de la mujer cananea que escuchamos en el Evangelio es perfecta y de una belleza incomparable: reconoce a Jesús como Mesías, es decir, Hijo de David, frente a la incredulidad de los judíos, y expone su necesidad con palabras claras y sencillas, insiste sin desanimarse ante los obstáculos y expresa humildemente su petición: Ten compasión de mí. Tenemos mucho que aprender de aquella mujer que ¡ay! Sin formar parte del pueblo elegido sabe reconocer a Jesucristo como Salvador ■

[1] Homilía preparada para el XX Domingo del Tiempo Ordinario (17.Agosto.2008).
[2] Bonum diffusivum sui (Boecio 480-524)
Ilustración: tomado de una de las ilustraciones de la Biblia de Souvigny (alrededor del 1100), la imagen muestra a musulmanes, cristianos y judíos en el seno de Abraham, todos bajo la letra A, de Adan, en el comienzo del libro de las crónicas.

Twentieth Sunday in Ordinary Time


In the gospel we heard today about the incident of Jesus and the Canaanite women. She has a real need, and she cries out to him. But He refers to her people as dogs and says that he came only for the lost sheep of the House of Israel. Huh?[1].

The best way to understand all this is to realize that the readings are speaking about the spread of faith, and in the Gospel Jesus plays the role of the fervent Jew at odds with the rest of the world. The Canaanite Woman has no claim on the gift of the Jews, but she still receives healing for her daughter. Why? Because her faith is more powerful than her ancestry.

Faith is a raging fire. It spreads from person to person. When we are exposed to a person of faith, our faith grows. As our faith grows, we ignite others with the fire of God’s love. As others grow in faith, our faith increases. The Fire is the Fire of the Holy Spirit. Nothing can stop the flame. Nothing can stop the Spirit.

When it comes to the Fire of Faith, the Love of God, the Holy Spirit, we have got to allow God to be God and stop putting Him in some sort of box that we have created. We can’t be telling God how He should act. We can’t be telling others that we have the inner knowledge of whether God is in their lives or not.

I am tired of so-called Christians claiming that Catholics are not real Christians. I am tired of Catholics claiming that other Christians really don’t know Christ. I am tired of anyone who claims that God’s grace and love cannot be poured forth on someone who does not claim Jesus Christ as personal Lord and Savior. Let God be God! Jesus Christ ascended into heaven and sent the Holy Spirit upon the world. Not just upon those people we say should receive the Holy Spirit, but upon the world. The world, includes the Hindu Mahatma Ghandi and all good and spiritual Hindus, Buddhists, Jews, Moslems and even Christians.

Everything that we do, everything that has value is about the Love of God whom we have been graced to know as Jesus the Christ. The Mercy of God is infinitely greater than people’s conception of His Mercy.

The point is that the Mercy of God is infinitely greater, and God is infinitely greater than human beings. Human beings put others in hell if they don’t fit into their nifty box that they label Christianity. When we shut others out of our lives due to our own inflated self worth, our own pride, we deprive ourselves of being inflamed by the fire of God they have been given by the Holy and Merciful One. Why was Billy Graham’s daughter sitting in the third row from the front at Pope John Paul II’s funeral? She was there because the Vatican recognized and respected the Power of God present in the Billy Graham ministries[2]

Jesus sees all that is good within the human heart. He saw the faith of the Canaanite woman. He sees your faith and my faith. He knows how we are trying our best to serve Him. How wonderful is that?! He knows us better than we know ourselves. He Loves us more than we love ourselves.

And so, we come to worship as a community. When we worship, we are exposed to each other’s faith. We are inflamed by each other’s faith. When we bring up the gifts of bread and wine in the offertory procession, we use these symbols to represent all that we have and all that we are. We offer these gifts to God, and He transforms them into the Body and Blood of Jesus, the Eternal Sacrifice of Love.

“Throw fire!” That is what we have been called to do. We are called to throw the fire of God’s love upon the world. We have also been called to allow ourselves to be exposed to the fire of God’s love in others.

We trust in God whose mercy and compassion is greater than we can even imagine. May we have the humility to experience His Love in others ■

[1] Twentieth Sunday in Ordinary Time. Readings: Isa 56: 1, 6-7; Psalm 67; Rom 11: 13-15, 29-32; Mt 15: 21-28.
[2] William Franklin Graham Jr., KBE (born November 7, 1918) better known as Billy Graham, is an evangelist and an Evangelical Christian. He has been a spiritual adviser to multiple U.S. presidents and was number seven on Gallup's list of admired people for the 20th century. He is a Southern Baptist. Graham has preached in person to more people around the world than anyone who has ever lived. As of 1993, more than 2.5 million people had stepped forward at his crusades to "accept Jesus Christ as their personal saviour." As of 2002, Graham's lifetime audience, including radio and television broadcasts, topped two billion.

Illustration: Rembrandt van Rijn, Christ and the Canaanite Woman (1650), Pen and brown ink, brown wash, corrected with white bodycolor7 7/8 x 11 in. 83.GG.199. Modeling his figures with fine hatching, Rembrandt Harmensz. van Rijn displayed a wide variety in the width and character of his lines. Correcting and altering the composition as he worked, he partially blotted out one of the onlookers' faces and covered Christ's left hand and foot with white bodycolor. The lightly sketched landscape at the right typifies Rembrandt's characteristic use of space and light, easily suggested with ink alone. In the 1640s, Rembrandt preferred to draw directly with pen and ink, unlike most of his contemporaries, who began their drawings with preliminary pencil or chalk sketches, then covered over those lines with ink.

La Transfiguración del Señor


El Señor manifiesta su gloria delante de testigos que había escogido, y sobre su cuerpo, parecido al nuestro, se extiende un resplandor tal “que su rostro parecía brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz.” (Cf. MT 17,4ss) Sin duda, esta transfiguración tenía por meta quitar del corazón de sus discípulos el escándalo de la cruz, no hacer tambalear su fe por la humildad de la pasión voluntariamente aceptada... Pero esta revelación también infundía en su Iglesia la esperanza que tendría que sostener a lo largo del tiempo. Todos lo miembros de la Iglesia, su Cuerpo, comprenderían así la transformación que un día se realizaría en ellos, ya que los miembros van a participar de la gloria de su Cabeza. El mismo Señor había dicho, hablando de la majestad de su venida: “Entonces, los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre.” (MT 13,43) Y el apóstol Pablo afirma: “Los sufrimientos del mundo presente no pesan lo que la gloria que se revelará en nosotros.” (Cf. Rm 8,18)... También exclamó: “Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en dios; cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.” (Col 3,3-4) ■ San León Magno, Homilía sobre la Transfiguración. Ilustración: Macha Chmakoff, Transfiguration.

XIX Domingo del Tiempo Ordinario

La virtud de la caridad que estamos invitados a vivir, tiene como modelo el amor que Dios tiene al hombre, es decir, Dios quiere a su criatura humana deseándole el bien, llamándola constantemente a la bienaventuranza, pero de tal forma que no se lo impone sino que la hace ser ella misma, por eso es que es posible afirmar que el amor de Dios es el principio de la libertad de la criatura[1].

Por eso "querer bien" a alguien no se puede expresar adecuadamente diciendo solamente que es "querer lo mejor" para esa persona. Ciertamente, si se toma esa expresión en sentido pleno, es decir, considerando que lo mejor es Dios, es indudable que esa frase dice verdad. Pero hay que tener en cuenta que a Dios se puede llegar de muy diversos modos. Dios se reveló como el Dios "Altísimo", es decir, el que está por encima de todas las opciones concretas y de los modos culturales o incluso –entiéndase bien- institucionales.

Existe un tipo de amor que pone muy directamente en presente la persona del que ama. Este es el caso del amor humano, del enamoramiento. En esta forma de amor, la persona que ama se hace objeto directo del amor, y es a través de ese amor a su persona como lleva al amado a mejor.

Existe sin embargo un amor distinto, el amor llamado de caridad, que no debe poner a quien ama como objeto del amor del amado, sino que debe buscar sencillamente el bien del amado. Éste es justamente el equívoco de quienes piensan ayudar a que los demás sean mejores en base a su propio cariño. Cuando esto se acentúa mucho, la caridad se hace untuosa, y entonces el cariño que pretende ayudar se hace equívoco: se asemeja demasiado al amor de enamoramiento, y da lugar a problemas afectivos inquietantes.

Todo esto significa que el que quiere de verdad desea ciertamente las buenas cualidades, pero lo hace de manera que facilita que la persona amada ponga en juego sus propias virtudes con libertad y confianza.

Aquel que tiene auténtica caridad no avasalla con su actitud, no entra con violencia en la vida de la otra persona, no fuerza a la persona que quiere. El que quiere de verdad no se hace notar demasiado. El efecto de su afecto no es hacer ver que él quiere mucho sino que cada cual se siente capaz de dar lo mejor de sí mismo. Por eso, la posición de quien se alza destacando y mostrando una solicitud vehemente por alguien, no está queriendo de verdad. Probablemente esté adoptando esa actitud para reprochar indirectamente a otros que no han tenido esos detalles[2].

El amor bueno se llama benevolencia, que es el respeto de cada uno. El fruto de la benevolencia es que la persona querida sea mejor, según ella es en sí misma, es decir, que pueda cumplir su propia finalidad. Esto supone que se ha respetado su libertad.

Es irrenunciable por tanto el respeto a la libertad de cada uno y, de manera particular, el respeto a su intimidad. En este sentido la Iglesia nos ha dado siempre una muestra egregia de respeto a la persona con su institución del sigilo sacramental. En efectos en el sigilo, que no puede ser violado absolutamente, se muestra que la intimidad de la conciencia no puede ser violada ni siquiera con la presunta intención de ayudar más a la persona. Esto enseña que el bien de la persona no se puede procurar a costa de ella misma. En esta práctica multisecular y ampliamente experimentada se advierte que la intimidad de las personas pertenece sólo a ella misma y a Dios.

Quien quiere de verdad saca de la persona a la que quiere "lo mejor" de ella misma, haciendo que descubra sus posibilidades, sin embargo lo hace de forma que quien ha ayudado casi desaparece. El buen maestro no es que el suscita admiración de sus discípulos, sino el que hace que el discípulo se advierta a sí mismo capaz de cosas grandes, como caminar en el agua, por poner el ejemplo que escuchamos en el Evangelio[3].

Cuando quien ayuda se muestra demasiado, quizá no está buscando el bien de la persona, sino que se está buscando a ella misma, posiblemente con el deseo de dejar constancia pública de su solicitud por los demás. Eso no es amor de verdadera caridad sino lo que C. S. Lewis llama afecto[4]

Quien ama no se escandaliza de la conducta de los demás, ni pretende que los demás sean buenos de la misma manera que ella pretende ser buena. La bondad tiene muchos caminos, y casi todos pasan por trances de dificultad.

Quien ama intenta conocer más profundamente a las personas, y por eso no las juzga, y esto es así porque quien quiere con amor auténtico no toma como medida de su conocimiento las "constantes" que le interesan por el motivo que sea, sino que toma como medida el fin de las personas. Esto exige atención, actitud de fondo contemplativa, abandonando la propia centralidad interesada.

Todo esto implica que quien quiere bien adopta por ello mismo una actitud de servicio. Cuando alguien se muestra celosa de su posición preeminente, y mucho más si a busca o pretende lucirla aún sin tenerla, es seguro que su caridad es fingida y engañosa. Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? [5].

Cuando quien debe ayudar a los demás adopta una actitud de recibir servicios o respeto y aparece especialmente celoso de su dignidad, es seguro que no podrá ayudar según el espíritu de Cristo, es decir, según aquellas palabras del Señor: Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve.

La clave de todo esto está y por decirlo con pocas palabras se podría expresar haciendo referencia al principio general de que la gracia no quita la naturaleza, ni prescinde de ella, sino que la supone, la sana y la eleva.

La Virgen se definió como la Esclava del Señor, y eso la hizo esclava de todos: de su prima Isabel, de los que estaban en las Bodas de Caná. De todos. Que su materna y poderosa intercesión nos ayude a todos meditar a lo largo de éste día sobre nuestra actitud de servicio y la manera en la que queremos a los demás ■

[1] Cfr. A. Ruiz Retegui, Lo mejor: Caridad versus Servicio. Don Antonio Ruiz Retegui nació en Cádiz, el 7 de septiembre de 1945, y murió en Madrid, el 13 de marzo de 2000, a consecuencia de una repentina hemorragia cerebral. Cursó la carrera de ciencias físicas con brillantes calificaciones en las universidades de Sevilla (1962-64) y Barcelona (1964-67). Como miembro de la Prelatura Personal Opus Dei se trasladó a Roma en 1967 para continuar sus estudios de teología. En 1969 se trasladó a Pamplona donde realizó la licenciatura en teología (1969-71) y el doctorado (1971-74). Tras su ordenación sacerdotal en 1971, desempeñó diversas funciones académicas y pastorales. Desde 1974 fue profesor adjunto de Antropología cristiana en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Desde 1989, profesor agregado de "Teología moral" en la misma Facultad. Desde 1984 hasta 1990, fue director del Departamento de Teología para universitarios de la Universidad de Navarra. Y desde 1982 hasta 1990, profesor de "filosofía de la religión y visión cristiana del mundo" en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Navarra. A partir de 1990, se dedicó a otras tareas pastorales en Madrid.
[2] Tampoco quiere para afirmar su propia caridad. Esto es especialmente importante cuando se presenta la tentación que tener detalles de cariño con alguien con el fin de ganarlo para una causa específica. Y mucho más cuando se pretende apartarlo de otra persona. Por eso cuando alguien adopta una actitud de tener unos detalles con otros que las otras personas no han tenido, no está velando sinceramente por esa persona, sino que está marcando la diferencia entre su cariño y el de los demás, con el fin de mostrar la propia superioridad. Actitud peligrosa.
[3] Cfr Mt 14, 23.
[4] Cfr Los Cuatro Amores, Harper Collins, New York 2006, p. 43.
[5] Cfr Mt, 14, v. 31.
Ilustración: Domenico Beccafumi, La Anunciación (1545), óleo sobre tela, SS. Martino and Vittorio, Sarteano (Siena)

The One, the Good, the True, and the Beautiful, these are what we call the transcendental attributes of Being, because they surpass all the limits of essences and are coextensive with Being ■ Hans Urs von Balthasar

Nineteenth Sunday in Ordinary Time

To the ancient people, the seas represented chaos. Fishermen and sailors, then, as well as now, know all too well the sudden turmoil caused by rough waters. But God conquered the seas. And Jesus walked on the water. In fact, He continues to walk on water. He walks on the chaos of our lives[1].

That is what the Gospel reading is telling us today. No matter what the chaos is in the world and in our lives, Jesus walks on it. He conquers the chaos.

Jesus conquers the chaos that is caused by things that our beyond our control. Life itself is chaotic. Just when all is seems to be calm, a loved one suddenly dies. All of us have experienced this. We did not cause the chaos, but we do suffer from it.

Jesus conquers the chaos, even that chaos which we ourselves cause in our lives. Many of us have made bad choices. Many of us have sinned. Many of us suffer the results of our sins or the sins of others. For example a person finally recognizes that he has gotten into a relationship which is destroying his family and destroying himself. He returns to his family, but the damage has been done. He and his family suffer the results of his sins.

It makes no difference whether we caused the chaos or whether we suffer from the chaos caused by others. Jesus still walks on the water. He conquers the chaos. Then, do you know what he does? He calls us to walk out onto the chaos and walk towards him. Come Peter. Peter walked on the water. At least for a bit.

That’s what Jesus does for us all. He walks on the chaos of our lives, and then calls us to come and join him. He gives us the strength to walk on water.

And what if we fail? What if we blink, and sink like Peter did? Well, Don’t be afraid, the Lord says. He is there to reach down and lift us out of the water, out of the chaos, just as he lifted Peter out of the water, out of the chaos of his life.

The Lord knows that we are not saints, not yet anyway. He knows that we are weak. He accepted Peter, that loud lout, that well meaning coward, and turned him into the Rock of the Church[2]. He takes us as we are and walks with us on the water. He only asks us to have the courage to put our faith in Him. He gives us the strength to join Him in conquering the chaos.

Where is the chaos in your lives, in my life? Is it sickness or death? Is it chemical dependence? Is it some other addiction? Is it turmoil in your marriage or your family? Where have the seas raised up to chaotic dimensions? Wherever that chaos is, please remember, that there is nothing, no chaos that is too great for Jesus to conquer. And there is nothing too devastating for us to conquer with Him.

He walked on the waters, and He calls us to walk with Him ■

[1] Readings: Psalm 85:9-14. Kings 19:9, 11-13; Romans 9:1-5; Matthew 14:22-33
[2] Cfr Mt 16: 18

Illustration: At one end of the Bay in San Sebastian at the foot of Mount Igeldo was where Eduardo Chillida placed his favourite piece of work, the Wind Comb, in 1977, with three spectacular pieces of steel anchored to the rocks and surrounded by the sea. Thirty years later, Donostia-San Sebastián is celebrating the anniversary of this magical space, which is a unique example of harmony between art and landscape. The Chillida-Leku Museum, the main institutions in the Basque Country (Hernani Town Council, Donostia-San Sebastián Town Council, Gipuzkoa Provincial Council and the Basque Government) and various Basque cultural bodies are finalising the programme of activities based around the Wind Comb that will be taking place during 2007 and which will include exhibitions, lectures, concerts and entertainment, guided tours and educational activities.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris