Si le preguntas a las gaviotas por las leyes que rigen la aeronavegabilidad, ninguna te responde. Resulta imposible entablar con ellas una conversación sobre las leyes de Newton. Son gaviotas. Pero si te acercas al atardecer a cualquier puerto de la costa, puedes aprender a rezar. Es cuestión de mirar detenidamente... Cuando la Gran Bola Amarilla roza la línea del horizonte, estas aves se situan en las barandillas de los paseos, en los mástilles de los veleros, y esperan. Las masa de aire recalentadas por el poniente dejan espacio a los frescos volúmenes de las capas altas de la atmósfera; corre el viento fresco del atardecer. Y en esos momentos son cuando las gaviotas rezan. Alzan el pescuezo, sienten la brisa, y tras una jornada donde el Creador les ha regalado vida y alimentos, extienden sus alas, se dan impulso y vuelan majestuosamente. Trazan sobre el puerto trayectorias de agradecimiento, círculos de respeto, espirales sentidas. Son justas con su Creador....Las buenas gaviotas son libres. No dejan de rezar ni un sólo día. Amén ■ Driver

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (de perros, gaviotas y cosas mejores)

Hace unas pocas semanas apareció un pequeño reportaje en el New York Times con el relato del naufragio de cuatro personas en una pequeña embarcación de vela. Aquellos hombres, para calmar su sed, durante varios días trataron de sacar la humedad de las velas hasta que se deshidrataron y perdieron la conciencia. Cuando volvieron en sí los guardacostas les dijeron que en realidad estaban flotando sobre agua dulce, es decir, a pesar de no poder verlo, estaban relativamente cerca del delta del Amazonas, un río tan grande que lleva agua dulce hasta muy dentro del océano[1]. Aquellos hombres podían haber bebido agua del océano y haber sufrido menos[2].

Qué parecidos somos los hombres y mujeres de hoy a aquello náufragos. Estamos terriblemente sedientos pero somos inconscientes –por ignorantes y por necios- del Agua tan cercana y tan saludable que tenemos en Jesucristo y en general en todas las cosas que nos da nuestra maravillosa fe católica. La semana pasada el Papa les habló de esto mismo a los jóvenes con los que se reunió en Sydney: «En muchas de nuestras sociedades, junto a la prosperidad material, se está expandiendo el desierto espiritual: un vacío interior, un miedo indefinible, un larvado sentido de desesperación ¿Cuántos de nuestros semejantes han cavado aljibes agrietados y vacíos (cf. Jr 2,13) en una búsqueda desesperada de significado...?»[3].

El Papa identificó con mucha claridad las cosas que anhelamos: amor que perdura, oportunidad para compartir dones, unidad basada sobre la verdad, comunión que respeta la libertad del otro. En otras palabras: buscamos desesperadamente –sedientamente- la Verdad, el Bien y la Belleza. Sin embargo, dijo el Papa, «la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza, y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad» [4]Esas cosas no malas, pero quedarse con ellas es intentar sacar agua de las velas de un barco a la deriva mientras flotamos sobre una inmensidad de agua dulce.

¿Y cuál es ese océano de agua viva? El Papa contesto en una sola palabra: Jesucristo. Solamente en el Señor y en su Espíritu encontraremos la Belleza, el Bien y la Verdad que deseamos. Solo Él puede darnos un amor que perdura, la libertad que respeta cada persona.

El agua que Jesucristo regala –sí: tal cual: regala- es la gracia. Y la gracia es algo que va mucho más allá de nuestro entendimiento. La gracia es esa agua que necesitamos para crecer. La gracia es....pues eso que en algunos momentos de la vida de la Iglesia tanto se ha burocratizado. El primero que lo hizo fue un tipo que se llamaba Pelagio[5]. Pelagio no creía que la gracia fuera algo vivo y gratuito que actúa en el interior del hombre, pensaba que una vez bautizado el cristiano tenía que echarle fuerzas al asunto, y que la salvación vendría por el valor de sus obras. Llega San Agustín corrige a Pelagio y a su tribu…pero, ¡ay!, seguimos en manos de muchos pelagianos que hacen mucho daño a la espiritualidad.

Sedientos como estamos y en busca de la felicidad, no acabamos de comprender que la gracia hace al hombre dichoso, genial, enamorado, afortunado. No entendemos que la gracia no es un medio para nada, y tampoco es un fin. La gracia es anterior a todo, a la moral, al derecho. A todo. No somos desgraciados porque hacemos el mal, sino que hacemos el mal porque somos desgraciados. Y, viceversa: no somos felices porque hacemos el bien, sino que hacemos el bien porque somos felices.

En realidad -y para entendernos nos valemos de analogías- la felicidad es un perro corriendo por la playa tras una gaviota. Cuando está a punto de atraparla, frena y ladra de alegría. Es la carrera lo que le da la felicidad. Es el reto lo que le otorga la gracia. La meta tan sólo es una excusa para correr. Por tanto, hemos de correr, con la seguridad de que al final Dios estará esperándonos para darnos un abrazo fuerte y todo aquello que tanto desea nuestro corazón ■

[1] El río Amazonas transporta más agua que el Mississippi, el Nilo y el Yangtze juntos; su área de drenaje o cuenca es asimismo la mayor del mundo. El volumen de agua llevado hacia el Atlántico es enorme. El Amazonas es responsable de la quinta parte de todo el agua dulce incorporada a los océanos de la Tierra. Además, esa agua es perfectamente potable mar adentro de la desembocadura, hasta una distancia desde la cual la costa ya no es visible.
[2] Homilía para el XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. St. Matthew Catholic Church (San Antonio, Texas).
[3] Cfr www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2008/july/documents/hf_ben-xvi_spe_20080719_vigil_sp.html
[4] La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias, por útiles que pudieran ser. Es una búsqueda de lo verdadero, bueno y hermoso. Precisamente para lograr esto hacemos nuestras opciones, ejercemos nuestra libertad y en esto, es decir, en la verdad, el bien y la belleza, encontramos felicidad y alegría. No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simplemente consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad." (Ceremonia de acogida a los jóvenes, 17 de Julio 2008)
[5] Aparte de los principales episodios de la controversia pelagiana, poco o nada se conoce sobre la carrera personal de Pelagio. Sólo después que él da un último adiós a Roma en el 411, son más abundantes las fuentes. Sin embargo, después del 418, de nuevo se produce un silencio sobre su persona en la historia. Como S. Agustín (De peccat. orig., XXIV) testifica, Pelagio vivió en Roma “por largo tiempo”. Podemos suponer que residió allá al menos desde el pontificado del Papa Anastasio (398-401). Respecto a su larga vida antes del año 400 y, sobre todo respecto a su juventud, nos hemos quedado enteramente en la oscuridad. Aun el lugar en que nació está en discusión. Mientras que testimonios confiables, como Agustín, Orosio, Próspero y Mario Mercator, son absolutamente explícitos en asignar Gran Bretaña como su país nativo. Alto de estatura y corpulento de apariencia (Jerónimo, loc. cit., "grandis et corpulentus"), Pelagio tenía educación superior, hablaba y escribía bien, con gran fluidez, tanto el latín como el griego, además era versado en teología. Fue monje, entregado consecuentemente a prácticas de ascetismo, pero nunca fue clérigo. Tanto Orosio como el Papa Zósimo lo llamaron “hombre de leyes”. En Roma misma gozó de reputación por su austeridad. S. Agustín lo llama “varón santo”, vir sanctus. Mantuvo una edificante correspondencia —que más tarde usó para su defensa personal— con S. Paulino de Nola (405) y otros prominentes obispos.
All Christian life is meant to be at the same time profoundly contemplative and rich in active work... It is true that we are called to create a better world. But we first of all are called to a more immediate and more exalted task: that of creating our own lives. In doing this, we act as co-workers with God. We take our place in the great work of mankind, since in effect the creation of our own destiny, in God, is impossible in pure isolation. Each one of us work out his own destiny in inseparable union with all those others with whom God has willed us to live. We share with one another the creative work of living in the world. And it is through our struggle with material reality, with nature, that we help one another create at the same time our own destiny and a new world for our descendants. This work of man, which is his peculiar and inescapable vocation, is a prolongation of the creative work of God Himself. Failure to measure up to this challenge and to meet this creative responsibility is to fail in that response to life which is required of us by the will of our Father and Creator.

Thomas Merton, Love and Living, Naomi Burton Stone and Brother Patrick Hart, editors. New York: Farrar, Straus & Giroux, 1979: 159.

Eigteenth Sunday in Ordinary Time


The people are hungry, Lord. Send them away so they can get something to eat.” “You give them what you have to eat; it’ll be plenty for them.” So the disciples fed the people. They ate too. Afterwards, they picked up twelve wicker baskets full of the fragments of food.

United with Jesus they had plenty of what the people needed. Our gospel today it is not just about bread. It is about spirituality. It is about Holiness. It is about possessing the very Presence of the Lord. For a time would come when the physical bread would be replaced with the Bread of Heaven. And the disciples would eat this bread and feed it to others. There would be plenty for everyone. When we go to the Lord and nurture our union with Him, He feeds us and provides us with all that we need to feed the hungry of the world, those who are searching for meaning in life, and those who are searching for Him.

I have to be honest with you. There are times that I feel drained; that I feel that I have nothing more to give. Maybe you feel that way at times yourself. What I have learned is that the times that I feel empty are always the times that I have decided that I was too busy to pray like I should, to do the spiritual reading that I needed to do, to make extra time for God in my life. But when I do nurture the Presence of the Lord, there is always plenty for everyone, including myself.

Be honest with yourselves, when you feel drained, when you feel that you have nothing left to give others, ask yourselves, “What is my prayer life like?” “How is my relationship with the Lord?"? When we make the time for God, through a miracle beyond explanation, as all miracles are, we always have enough time and enough strength, and enough holiness, to feed others.

Our Lord provides more than we need and more than those we feed need. He provides so much that it is normal for us to collect many wicker baskets of fragments left over. It is normal for us to be strengthened by the holiness of those whom we have fed. Parents are often edified by their children. Priests always receive experiences of holiness from their people. This is the lovely cycle of Christian holiness: We eat. We feed. And we are fed by those whom we cared for.

Sure, we often feel outnumbered. We are proclaiming a radical lifestyle to a world that has deified selfishness. Our Teens and college students are proclaiming Jesus to classmates who mock the spiritual. Our adults deal every day with work mates and neighbors who have neither concept of nor desire for spirituality. Our seniors sometimes are confronted with companions who have embraced promiscuity. The media glorifies the scandalous and mocks the religious. Materialism dominates American life. We are a minority, yes, but we are strong. We are powerful. We have the Power of Jesus Christ. Nothing can stop us. Nothing will stop us.

What will separate us from the love of Christ? Will anguish, or distress, or persecution, or famine, or nakedness, or peril, or the sword? No, in all these things we conquer overwhelmingly through him who loved us. For I am convinced that neither death, nor life, nor angels, nor principalities, nor present things, nor future things, nor powers, nor height, nor depth, nor any other creature will be able to separate us from the love of God in Christ Jesus our Lord.

My sisters and brothers, we have to feel the Power of Jesus, we have to feel the presence and light of the Holy Spirit, right here, right now. Nourish this power by eating every day, prayers in the morning and evening, union throughout the day. Prepare for and treasure the Special Meal, the Eucharist, always aware that it is through the Sacrificial Love of Christ on the Cross that the world is being fed.

There is no reason for any of us to be hungry. There is no reason for any of us to be drained. He gives us all we need. He gives us Himself ■
Illustration: Francisco de Goya, La multiplicación de los panes y los peces (1795), óleo sobre tela.

Altar de Dios: el centro de la vida
con el Señor en medio de su pueblo,
mesa del pan que a todos nos convida
a reunirnos en un mundo nuevo.

Altar de Dios: la fuente de aguas vivas
para saciar la sed del universo:
"Que todos sean uno" en Jesucristo,
la oración del Señor, su testamento.

Pueblo de Dios, escucha su palabra,
que está el Señor presente entre los hombres;
pueblo de Dios, camino de la patria,
convoca a la unidad a las naciones.

Venid a la asamblea, de Dios es la llamada,
que nadie quede fuera, de todos es la casa.
Miembros de Cristo fieles, y de su amor testigos,
pueblo de Dios, de paz sediento y peregrino.

Pueblo de Dios, escucha su palabra,
que está el Señor presente entre los hombres;
pueblo de Dios, camino de la patria,
convoca a la unidad a las naciones.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Amén ■
de la Liturgia de las horas

XVII Domingo del Tiempo Ordinario

El gran riesgo que corremos los cristianos cuando escuchamos las parábolas del Reino[1] es considerarlas como una serie de ejemplos morales que más o menos vamos adaptando a nuestra época. Ciertamente hay normas de conducta en las parábolas, pero hay mucho más[2].

En los textos que la liturgia nos presenta a lo largo de éstos domingos del Tiempo Ordinario[3] descubrimos –si estamos atentos- que el Reino es en realidad don de Dios. No es algo que los hombres podamos construir con nuestras manos. Todos los méritos juntos de todos los santos, toda la inteligencia de todos los teólogos y toda la sangre de los mártires no nos acercaría ni a la puerta de ése reino de Dios. Es Dios quien siembra la semilla. Y se nos olvida con sorprendente frecuencia. La tierra más fecunda y limpia que puede imaginarse, jamás podría dar fruto si Alguien superior no siembra en ella.

Y al mismo tiempo la obra de Dios también precisa una respuesta humana, es decir Dios abre la puerta, pero es el hombre quien debe cruzarla libremente.

En el Reino, además, el hombre encuentra el sentido de su destino y de su vida, de sus sufrimientos y de sus alegrías, justamente por eso es que la predicación del Reino que sale de la boca del Señor es ante todo una predicación muy alegre y muy llena de luz. El hombre libremente puede decidir no entrar en el Reino, sin embargo debe tener la certeza –y de hecho la tiene porque Jesús no se cansa de decirlo- de que el Reino le espera[4].

Y el Reino vendrá sin duda. Junto a la alegría está la confianza. Jesús sabe que hay tierras sucias y mediocres, pero sabe -¡vaya que lo sabe!- que el granero se llenará, la mies crecerá, incluso si duermen los campesinos. El Señor sabe, incluso, que existe un enemigo que siembra la cizaña, como escuchamos en el Evangelio el domingo pasado.

El secreto para entender mejor la llegada del Reino, para corresponder a la llamada de Dios y para cooperar con lo que somos y tenemos es un corazón sensato y prudente. ¿Cómo alcanzarlo? Pidiéndolo humilde y sencillamente a Dios, quizá con las mismas palabras que recoge la primera de las lecturas y que el autor pone en boca del rey Salomón[5]: Te pido que me concedas sabiduría de corazón (…) para distinguir entre el bien y el mal[6].

En la medida en que uno va echando la mano –aún con sus miserias, con sus deficiencias- a que el reino de Dios llegue a los corazones de todos, va aprendiendo a ver la vida como Dios mismo la ve: gente sin disfraces, sin máscaras. Y en su camino por los caminos de la tierra se encuentra con vidas muy primarias, miseria al descubierto. Se mezcla lo sórdido con lo sagrado. Se confunden los pecados de los solitarios, de los pervertidos, de los infames, del egoísmo más atroz: blasfemos de un Dios que no ven, junto a la necesidad de sobrevivir, la supervivencia del día a día, y a la vez, la ternura, la sinceridad más salvaje, el dolor. En dos palabras: La gloria y el infierno. El trigo y la cizaña. Si se remueve con un palo un charco de agua inmunda se puede ver el reflejo del sol entre las miasmas: sí, Dios también está allí. La luz – Yo soy la Luz del mundo- también se refleja ¡y de qué modo! ■

[1] Capítulo 13 del evangelio de San Mateo.
[2] Homilía preparada para el XVII Domingo del Tiempo Ordinario (27.VII.2008).
[3] XVI, XVI y XVI del Tiempo Ordinario.
[4] Cfr Mt 22, 1-14; Lc 14, 15-24.
[5] Llamado también Jedidías en el Antiguo Testamento, Salomón fue el tercer y último rey de Israel, incluyendo el reino de Judá. Construyó el Templo de Jerusalén y fue célebre por su sabiduría, riqueza y poder. Según la Sagrada Escritura, se le considera el hombre más sabio que ha existido en la Tierra. Se le atribuye la autoría del Cantar de los Cantares, así como del libro de los Proverbios y es protagonista de relatos extrabíblicos posteriores.
[6] Cfr 1 Re 3, 5-13.

Ilustración: Georges de La Tour, Cristo en el taller del carpintero (detalle) 1645, óleo sobre tela, Museo de Louvre (Paris).

Seventeenth Sunday in Ordinary Time

The second reading for today speaks about predestination, and of course we have some fundamental questions: how could we follow Jesus if we had no choice but to do whatever we do? Why would we even want to God if we posited a god who predestined some people to sin and hell?[1]

As we come to a deeper knowledge of the free will of man, we realize clearer and clearer, that the ability to make rational decisions distinguishes us from animals, so predestination cannot eliminate free will. If it did, we would no longer be human. What, then, is predestination, father? Well, Predestination is God's choice to share his love with us.

St. Paul tells the Romans –and us of course- that we are called to share the image of the Son of God. By sharing this image we are justified, raised up to God, and glorified. To put all this simply: we are predestined to share God's goodness, but we have the freedom to reject this goodness.

More practically: we cannot go around blaming the things that happen in our life to fate. Fate is a pagan expression and a pagan concept[2]. Nor can we blame the devil, “the devil made me do it". We have to take responsibility for our own actions. Even if something negative happens to us beyond our control, like sickness, we have the ability to use this situation to be closer to our Lord.

The knowledge of what God is calling us to; the understanding of what is true and good, right and wrong; all of this is Wisdom, the topic of the first reading.

The Old Testament developed the notion of wisdom as the understanding one gains of oneself, the world and one's place in the Divine Plan for mankind. Wisdom is knowing who we are. Jesus is the Wisdom of God for us, for we become whom God has called us to be by uniting ourselves to his Son. Each of us is very different from everyone else who ever lived. As we come to a deeper knowledge of whom we are, we come to a deeper knowledge of what God wants us to be. Wisdom is understanding God's individual predestination for us.

When we know ourselves and our God, when we understand our talents and our limitations, we recognize God's love for us as individuals. When we realize what God's position in this world is for each of us, we have found the pearl of great price. We know how to respond to God's call with our very being, our very personhood. When we come to a deeper understanding of what God wants from us as individual people with unique personalities, then we have no choice but to sell everything we have and go and buy the field, for we have found a priceless treasure. Nothing can be more valuable than living our God's unique call to us.

Wisdom, predestination, and the Christian life. Our readings for today give us just a clue of the profound love the Lord has for us. What a Savior we have in Jesus! ■


[1] Sunday 27th July, 2008, 17th Sunday in Ordinary Time. Readings: 1 Kings 3:5, 7-12. Lord, I love your commands—Ps 118(119):57, 72, 76-77, 127-130. Romans 8:28-30. Matthew 13:44-52.
[2] Many Greek legends and tales teach the futility of trying to outmaneuver an inexorable fate that has been correctly predicted. This form of irony is important in Greek tragedy, as it is in Oedipus Rex and the Duque de Rivas' play that Verdi transformed into La Forza del Destino ("The Force of Destiny") or Thornton Wilder's The Bridge of San Luis Rey, or in Macbeth's uncannily-derived knowledge of his own destiny, which in spite of all his actions does not preclude a horrible fate.


Illustration: One of the most famous of the paintings by Velázquez, and an example of his great mythological works, is The Fable of Arachne (Las Hilanderas), also known as The Tapestry Weavers or The Spinners. It was painted not for the king but for a private patron. The mythological story of the contest between the goddess Athena (Minerva to the Romans) and the mortal woman Arachne was perhaps told best by the Roman poet Ovid in his Metamorphoses (Book VI). According to Ovid, Arachne lived in the country of Lydia (which had a legendary reputation for producing some of the most splendid textiles in the ancient world), where she matured into one of the finest weavers ever known. Arachne was in fact so adept at weaving that she became arrogant, and claimed that her ability rivaled that of the goddess Athena. Athena, as the patron deity of weavers and quite an accomplished weaver herself, immediately took notice of Arachne, and travelled to Lydia in order to confront the boastful woman. There the goddess assumed the guise of an old peasant, and gently warned Arachne not to compare her talents to those of an immortal; Arachne merely dismissed this reproach, and so Athena was compelled to accept the mortal woman's challenge. They would each compete by creating a tapestry. Athena wove her tapestry with images that foretold the fate of humans who compared themselves with deities, while Arachne's weaving told of the loves of the gods. Such was Arachne's skill that her work equalled that of the goddess, and Athena, overwhelmed by anger, struck the hapless woman repeatedly. Terrified, Arachne hung herself, but Athena transformed the woman into a spider who quickly scurried off. Thus, this tale explains the spider's ability to weave its web. In its composition, the artist looks back to his bodegones, where two different areas and two planes of reality balance each other. The everyday scene in the foreground shows a plainly furnished room where women are at work spinning. Sunlight falling in from above conjures up a complex range of colours. On the left, an elderly woman is at the spinning wheel, while the young woman seated to the right is winding yarn. One of the figures of naked youths by Michelangelo on the roof of the Sistine Chapel has been identified as the model for her attitude. Velázquez conveys their industry with brilliant immediacy, seeming to mingle the hum of their mills with the shifts of colour in the light. Three other women are bringing more wool and sorting through the remnants. The scene may reflect the disposition of the Royal Tapestry Factory of St Elizabeth in Madrid. There is a second room in the background, in an alcove reached by steps. It is flooded with light and contains several elegantly dressed women. The woman on the left wearing an antique helmet and with her arm raised is a figure of Athena. Opposite her - either really in the room, or part of the picture in the tapestry on the back wall? - stands the young Arachne, who has committed the sacrilegious act of comparing her skill in weaving with the goddess's. She has begun their competition with a tapestry showing one of the love affairs of Jupiter, the rape of Europa. Velázquez borrowed the theme of this tapestry from a famous picture by Titian, also extant in a copy by Rubens, to show his artistic veneration for the Venetian master. Around 1636 Rubens had painted a version of the same story for the Torre de la Parada, showing the punishment of Arachne, when she was turned into a spider. Velázquez omits this detail, instead treating the rivals almost as equals. By comparison with the weight of symbolism in the background scene, he shows the simple work of the women in the foreground with monumental dignity; it is the basis of the technique without which no goddess could practise her arts. This interpretation is still relevant if Velázquez has in fact represented the figures of Athena (now disguised, but with her shapely bare leg indicating her timeless beauty) and Arachne a second time in the figures of the old woman and the young woman in the foreground. Here, at least, Velázquez has transferred mythology to everyday reality. However, there is a whole series of possible meanings beneath the surface of this painting, and scholars are still puzzling over some of them to this day. The canvas was probably damaged by a fire in the Alcázar (1734) and an upper section was added.




Diego Rodriguez de Silva y Velázquez, The Fable of Arachne (Las Hilanderas) c. 1657, Oil on canvas, 220 x 289 cm, Museo del Prado (Madrid)
Dios habla y llama con voz que se hace polifonica al refractarse en la múltiple realidad de las cosas terrenas y de las acciones humanas. Se trata entonces de saber ver y oír esas pisadas divinas. Pero Dios lleva siempre la iniciativa. Nosotros no vamos a la gracia: es la gracia la que se adelanta y viene a nosotros. Hay que sentirla acercarse y ver cómo llega ■ José Morales, La experiencia de Dios

Atardece, anochece, el alma cesa
De agitarse en el mundo
Como una mariposa sacudida.

La sombra fugitiva ya se esconde.
Un temblor vagabundo
En la penumbra deja su fatiga.

Y rezamos, muy juntos,
Hacia dentro de un gozo sostenido.
Señor, por tu profundo
Ser insomne que existe y nos cimenta.

Señor, gracias que es tuyo
El universo aún; y cada hombre
Hijo es, aunque errabundo,
Al final de la tarde, fatigado,
Se marche hacia lo oscuro
De si mismo; Señor, te damos gracias
Por este ocaso último.
Por este rezo súbito. Amén ■

de la Liturgia de las Horas

XVI Domingo del Tiempo Ordinario

Probablemente ninguna otra parábola del evangelio como ésta que acabamos de escuchar pone tan vivamente al cristiano frente a las que han sido las mayores tentaciones en la historia de Iglesia.

La primera es la de la fuga, es decir, sería muy bonito vivir en un mundo sin cizaña, convivir solamente con los puros y estar lejos de cualquier suciedad[2], sin embargo la intención de Jesús es que el Reino de Dios comience en éste mundo. Y en el mundo existe el mal. Ya san Pablo lo dicho muy claramente cuando escribe que no hace el bien que quiere sino el pecado que habita en él[3].

La segunda tentación es la de separar demasiado tajantemente el bien y el mal. Muchas veces no es fácil distinguir el trigo de la cizaña; nacen a veces de la misma raíz, es decir, el bien y el mal están unidos dentro de una misma alma, y de esto todos podemos dar nuestro testimonio personal.

En el mundo de las almas, la cizaña no sólo puede tener virtudes y cualidades positivas, sino que puede, además, aspirar a convertirse en trigo, mediante la conversión. Por decirlo con palabras más coloquiales: el que es malo no lo es con todos, ni lo es siempre. Todo ser humano puede cambiar, puede convertirse, puede transformar su vida de la noche a la mañana.

La tercera tentación es la de imponer el bien por la violencia, es decir, lograr que no haya cizaña en nuestros campos, pero siendo jueces y ejecutores de la justicia.

Afortunadamente frente a éstas tres tentaciones existe una gran solución: la actuación de Dios. Sólo Él es Juez, y solo sus ángeles llevan a cabo el juicio. Dios actúa con una infinita paciencia, con la esperanza, además, de que el mal pueda convertirse en bien.

Esto último es quizá lo más importante de todo, y también lo que más se nos olvida al leer ésta parábola.

San Pedro Crisólogo[4] lo entendió muy bien cuando lo comentaba así en uno de sus sermones:

«La cizaña de hoy puede cambiarse mañana en trigo; de esa manera el hereje de hoy será mañana uno de los fieles; el que hasta ahora se ha mostrado pecador, en adelante irá unido a los justos. Si no viniera la presencia de Dios en ayuda de la cizaña, la Iglesia no tendría ni al evangelista Mateo –a quien hubo necesidad de tomar de entre los publicanos- ni al apóstol Pablo –al que fue preciso tomar de entre los perseguidores»[5].

Pidamos al Espíritu de Dios en ésta Eucaristía que nos de la luz y las fuerzas que nos hacen falta para no caer en ninguna de éstas tres tentaciones [es decir] que seamos conscientes de que en nuestra vida estará siempre el bien mezclado con el mal. Se trata de asumir serenamente las cosas que no están bien de nuestra vida y luchas con todas nuestras, fuerzas valiéndonos de aquellas virtudes que Dios nos ha regalado.

Se trata de no ponernos nunca en el papel de Dios, juzgando a los demás o imponiendo la justicia mediante la violencia.

Pero se trata, sobre todo, de confiar en la lenta eficacia del Bien, en ser conscientes de que Dios sigue confiando en la humanidad, sigue esperando pacientemente a que crezca Su trigo para que, llegado el momento, lo corte y lo lleve junto a Él y para siempre ■

[2] Probablemente la herejía albigense sea una de las más conocidas de las que sucedieron en toda la Edad Media. Estuvo activa desde mediados del s.XII hasta mediados del s. XIII. Este movimiento sería declarado oficialmente herejía en 1187. Desde entonces se inició la acción contra sus integrantes. Primero por medio de la predicación –la orden dominica nació por este hecho precisamente-, y luego por medio de la acción violenta, en forma de cruzada (desde 1209), y la Inquisición. Tuvo su foco central en el Mediodía francés, más concretamente el sureste francés y el Rosellón Catalán, es decir, la zona conocida como Occitania o Languedoc (el país de la lengua de Oc –lenguadociano-). El rombo formado por las ciudades de Tolosa (Toulousse), Carcasona (Carcassone), Montpelier y Albi fue su principal área de asentamiento. Precisamente albigense deriva de albigés, la comarca situada justamente al noreste de Tolosa cuyo centro era Albi. Normalmente se identifica cátaro con albigense. Sin embargo cátaro es un apelativo que significa ‘puro’ y que, como tal, fue empleado por diferentes herejías (que por supuesto se consideraban los puros, lo elegidos) para autodesignarse. Albigense es el nombre exacto de la herejía que nos ocupa ahora. La filosofía o religión albigense se basa en un puro maniqueísmo, derivada de la tradición cristiana (toman el Nuevo testamento como libro fundamental). Para ellos sólo existían dos poderes, la luz y la oscuridad; el dios bueno y el maligno (Satán, con rango de dios, que estaba en todo lo material); rechazando la divinidad de Cristo y gran parte de los sacramentos de la Iglesia establecida. Dentro de la comunidad cátara estaban los fieles de base y los ‘perfecto’, los más puros, que llegaban a este nivel después de tres años de noviciado y el paso de un examen. Pronto van a organizar una iglesia paralela (ca. 1160), que se dividirá en iglesias y obispos... a mediados del siglo XIII, ya en retroceso, experimentará movimientos internos de división.
[3] Cfr. Rm 7, 20.
[4] Pedro, llamado Crisólogo (que significa 'palabra de oro'), (380 o 406-450) fue un sacerdote italiano, arzobispo de Rávena (433-450), santo, Padre de la Iglesia y proclamado Doctor de la Iglesia por Benedicto XIII en 1729. Su padre había sido obispo de su ciudad y, tras su muerte, fue bautizado y educado por el nuevo obispo, Cornelio de Imola. Su educación concluye con su ordenación como diácono hacia el 430. Se le atribuyen 725 sermones, algunos de ellos de autenticidad discutible. La mayor parte tienen contenido apologético y moral; esta cuestión es curiosa, ya que el santo vivió inmerso en las querellas cristológicas, y solo algunos de sus textos tratan el tema de la Encarnación del Verbo, en los que presenta la postura ortodoxa y refuta las diversas herejías de la época: el arrianismo, el nestorianismo y el monofisismo. Se sabe que Eutiques, en sus primeros enfrentamientos con el Patriarcado de Constantinopla (499), consultó a Pedro Crisólogo, y su respuesta ortodoxa se encuentra en el epistolario de León I Magno. El grupo más importante de sermones está orientado a la formación de los catecúmenos, antes de recibir el Bautismo: así, siete de ellos son explicaciones del Símbolo (Sermones 56-62) y otros tantos son comentarios de la oración dominical (Sermones 77-82). El resto son homilías breves para el comentario de la Sagradas Escrituras leídas durante los oficios litúrgicos, con contenido fundamentalmente moral.
[5] »¿No es verdad que el Ananías del libro de los Hechos de los Apóstoles trataba de arrancar el trigo cuando, enviado por Dios a Saulo, acusaba a san Pablo con éstos términos: Señor, ha hecho mucho daño a tus santos? Lo cual quería decir: arranca la cizaña; ¿por qué enviarme a mí, la oveja, al lobo? ¿Por qué enviar un misionero de mi talla al perseguidor? Pero mientras Ananías veía a Saulo, el Señor veía ya a Pablo. Cuando Ananías hablaba del perseguidor, el Señor sabía que era un misionero. Y, mientras el hombre le juzgaba como cizaña, Saulo era para Cristo vaso de elección, ya con un puesto en los graneros del cielo».
Ilustración: Hans Memling, Tríptico del Juicio Final (detalle), 1467-71, óleo sobre madera, Muzeum Narodowe, Gdansk (Polonia).

There was a strong vein of anti-clericalism in Jesus to which he was not afraid to give utterance. He denounced the scribes and Pharisees who laid heavy burdens on others but did not move a finger to lift them themselves. He spoke of hypocrites, of blind guides, of teachers who cleaned the outside of the cup but left the inside filthy, worrying more about external observance of the law than about the movements in people's hearts. The clerical establishment was furious, and in the end, on Calvary, thought itself vindicated. So we have learned to combine reverence and love for the Church with a cool appraisal of its officials. We, the people of God, are the church. As the Spanish proverb has it. ‘We are the people and wisdom will die with us.' The clergy, religious, bishops, have their part to play, and we need to keep them up to scratch. We are not astonished when we find traces of the seven deadly sins even in those who profess greater piety. All through the centuries the church has had this job of criticising and reforming itself. But critics today, like the Jews who surrounded the adulterous woman, need to heed Jesus' warning, ‘Let the one who is without sin among you cast the first stone.' (John 8:3-11) ■

Sixteenth Sunday in Ordinary Time

We all can pick up a newspaper or a magazine or a novel or whatever and in a few moments be brought into a world beyond our immediate surroundings. We can learn new things; we can develop our own intelligence; we can agree or disagree with someone we have never met and never will meet; we can be transported to the world of imagination, etc all due to our ability to read[1].

Now how did this start? How did we learn how to read? We started, most of us, with blocks and individual letters. We learned what sounds these letters represented. Then we put the letters together and learned how to spell words. We even learned new words. We put the words together and learned new concepts or reinforced that which we had learned. In very small steps we went from the letters on the blocks to being able to read the philosophy of St. Thomas Aquinas.

It all began in a small way. It all began with letters. The Kingdom of God is like a child learning his or her letters. Time goes on and Mom and Dad and teachers work with the child, and the child's ability to read grows so great that the child becomes a professor of English Literature. And so it is with the Kingdom of God. Great-Grandma and Great-Grandpa taught their children their prayers. They brought their children to Church and taught them with their lives to value their relationship with the Lord. And their children became parents and did the same. And their children are the Moms and Dads of our parish. The Church is full of good Christian men and woman, people of all walks of life, even priests, all living the values of the Kingdom of God, the spiritual realities of life.

And now you are doing the same. You are teaching the ABC's of religion to your children. You have faith that the Kingdom of God will spread through them. So, don't wonder if anything is getting through to the children. Don't allow yourself to think that maybe nothing is happening for your children. Trust in God. If a child who learns his letters can become a professor of English Literature, a child who learns the simplest lessons of faith can become a great force of love for the Kingdom of God. Say prayers with your children. Allow God to turn the tiny mustard seed into a great plant.

The parable of the mustard seed: the little efforts we make for the Kingdom of God have a tremendous impact upon the world. The parable of the weeds and wheat: God has infinite patience. He is not about to give up on his people. We should not give up on others. And we should not give up on ourselves.

The parable of the mustard seed and the parable of the weeds and the wheat. Two simple parables. Two simple stories. Two tremendous sources of encouragement for us ■

[1] Sunday 20th July, 2008, 16th Sunday in Ordinary Time. Readings: Wisdom 12:13, 16-19. Lord, you are good and forgiving—Ps 85(86):5-6, 9-10, 15-16. Romans 8:26-27. Matthew 13:24-43.

Illustration: Satan Sowing Darnel (Tares) Domenico Fetti. Brown wash and red chalk over sketch in red chalk. 24.5x20 cm Italy. First quarter of the 17th century

Source of Entry: Collection of S. P. Yaremich, Petrograd. 1919

Nuestra Señora del Carmen


Salve, del mar Estrella,
Salve, Madre sagrada
De Dios y siempre Virgen,

Tomando de Gabriel
El Ave, Virgen alma,
Mudando el nombre de Eva,
Paces divinas trata.

La vista restituye,
Las cadenas desata,
Todos los males quita,
Todos los bienes causa.

Muéstrate Madre, y llegue
Por Ti nuestra esperanza
A quien, por darnos vida,
Nació de tus entrañas.

Entre todas piadosa,
Virgen, en nuestras almas,
Libres de culpa, infunde
Virtud humilde y casta.

Vida nos presta pura,
Camino firme allana;
Que quien a Jesús llega,
Eterno gozo alcanza.

Al Padre, al Hijo, al Santo
Espíritu alabanzas;
Una a los tres le demos,
Y siempre eternas gracias ■
Lope de Vega

XV Domingo del Tiempo Ordinario


Cuenta Martín Descalzo en uno de sus mejores artículos, que leyendo a Pedro Bloch[1] se encontró con un diálogo entre el autor y un niño que lo dejó literalmente conmovido.

— ¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.
— Sí, cada noche —contesta el pequeño.
— ¿Y que le pides?
— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

Me pregunto qué sentirá Dios al oír a este niño que no va a Él, como muchos de nosotros los mayores pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas por lo mal que va el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.

Quizá alguno de los que me lee –de todo hay en la viña del Señor- piensa que el planteamiento no es teológicamente muy correcto. Porque, ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que El? Sin embargo qué profunda es la intuición de los niños. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido «necesitar» de los hombres. Tal cual. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, Él, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.

Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de entusiasmarnos por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, nos pasamos la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que está en nuestras manos mejorar y arreglar.

Con la Iglesia -¡ah la Iglesia!- ocurre lo mismo. No hay católico que una vez al día no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por «Iglesia» el Papa y los obispos. «Si se vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habría hambre en el mundo». «Si los obispos fueran más cercanos y los sacerdotes predicaran mejor tendríamos una Iglesia maravillosa». Pero ¿cuántos vienen a la parroquia a echar una mano?

Dios —la frase es de Bernardino M. Hernando— comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades. Es verdad: Él acoge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores y sembradores como Él. Por eso es tan apasionante esto de ser hombre y de construir la tierra.

La solución para este mundo no está, pues, en llorar o volverse a Dios mendigándole –cuando no reclamándole de mala manera- que venga a arreglarnos las cosas. Lo mejor será, como hacía el niño de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo ■

[1] Bloch (Ucrania 1914- Brasil 2004), además de escritor, fue músico y medico, miembro de la Facultad Nacional de Medicina de Brasil desde 1937. Más de cincuentas libros han sido escritos en base a su experiencia al cuidado de los niños.

Ilustración: la pintada me la mandó un amigo -Txomin- que vive en Madrid con el siguiente texto: "mira, pa' que escribas algo txaval".
No hace falta decir más.


Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos
de tus viñadores.

Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.

Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos ■

de la Liturgia de las Horas

Fifteenth Sunday in Ordinary Time

There is interesting story according to our gospel for today[1]. A young woman was committed to being a vegetarian, but she was never satisfied with any of the fruit or vegetables she bought. For her, all melons were too ripe, or not ripe enough. In her eyes, she could never find tomatoes that weren’t bruised. Heads of cauliflower and broccoli were too big or too little. She was never happy[2].

Then one day, driving down Main Street, she drove past a new store with a long line of people waiting to get in. She looked, and the sign said, God’s Fruit and Vegetable Stand. “Finally,” she said, “I can get some decent vegetables and fruit.” So she stood on line and waited. Hours went by before she walked into that door. She was enveloped in light, but she didn’t see any apples or oranges or tomatoes or cabbage, or anything to buy. She walked to the light, and there was a counter there. And behind the counter, there stood God. She could tell it was God because of the light, and because he had an apron on with a big G on it. Anyway, she placed her order, “I would like some perfect broccoli, and some perfect carrots, some perfect tomatoes and a perfect melon. Also, if you have perfect Brussels sprouts that would really be a miracle.” “Sorry,” God said, “I only sell seeds here.”

Actually, God doesn’t sell seeds, He gives seeds to us. The seeds are his Word in its many expressions. But we have to do something with this gift. It simply is not enough just to hear the Word of God. We have to let it grow within us to such and extent that we are covered in its foliage. It is simply not enough to go to Church. We have to be Church. It is not enough to read the Bible. We have to be People of the Word.

The Divine Sower is throwing seed. And not a few seeds. He is throwing out big huge handfuls. He is pouring out his Word upon us. We’ve got to do something more than just let the seed hit the ground. We’ve got to be good soil. We have to nourish the Word of God. We have to strengthen it. We have to let it take root and grow.

The Divine Sower is throwing seeds. He is begging us to let his Word take root. But how can it take root if instead of soil it is thrown into a cess pool? How can his Word grow when it is thrown into a society that condones immorality, even supports immorality, in the name of freedom and political correctness? The Word of God can’t grow in a cess pool. But it takes courage and suffering to stand up against a society that has placed marriage as the step that comes after living together. People don’t want to hear this. They mock us. They treat us with disgust and disdain. But the sufferings of this present life are nothing compared to the Glory that is to be revealed to us.

“Lord come and heal the pains of our lives, of our world” we pray. And He gives us what we need. He gives us His Word. But the Word is a seed. We have been given the Word of God. But the Word is a seed. What are we going to do with it? Today we pray for the courage to be good soil ■

[1] Many thanks to Fr. Pellegrino for share this story with me.
[2] Sunday 13th July, 2008, 15th Sunday in Ordinary Time. St Henry II. Readings: Isaiah 55:10-11. The seed that falls on good ground will yield a fruitful harvest—Ps 64(65):10-14. Romans 8:18-23. Matthew 13:1-23.


Illustration: Pieter Bruegel the Elder, Landscape with the Parable of the Sower (1557), Oil on panel, 70 x 102 cm, Timken Art Gallery ( San Diego). This panel is among the earliest signed paintings by Bruegel. In painting the peasant in the left-hand foreground, he was presumably thinking of the Parable of the Sower, who sows his seed on good soil and bad ground (Matthew 13).
Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su madre,
así mi corazón viene a ponerse
sobre tus manos al caer la tarde.

Como el niño
que sabe que alguien vela
su sueño de inocencia y esperanza,
así descansará mi alma segura,
sabiendo que eres tú
quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura,
tú aliviarás el último cansancio,
tu cuidarás los sueños de la noche,
tu borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
tú me darás una mañana viva.

Amén ■

(Liturgia de las Horas)

XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Al leer o escuchar con calma éstos versículos de la carta de San Pablo a los cristianos de Roma posiblemente nos preguntemos cuál es el Espíritu de Cristo, o por qué San Pablo dice que quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Una de las características que más distinguen a Jesús es su gran corazón. Desde antiguo se ha creído siempre que el corazón es el centro del ser humano, es allí donde se ganan y se pierden las grandes batallas de nuestra vida.

A diferencia de otros grandes líderes religiosos de los que también conocemos su vida, en Jesús la predicación y actividad evangélica no seca su corazón, ni le fanatiza hasta el punto de hacerle olvidar las pequeñas cosas de la vida. Jesús no es uno de esas personas que de tanto mirar al cielo le pisan los pies al vecino.

En Jesús hay muchos gestos y muchos hechos que denotan su gran espíritu y su gran corazón, además una actitud abierta y positiva hacia la vida. En Él no encontramos gestos demagógicos o políticos como muchos autores han señalado. En la época en la que vive el Señor entretenerse con los niños –y no digamos con un enfermo o una pecadora- eran gestos que en realidad movían más al rechazo que a la admiración, y el Señor los hace, es decir, Él no actuaba ni por apariencias ni mucho menos por motivos políticos. Jesús hacía las cosas movido por compasión.

Todo el evangelio es un gran testimonio de ese corazón maternal con el que aparece retratado el Padre que espera al hijo pródigo[1] o el buen pastor que busca a la oveja perdida[2].

Si leemos en Evangelio con calma, o ponemos más atención en la Misa durante la Liturgia de la Palabra, entenderemos mejor que Jesús tenia –y tiene de hecho- un corazón blando y sensible: lo vemos compadeciéndose del pueblo y de sus problemas[3], ó contemplando con cariño a un joven que parece interesado en seguirle[4], y se queda entristecido por la dureza de su corazón[5], pensativo ante la incomprensión de sus apóstoles[6] ó lleno de alegría cuando éstos regresan satisfechos de predicar[7].

El evangelio describe al Señor entusiasmado por la fe de un pagano[8] y conmovido ante la figura de una madre que llora a su hijo muerto[9], ó indignado por la falta de fe del pueblo[10] y con cierto dolor por la ingratitud de los nueve leprosos curados[11]. También lo vemos preocupado por las necesidades materiales de sus apóstoles[12], y participar de los más comunes sentimientos humanos: hambre[13]; sed[14]; cansancio[15]; frío y calor ante la inseguridad de la vida sin techo[16]; llanto[17]; tristeza[18]; tentaciones[19], etc.

El Señor, a lo largo del Evangelio, muestra una profunda necesidad de amistad, es decir, lo veremos elogiando las fiestas entre amigos[20]; explicando que a los amigos hay que acudir, incluso siendo inoportunos[21], pero sobre todo lo veremos viviendo una honda amistad con sus discípulos, con Lázaro y sus hermanas, con María Magdalena[22].

El Señor perdona todos los pecados con un corazón grande y generoso, incluso los así llamados pecados de la carne, que en realidad son como un río que se desborda y arrasa con todo, pero con el tiempo las aguas vuelven a su cauce. En ellos hay más debilidad que maldad.

Otra cosa es el río que sí está en su cauce, que nunca se desborda, que está sereno y tranquilo y, sin embargo, ¡ay!, está envenenado. Tiene la mejor de las apariencias, resulta maravilloso en su paisaje, pero todo el que beba de él morirá. Son los pecados del fariseo: la apariencia de virtud, el orgullo del que se siente poseído de una verdad sin amor, el juego de palabras muy bonitas faltas de contenido y de obras, la soberbia disfrazada de ser elegido…. Y no es que Jesús no perdone con facilidad esos modos, por lo general quien está lleno de orgullo está al mismo tiempo hecho una gusanera de suficiencia y de engreimiento. Le resulta más fácil pensar y juzgar lo que ve en otros, juzgar las acciones sólo por las apariencias.

Que le pidamos a nuestro Señor el día de hoy en la celebración de la Eucaristía la misma transparecia y sencillez que tuvo él en su corazón, que sea el nuestro un rio de agua mansa y clara en el que todos puedan beber, un rio en el que Él mismo -el Rio de agua viva- pueda verse reflejado

[1] Homilía pronunciada el 6.VII.2008, XIV Domingo del Tiempo Ordinario, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] CfrMt 18, 10-14.
[3] Mt 9, 36
[4] Mc 10, 21
[7] Lc 10, 21
[9] Lc 7, 13
[10] Mc 9, 18
[11] Lc 17, 17
[12] Lc 22, 35
[13] Mt 4, 2
[14] Jn 4, 7
[15] Jn 4, 6
[16] Lc 9, 58
[17] Lc 19, 41
[18] Mt 26, 37
[19] Mt 4, 1
[20] Lc 15, 6
[21] Lc 11, 5

...Beautiful


O beautiful for spacious skies,
For amber waves of grain,
For purple mountain majesties
Above the fruited plain!
America! America!
God shed his grace on thee
And crown thy good with brotherhood
From sea to shining sea!

O beautiful for pilgrim feet
Whose stern, impassioned stress
A thoroughfare for freedom beat
Across the wilderness!
America! America!
God mend thine every flaw,
Confirm thy soul in self-control,
Thy liberty in law!

O beautiful for heroes proved In liberating strife.
Who more than self the country loved
And mercy more than life!
America! America!
May God thy gold refine
Till all success be nobleness
And every gain divine!

O beautiful for patriot dream
That sees beyond the years
Thine alabaster cities gleam
Undimmed by human tears!
America! America!
God shed his grace on thee
And crown thy good with brotherhood
From sea to shining sea!

O beautiful for halcyon skies,
For amber waves of grain,
For purple mountain majesties
Above the enameled plain!
America! America!
God shed his grace on thee
Till souls wax fair as earth and air
And music-hearted sea!

O beautiful for pilgrims feet,
Whose stern impassioned stress
A thoroughfare for freedom beat
Across the wilderness!
America ! America !
God shed his grace on thee
Till paths be wrought through
wilds of thought
By pilgrim foot and knee!

O beautiful for glory-tale
Of liberating strife
When once and twice,
for man's avail
Men lavished precious life !
America! America!
God shed his grace on thee
Till selfish gain no longer stain
The banner of the free!

O beautiful for patriot dream
That sees beyond the years
Thine alabaster cities gleam
Undimmed by human tears!
America! America!
God shed his grace on thee
Till nobler men keep once again
Thy whiter jubilee! ■

Fourtheenth Sunday in Ordinary Time

The second reading for today speaks about flesh and spirit. St. Paul tells us that if we live according to the flesh, concentrating on the things of the world and on self gratification, we will die. If we live according to the Spirit, concentrating on following God and living our Christian life, we will live.

We all have a great deal of pride in this country. This weekend we celebrate, Independence Day. This is our proudest national holiday as we remember the determination of our founding fathers to establish a country that respected the absolute rights of all its citizens.

I am not an American but searching in a book of the history of this country I read that the Founding Fathers were convinced that the hand of God was responsible for the success of the Revolutionary War and for the success of the Constitutional Convention. Faith in God and the determination to live his laws was the basis of this country, regardless of the particular denominations of our founders. They put "in God we trust" on our coinage.

At the same time, the Founding Fathers demanded a separation of Church and State. This was never meant to be a separation of God or his laws from the State. It was a separation of denominations and the state.

Since my personal perspective I think that it was never the intention of the Founding Fathers to exclude God, nor prayer to God, nor the principles of morality from the country. From its inception, this wonderful country recognized the existence of its spiritual dimension. St. Paul says, flesh begets death and spirit begets life. Therefore, if this country is concerned with materialism and self gratification, it is on a course of death. If this country is concerned with living the law of God, no matter how that law is expressed in various denominations, then the country is on the road of life.

There has been abundant criticism of priests, ministers, and Churches for making statements regarding the laws of our land. It is certainly true, that no priest, minister or Church should enter into partisan politics. However, the priest, minister and Church do have an obligation and responsibility to point out the instances where the State is drifting away from the laws of God[1].

The church is called to be an authentic teacher of people and a herald of truth. The Second Vatican Council said that we have a responsibility to interpret the Gospel in the light and signs of our times. Priest or laity, we all have the responsibility to demand that this country remain true to the spiritual dimension of its foundation. We have the right and responsibility to demand that the law of God, basic morality, remain the foundation of the laws of our land.

As good Catholics and good Americans, we pray that the quest to preserve and nurture the spiritual dimensions of this nation might always overcome the temptation to let materialism, the flesh, dominate our land. On this fourth of July weekend we pray for the virtue of patriotism. May God bless America ■

[1] This is not just the abortion issue; although that would be good enough since our country has legalized murder in the name of women’s rights. The Church has spoken against an economic system where the rich become richer and poor become poorer. The Church has spoken against going to war unless it is both just and the absolute last possibility. The Church has spoken against capital punishment, which is usually a punishment reserved for the poor.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris