Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados [1]. No sé, cuando se pierde a un ser querido hay gente que procura atesorar todos los recuerdos concentrando su imaginación en el desaparecido. Muchos piensan en la supervivencia que la fe promete y acude a todo tipo de lecturas piadosas con frases de contenido más o menos elevado y así convencerse de que su amigo o familiar no está realmente muerto y de que algún día nos encontraremos con él. Y está bien, pero no lo es todo. Es, sí, una manera de aliviar el sufrimiento, y en eso de los sentimientos y las sensibilidades muchas veces responden a necesidades anónimas. Hay quien se siente mejor sacando la Pantoja que lleva dentro, y es disculpable. A mi me producen una cierta pena y, en ocasiones, desprecio. Me parece que negarse esos consuelos es más puro, más humano y más grande pero, ya digo, no sé; y hay que ser muy respetuoso. Y como hoy no predicamos en castellano, sino que solamente colgamos éstas ideas en éste espacio que nos brinda la red, podemos decir cosas que por sentido común y respeto de la liturgia no diríamos cerca del altar. No soy un materialista, y creo firmemente en la inmortalidad del alma como nos lo enseña la Iglesia desde hace cientos de años –unos dos mil para ser más o menos exactos- y sé también que son ciertas –certísimas- las palabras del Señor: bienaventurados los que lloran porque serán consolados. Lo que pongo en tela de juicio no es la legitimidad o la pureza de esos consuelos, sino su dudosa calidad en la mayor parte de los casos. Me temo que en muchas situaciones concretas los consuelos están falseados, adulterados, que son equívocos y que no están a la altura de la pérdida sufrida.
La persona que se aferra a la imagen del difunto y cree sentir su presencia no sabe nada del mundo de los muertos y de la felicidad del cielo. Su consuelo es imaginario, artificial, no procede de un contacto real con el más allá, con Dios, sino que se mantiene como una planta de invernadero, al calor de su deseo de encontrar alivio a su tristeza.
No hago apología del estoicismo, o de renuncia a todo consuelo. No. Tampoco quiero sonar pleno de crueldad. Se trata de no huir de la desgracia, ni buscarla en un regodeo absurdo, se trata más bien de acogerla en su total realidad, superando la naturaleza de las cosas y, al superar la naturaleza de las cosas, se recibe el consuelo sobrenatural –lejos de fotografías, de objetos, de frases consoladoras- y no esperando nada de la tierra se puede saborear algo la alegría del cielo.
La parafernalia de un entierro es realmente divertida, tiene mucho de comedia y de cosa absurda. Entre tanta persona que aparece en aquellos momentos –la palabra persona viene del griego prosopón, es decir, máscara, el careto que se ponían los actores en la Grecia clásica para actuar –no sabemos quién es más apariencia, quién es más máscara. Todos esos rostros no somos más que máscaras representando el papel que nos toca, excepto el difunto que es el único que tiene su verdadero rostro, la última máscara: ya no habrá más apariencia.
Me enteré hace poco que murió un buen amigo. Sabía de su enfermedad -¡tan dura!- pero por la distancia no pude estar cerca de él. Unos años de nuestra vida anduvimos juntos y aprendí muchas cosas de él. Tenía un gran corazón y una alegría maravillosa. En los momentos duros en mi vida estuvo allí como normalmente nadie está: prestándome dinero para salir airoso en época crisis. Me abrió la puerta de su casa cuando casi todo el mundo en esa Guadalajara de corral y provinciano miraba para otro lado. Era un gran tipo.
No volvimos a vernos. Hace años se le murió un hijo muy joven y se le quedó esa cara tan triste que marca el dolor absurdo cuando se ama como a la gente y la vida. No quería que se le notara, pero se le notaba. Al menos lo notaba yo, porque éramos amigos.
Me contaron que el día de su entierro la parroquia estaba llena. No me extrañó. Mucha gente lo quería.
Desde aquí, amigo, he pensado en ti y le pido a Dios que te acoja en la eternidad mientras aquí seguimos luchando entre las olas del tiempo, tratando de consolarnos unos a otros con las palabras que la Iglesia ha querido conservar en una de sus más entrañables oraciones:
Esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro[2].

[1] IV Domingo del Tiempo Ordinario.
[2] Misal Romano, Plegaria Eucarística III, 128: oración por los difuntos.
Ilustración: Doña Juana la Loca (1874), por Francisco Pradilla.

Fourth Sunday in Ordinary Time

Blessed Are Those Who Mourn. That always seemed to me to be a strange blessing. When I hear this, I sometimes think of people in a funeral home crying at the death of a loved one. Is the Lord saying that a person is blessed because the person is in grief? That cannot be possible. God isn't happy when we have pain. At least, not my God. Maybe we are being encouraged to share in the grief of others, not to let people be alone in their grief. Perhaps. Certainly the Lord blesses people who leave the comfort of their lives to be exposed to other people's pain[1].

But this beatitude is a lot deeper than that. Do you remember when Jesus said, Jerusalem, Jerusalem, the city that kills the prophets and stones those who are sent to it! How often have I desired to gather your children together as a hen gathers her brood under her wings, and you were not willing! Well, Jesus wept over Jerusalem because the center of God's chosen people refused to recognize the presence of the Messiah. He wept over Jerusalem because the people there were more concerned with their possessions and their lives than with the presence of God among them. He wept over Jerusalem because the people thought they were self sufficient. He wept over Jerusalem because he could see the destruction their own actions were bringing on themselves.

We have only one life, not two lives. We are Catholic, Christian citizens. We are not Catholic here and citizens there. For our whole lives we have heard the Church saying that what takes place in our Sunday worship must be reflected in our daily lives. If we are going to speak to each other about the Love of God in church Sunday, then we need to be living the love of God in the way we treat other people during the week. The problem is that some people act as though they are two different people, saying one thing in Church and acting in a completely opposite way in public. Just as it is wrong for a person to be a fine family man in Church on Sunday and be cheating on his wife during the week, it is also wrong for a person to claim certain convictions in Church and others outside of Church. Indeed, the well hacked out statement, "I am opposed to this personally but would not publically oppose this", simply translates into "I do not have the courage to stand by my convictions." Integrity, in one word. We should to grow in this virtue. Every day.

Jesus wept over Jerusalem because he could see the destruction the actions of the people were bringing on themselves. We, in the Church, weep for our country over those areas that are leading the country to moral decay. "A Catholic cannot say that he is Catholic, and at the same time disagree with the doctrine of the Church in essential matters. In order to be a Catholic, we need to believe like a Catholic, to act like a Catholic and to speak like a Catholic[2].

Blessed are those who mourn, for we shall be comforted[3].

[1] 4th Sunday Ordinary time, Gospel: Mt 5:1-12a.
[2] Archbishop Gomez made this statement in a speech on "Catholics and Political Life in the United States
[3] Cfr http://www.archdiosa.org/documents/FCStatement.pdf

Ilustration: Michelangelo Buonarroti, Last Judgment (detail), 1537-41FrescoCappella Sistina, (Vatican)

Tercer Domingo del Tiempo Ordinario

El pasaje de San Mateo remite inmediatamente al tema de la oración por las vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio, y éste –el ministerio sacerdotal- remite a una figura importante: Juan Pablo II. Pensando así se nos ocurrió pedir a un gran amigo que nos dejara poner en éste sitio las ideas que nos compartió tiempo[1].

«De Juan Pablo II algo se puede contar, pude cruzar camino con él, de un modo breve, pero muy intenso, en muchas ocasiones. Fui muy afortunado, lo soy, y con frecuencia me gusta cerrar los ojos y recrearme en alguno de esos encuentros a solas. Aunque hubo de todo – desde anécdotas de lo más payaso y divertido, hasta la maravillosa posibilidad de poder hacerle alguna confidencia-, todas las considero fantásticas, únicas y exclusivas.

»Si alguna vez alguien me preguntara cual fue el máximo instante de felicidad en mi vida sin dudarlo respondería que el primer encuentro personal con el Papa… y algunos muchos primeros momentos de mi biografía, que no vienen al caso.

»Estaba uno en primera fila en el Cortile de San Dámaso. El Papa, desde un pequeño balcón, escuchaba las distintas actuaciones de unas y de otros, las anécdotas que contaban, las canciones…¡Lo tenía a tan solo unos metros de mi!. Aprovechando que la tuna iniciaba una canción pensé “ ¡ésta es la oportunidad de mi vida: ahora o nunca”. Me incorporé y acercándome al balcón le grité “¡Santo Padre, ¿puedo subir?!”...

»Uno de los de seguridad me coge del brazo y Juan Pablo hace un gesto indicando que me acompañe y que suba a su encuentro. En ese instante ignoro cuantos hombres verdaderamente felices habría en nuestro planeta –algún esquimal que miraría orgulloso su recién construido iglú, algún chaval enamorado dando vueltas alrededor de su chica con la que, por fin, había conseguido coincidir tan sólo un segundo cruzándose las miradas, alguna madre mirando el rostro de su hijo recién nacido, al lado de su marido que alucinado piensa “¿esto es un niño?...¡si parece un lagarto!”, alguna monja clarisa que acabó de hacer los votos perpetuos y la visten con la toca aerodinámica alerón y se mira en un espejo radiante de felicidad…-, todos esos y bastantes más, pero yo, mientras subía las escaleras para encontrarme con el Santo Padre, era un hombre que estallaba de felicidad, de emoción y de una alegría desbordante.

»Cuando se abrió el balcón y veo al Papa mirándome y allá abajo toda la peña cantando eso del “Reina de reinas vengo a tu reino…” pensé “y ahora, ¿qué le digo yo a éste hombre?”. Porque la verdad es que con tanta emoción, tanta taquicardia y tanta improvisación, no tenía pensado de qué le podía yo hablar, como no fuera contarle un chiste o echar el grito de Tarzán desde el balcón (soy muy bueno imitando el alarido del hombre mono).

»Nos cogimos las manos -las de él suaves, muy cálidas, blancas, las mías eran un chorro de sudor, algo parecido a un manojo de pepinillos a la vinagreta– y nos miramos. Ya no veía a la gente, ni la plaza, ni el balcón, ni la guardia Suiza, ni escuchaba las voces cantando. Sólo le veía a él. Y sentí unas ganas irreprimibles de decirle quién era yo de verdad: que era un desastre, un egoísta, un vanidoso, un guarro, un mediocre, un pobre hombre, un triste, un quedón… ése hombre despedía confianza, mucha comprensión, un corazón que intuías te iba a entender, una humanidad gigantesca.

»Te hacía querer ser bueno, mejorar. Te requería de un modo difícil de explicar a que dijeras “venga, lo voy a intentar”. Tenía un algo que te llevaba a Dios. Es de esas personas mejores que nosotros que su presencia y testimonio te hacen creer más profundamente en el bien absoluto y tender hacia él. Soy débil para subir por mi mismo, demasiado mediocre, pero con gente así uno es capaz de salir de esa mediocridad y subir por uno mismo. Con un hombre así uno se sentía capaz de ser guiado y sostenido. A mí, al menos, es lo que me provocaba su persona.
»A otros les sucede lo contrario: la presencia de un ser puro, en lugar de atraerles, les repele y desanima: intentan manchar y destruir –al menos en su mente– una pureza que son incapaces de compartir y cuya sola presencia les hiere.

»Son formas distintas de pobreza. Algunos tienen hambre de pureza, de querer ser mejores, de amar más, y el amor que viene a colmar ese vacío se recibe como una bendición, una liberación. En otros, ya no se puede comer, y el mismo amor que se le ofrece lo puede tomar como burla, humillación y ofensa.

-Santo Padre – le dije dispuesto a contarle todo mientras seguíamos con las manos juntas -, me llamo Satur y, y… (un algo de lágrimas, como arcadas, iba a estallar pronto) y… ¡¡¡¡UÁÁÁÁÁÁÁ!!!.

»Me pongo a llorar como un niño. Como una guardería de niños. Y, avergonzado, me escondo en su pecho. Él me abraza y me acaricia el cogote mientras me dice al oído con esa voz grave, segura, firme “eres muy bueno, eres muy bueno…” Y yo, gritando, escondido en ese pecho, negaba como un loco “¡que no, que no!.

»La gente ya había terminado la canción y comenzaron a mosquearse con el Satur y el rollo que llevábamos allá arriba. Era hora de marcharse. Recordé que los del autobús querían rosarios, así que le pedí al Papa entre pucheritos de emoción.

-Santo Padre, ¿me puede dar veinte rosarios para mis amigos?

Juan Pablo me miró como pensando “este tío está con una goteras de tomo y lomo”.

-¿Veinte? - contestó.
-Sí, sí: veinte. Son para mis amigos.

El Papa ponía cara de desconcierto – luego supe por qué.

-Bien, veinte- contestó.

Al decir eso, yo pensé que me los iba a dar, pero nada. Me miraba sonriendo. Y yo a él. Pero allí no caía ningún rosario, ni una estampita, ni ná de ná.

»Yo creo que en ese momento el Papa creía que yo era uno de esos sonaos que de vez en cuando se le cuelan y que andan forrados de estampas de San Genaro, con hojas de laurel en la mano, y con manifestaciones tipo “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo, y me ha dicho San Genaro que te diga que cuidadín , que la Iglesia no va bien”. Le hago una señal con los dedos, imitando el pase de las bolitas del rosario, para que capte y tal. Entonces cayó en la cuenta y me indicó que su secretario me los daría. Como así fue. Ya fuera del balcón Don Stanislaw abrió un maletín repleto de cientos de rosarios, estampas y le digo “tranquilo, ya los cojo yo”. Si no me llevé de allí cincuenta o sesenta no me llevé ninguno.

»La perplejidad del Papa con los rosarios que le pedí se debió a lo siguiente. Primero, el hombre, por aquel entonces, no dominaba el castellano, así que sí entendió, más o menos, algo de lo que le pedí. Pero es que en Italia el rosario es la oración a la Virgen, mientras que el instrumento para rezar el rosario se llama Corona. Así que el Santo Padre lo que me entendió es que le pedía, o que él rezara veinte rosarios por mis amigos –petición absolutamente absurda y enloquecida-, o que yo iba a rezar veinte rosarios con mis amigos por él –lo que no deja de ser motivo de preocupación por mi salud mental en aquel momento. Le debía de haber pedido veinte Coronas, y asunto arreglado. Eso hizo que en los sucesivos encuentros que tuve con él, el hombre me mirara siempre con cierto recelo y pensara “ojo, Juan Pablo, que ya está aquí el paliza de los rosarios”, y que su secretario escondiera la maleta al verme.
»Yo no sé exactamente como será eso del Cielo, pero creo que una vez estuve un rato allí. Y fue los segundos que estuve llorando en ese pecho, acariciado por esas manos, y con una voz cariñosa que me decía “eres muy bueno, eres muy bueno”. Y allí me voy muchos días, a ese recuerdo, que me ayuda a querer ser bueno.

»Y ese es mi testimonio. Mi homenaje a un hombre, de verdad, bueno y santo. Recuerdo que le chiflaba mucho cantar: disfrutaba de verdad. Y una de sus canciones favoritas -tenía muchas- era “Canta y no llores”. Le entusiasmaba el estribillo ése del “Ay, ay, ay, ayyyy, canta y no llores, por qué cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”. Una buena letra para el día de hoy».
[1] II Domingo del tiempo Ordinario (27.I.2007).


Third Sunday in Ordinary Time

Today we hear the opening words of Jesus' public ministry: Repent, for the kingdom of heaven is at hand. Perhaps these words sound familiar. Well, they are exactly the same words John preached[1]. It seems like Jesus is a continuation of John the Baptist. In one sense that is true. Jesus does pick up where John left off. Still, in two important ways, Jesus gives a whole new meaning to John's words. The most significant difference is the person of Jesus. John was the last and the greatest prophet. Jesus, on the other hand, is God. He not only announces the kingdom; he brings it about in his person. With Jesus something new enters human history. This is major[2].

As followers of Jesus, we do not stand on the sidelines and wring our hands. Jesus did not allow John's arrest to intimidate him. He picked up the prophet's message, "Repent." You and I have that same message. Now, I don't recommend going out on the sidewalk and telling people to repent. The first person we need to address is not the guy with the gay pride sticker. The first person you and I need to address is the one we see in the mirror each morning. You and I have absorbed our society's lax views. In St. Paul's words, we have emptied the cross of its meaning. Let's face it: We admire the strong - the rich, the famous, the powerful - and we find the weak to be a nuisance. That attitude is poison. Repent.

The Kingdom of heaven is at hand. In his book Jesus of Nazareth, Pope Benedict asked, what exactly is the kingdom. The pope's answer is beautiful: Jesus is quite simply "proclaiming God and that he is able to act concretely in the world and in history and is even now so acting." Jesus is telling us, "‘God exists’ and ‘God really is God,’ which means that he holds in his hands the threads of the world"[3].

Do you see what Pope Benedict is saying? If God holds the threads of the world in his hand, we have nothing to fear. The Kingdom of God is at hand. Early Christians calmly faced torture and death because they knew that God has the final word. At this very moment, in atheistic and Islamic countries, Christians are facing persecution. Jesus' words sustain them. What about us? Opposition to us is growing, but it is still minor by comparison. The danger we face is not so much to our bodies, but to our souls – and the souls of our children. That danger has increased in recent years. But even though the situation has changed, the solution is the same, Repent, for the kingdom of heaven is at hand.

[1] cf. Mt 3:2
[2] Sunday 27th January, 2008; 3rd Sunday in Ordinary Time. Readings: Isaiah 8:23-9:3. The Lord is my light and my salvation-Ps 26(27):1, 4, 13-14. 1 Corinthians 1:10-13, 17. Matthew 4:12-23. [St Angela Merici].
[3] http://www.zenit.org/article-19375?l=english
Ilustration: Peter, although on his knees, busy, and looking up to Jesus, is the dominant, not only the central figure of this scene. His portrait evokes robust simplicity, down-to-earth industriousness and practical sense. In his eyes, he carries a definite dose of mild skepticism. In contrast, Christ appears fainthearted, a hesitant petitioner rather than a fiery leader of disciples. Drawn mainly in profile to reinforce the impression of meek and gentle hesitation, the gesture of Jesus' right hand placed on Peter's shoulder considerably alters the overall impression of weakness and indetermination. The hand is both tender and heavy, and has a definite effect on Peter's behavior. His right eye -the eye closest to Jesus' hand- suddenly widens in amazement and understanding. Christ's silent call has penetrated his thick and round head and reached his heart. The third figure, Andrew, the brother of Simon, looks on, seemingly puzzled, but eventually he will follow Peter's decision. Otto Dix (1891-1969) refused to be called Christian. Asked to give a plausible reason for his refusal, he answered that in order to be a true Christian one had to follow Christ, but that he himself was not able to say yes to Jesus' invitation.
Otto Dix, The Calling of Peter (1960) .

II Domingo del Tiempo Ordinario

De entre las muchas cosas que el cristiano debe aprender con el paso de los años –además de lo que ha recogido y conservado la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio- está el distinguir con claridad entre lo fundamental y lo accidental, entre lo accesorio y lo esencial[1].

El evangelio de éste segundo domingo del Tiempo Ordinario narra el episodio en el que Juan Bautista señala claramente el camino de aquellos que lo seguían: Jesucristo.

Si cuando a lo largo de nuestra vida nos acercamos a comunidades parroquiales o instituciones de la iglesia que viven una espiritualidad o un carisma concretos, y vemos claramente y con rasgos muy definidos la persona de Jesucristo, buena señal. Si por el contrario tropezamos con personas, fundadores, constituciones o costumbres que van enfriando y difuminan la imagen del Señor, y al mismo tiempo hacen especialmente complicada la vida espiritual, es momento de corregir el rumbo y de emprender nuevamente el camino hacia Jesús, pero siguiendo otra ruta.

Dentro de algunos domingos escucharemos la misma voz del Señor que nos dice que es la Luz del mundo[2]. Hemos de tener en cuenta siempre que la luz es invisible, y que de hecho sólo vemos objetos iluminados, pero no la luz. Del mismo modo que no vemos a Dios, pero sí podemos ver objetos iluminados por el amor de Dios. Si afinásemos el oído, si supiéramos vivir en el silencio, si aprendiéramos a contemplar lo que nos rodea con la mirada de la trascendencia distinguiríamos esa Belleza que el Amor de Dios ilumina aquí y allá.

Sin esa trascendencia no queda nada entre las manos más que objetos con las fronteras muy limitadas, mil veces exploradas y conocidas…y ése regusto de no creer en nada, de pensar que el misterio que puede haber en la vida no es más que el resultado de una borrachera. Sin Dios la vida es un monumental desastre, es vivir sin sentido, sin rumbo.

Humanos, al fin, muchas veces negamos el misterio, y lo llamamos ilusión, porque pensamos que está en el objeto mismo (sea mujer, sea hombre, sea paisaje, sea poesía, sea música, sea institución, sea ideología, sea animal o cosa). Allí está el error: el misterio de nuestra belleza no termina y acaba en nosotros mismos ¡con qué frecuencia se nos olvida que somos criaturas, y que dependemos total y absolutamente de un creador. Del Creador! -con mayúscula- y que es Él y sólo Él quien da sentido a nuestra vida.

La más humilde nube atravesada por los rayos del sol se viste de colores de sueño y de infinito, nos recuerda nostalgias de imposible belleza. Después el sol se pone, y la nube no es más que una mancha oscura en el cielo. Es una nube en el sentido más vulgar de la palabra.

Y es verdad que sólo es una nube –somos una nube-, que aquello fue una ilusión…¡pero el resplandor del sol era verdadero!.

El secreto está en no dejarnos engañar e idolatrar los objetos iluminados por la Luz que los inunda…porque al término de nuestras decepciones llegaríamos a negar la Luz misma.

El secreto está en mirar hacia la persona de Jesucristo, y en caminar hacia Él, con los errores y caídas propios de nuestra condición humana –frágil y resbaladiza- pero contando, por encima de todo, con su grande ternura y su profunda misericordia.

Dirijamos éste domingo –con palabras del Cardenal Newman[3]- a la amable Luz, pidiéndole que nos ayude e ilumine en nuestro diario caminar para que sepas distinguir lo fundamental de lo accesorio, lo esencial de lo accidental, y que sepamos dar a las cosas su debida altura y profundidad.

Guía, Amable Luz, a través de la penumbra,
¡Guíame Tú!
La noche es oscura, estoy lejos de casa;
¡Guíame Tú!
Cuida mis pies; no pido ver
el horizonte a lo lejos –me basta un paso.

empre como ahora; no acostumbraba pedirte
que me guiaras;
siempre quise elegir y ver mi camino, pero ahora
¡Guíame Tú!
Amé los días relumbrantes, y por encima del miedo
el orgullo me podía: no recuerdes esos años.

Desde lejos tu poder me bendecía; de seguro
podrá guiarme ahora
por rastrojos y malezas, por pendientes y quebradas, hasta
que cese la noche.
Con la mañana sonríen aquellos Angeles
que yo había amado de lejos y que un tiempo había perdido
[4].


[1] Homilía pronunciada el 20.I.2008, II Domingo del Tiempo Ordinario, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] Cfr Jn 8, 12.
[3] Una de las figuras más conocidas y queridas del catolicismo irlandés es la del Cardenal John Henry Newman (1801-1890). El motivo principal es, sin duda, que este hombre, grande por su palabra y sus letras, grande por su virtud y su honestidad intelectual, habiendo nacido anglicano se convirtió a la Iglesia Católica. Juan Pablo II celebró en su momento el segundo centenario del nacimiento de Newman, y en aquella ocasión escribió una breve carta de congratulación a Mons. Vincent Nichols, arzobispo de Birmingham. Con singular agudeza, el Papa destaca la particularidad de ese siglo XIX en que se desarrolló íntegra la vida de este autor y pastor de almas. En efecto, dice el Papa: “Newman nació en un tiempo agitado, que no sólo sufrió convulsiones políticas y militares, sino también espirituales. Las antiguas certezas se debilitaban, y los creyentes afrontaban, por una parte, la amenaza del racionalismo, y, por otra, la del fideísmo. El racionalismo implicaba un rechazo tanto de la autoridad como de la trascendencia, mientras que el fideísmo alejaba a la gente de los desafíos de la historia y de las tareas de este mundo, produciendo una dependencia deformada de la autoridad y de lo sobrenatural.“
[4] Hay una biografía del Card. Newman en: http://www.aciprensa.com/vejemplares/newman.htm, y el texto inglés de éste himno puede consultarse en: http://www.oremus.org/hymnal/l/l014.html, música incluida.

Ilustración: Caspar David Friedrich, Drifting Clouds (c. 1820), Oil on canvas, 18,3 x 24,5 cm, Kunsthalle, (Hamburg)

Second Sunday in Ordinary Time

The Christmas season is over, and now we move on with the very beginning of Jesus’ public life, usually referred to as his ministry. We come upon John the Baptist seeing Jesus and pointing to him. This is the Lamb of God, he says[1].

Lamb of God. We use that term so often, that it is easy for us to overlook the deep theology and the tremendous love of our God contained in his sending his Son to be the Lamb.

The first place we come upon the concept of the Lamb of God is in the 53rd chapter of the Book of the Prophet Isaiah. Although this was written six hundred years before Jesus, it describes the feelings of God’s people as they look at Jesus on the cross.

The question comes: why? Why did the world need a Savior? Why did God’s son become a man to suffer and die for us? Did the Word have to become Flesh? Was Christmas necessary? Well, we can’t tell God what He can and can’t do, or what is necessary or not necessary. But we can consider this: From the very beginning of the world, all creation was entrusted to human beings. But man, in his selfishness and self centeredness, perverted the whole purpose for creation. Instead of glorifying God, creation was to be used to satisfy man’s selfish needs. But even with this, God still did not take the gift of creation away from man. A man would once more restore creation to God’s original plan. Jesus Christ is this man.

Perhaps this would be clearer if I present it this way: Mankind’s sin was that he was so wrapped up in himself that he had no room for God. He forced the good things of the world to be an end for his selfishness rather than a means of glorifying God. This is how man perverted God’s purpose for creation. As long as man lived like this, true love could not exist in the world. People could not give themselves to others or to another because their only concept of life was to take, not to give. Life, therefore, was meaningless and frustrating.

Jesus came to live as the Father wants us all to live. He sacrificed himself completely for others so that we could experience sacrificial love. He called us to use creation as the Father meant creation to be used. God’s plan for mankind could once more be put into effect since the Son of God became a man. Still entrusted with creation, a man restores the world.

In the visions of the fifth chapter of the Book of Revelation a book is brought out sealed with seven seals. The book is God’s plan for mankind. But the plan is sealed. “Who is worthy to open the scroll and break its seals?", a voice cries out. But no one in heaven or on earth or under the earth was able to open the scroll or to examine it. The visionary sheds many tears because no one was found worthy to open the scroll or to examine it. But then one of the elders said, "Do not weep. The lion of the tribe of Judah, the root of David, has triumphed, enabling him to open the scroll with its seven seals." Then the visionary saw standing in the midst of the throne and the four living creatures and the elders, a Lamb that seemed to have been slain. Only the lamb was worthy to once more restore God’s plan for mankind.

And John the Baptist saw Jesus and proclaimed, Look, there is the Lamb of God. He is the one who will baptize with he Holy Spirit. Jesus’s disciples would be given the power of God to transform the world. They would be given the power to create a new world, a world with a new way of living, the way of sacrificial love.

When we say or sing, Lamb of God we are remembering what Jesus did for us and what he has empowered us to do for others. We are remembering his sacrifice to make God’s love real on earth. We are reminding ourselves that joining Jesus in sacrificial love is the only way we can be his followers.


John the Baptist found his reason for existence. He was to point out the Lamb of God to the world. His mission is not different from the mission of every Christian. We are to point out the Lamb of God to the world.

There is nothing greater that any of us can do in our lives than point Christ out to others, first to our children who must follow us in pointing to the Lord for others to find him, and then to all who meet us.

John the Baptist was not a typical person of his time. He was extraordinary. When we consider his life, we realize that it was not John’s dress or preaching that made him extraordinary, it was the fact that he found the purpose for his life. He looked to Jesus and said, There is the Lamb of God. We have been called to do the same.


[1] Sunday 20th January, 2008, 2nd Sunday in Ordinary Time. Readings: Isaiah 49:3, 5-6-Here I am, Lord; I come to do your will-Ps 39(40):2, 4, 7-10. 1 Corinthians 1:1-3. John 1:29-34. [St Fabian; St Sebastian].

Ilustration: Cesare da Sesto, Madonna and Child with the Lamb of God, Panel, Museo Poldi Pezzoli (Milan).

El Bautismo del Señor

La primera de las lecturas que la liturgia propone para ésta fiesta del Bautismo del Señor recoge un texto del profeta Isaías adecuado para reflexionar sobre ésa actitud de paz y misericordia que tiene Dios con cada uno de sus hijos[1].

Hablando el otro día con un buen amigo, y saludándole como suelen hacer los hebreos –¡Shalom!- me contó que leyendo un libro teología bíblica hace ya muchos años, encontró que la palabra shalom originalmente significaba lo que un pastor sentía cuando contaba sus ovejas al atardecer y todas estaban ahí[2].

Durante muchos años, ciertas espiritualidades –sin duda movidas por una buena voluntad- han dedicado demasiado tiempo a reflexionar sobre el tema de los novísimos, es decir, sobre las cosas que sucederán al hombre al final de su vida, la muerte, el juicio, el destino eterno: el cielo o el infierno. Si bien es sano de vez en cuando reflexionar sobre esto, es infinitamente más saludable ir creciendo en una espiritualidad de amor y confianza en el Padre, en el Hijo y en Espíritu Santo, al fin y al cabo Dios es un Dios que no rompe la caña resquebrajada ni apaga la mecha que aún humea[3]. A cada uno de sus hijos brinda todas las oportunidades que hacen falta, y el reflexionar en esto llena el alma de paz, de confianza y de serenidad.

Para nadie es una novedad que en muchas personas se observan formas de rigorismo en el trato consigo mismos y en el trato con los demás. Este trato duro consigo mismo se da nada más cometer una falta y llegar el sentimiento de culpa. Muchos cristianos creen en la misericordia de Dios, pero ésta no influye nada en su vida, es entonces cuando vienen las peores autoinculpaciones. Reconciliarse con las propias faltas y debilidades, con las propias pasiones, llevarlas amistosamente en ves de gritarles y reprimirlas, es un proceso que dura toda la vida y que requiere mucha sabiduría –que viene de Dios, naturalmente- y una gran paciencia.

Una ascesis mal entendida puede hacer a una persona agresiva contra sí misma. La tradición occidental ha entendido el concepto griego de ascesis –de ejercicio, de entrenamiento para conseguir algunas destrezas, para progresar interiormente- de forma negativa, a saber, como mera mortificación. La misma palabra expresa ya agresividad: algo en nosotros ha de ser mortificado, eliminado, violentamente suprimido. Así, lo que se pretende con la ascesis es dominarse a sí mismo, ser dueño de todos los pensamientos, sentimientos y pasiones.

Muchos han concebido su ascesis como si se tratara de una alta competición, poniendo el listón cada vez más alto, para ser cada vez más dueños de sí mismos. Desgraciadamente, la ascesis es para muchos cristianos una especie de tiranía sobre las propias necesidades y deseos.

Decía Henry Bremont que el panascetismo es tan peligroso como el panhedonismo. Que renunciar sea siempre mejor que disfrutar no tiene nada que ver con el mensaje de Jesús. Nada. Pero igual de negativa es la postura que piensa que mi vida espiritual siempre me tiene que servir para algo, que siempre ha de tener sentimientos fantásticos.

El panhedonsimo puede presentarse con otros ropajes. Lamentándose, por ejemplo, de lo difícil que es todo. La postura ascética de los siglos pasados muchos la viven hoy dolorosamente: “No hay nada que hacer; así me han educado. Es todo muy difícil. No puedo cambiar de la noche a la mañana. No tengo más remedio que aceptarme como soy”. En esta postura dolorosa hay mucho de falta de esperanza y de ausencia de autoestima, de agresividad ante sí mismo, mientras que una ascesis auténtica adopta una actitud positiva –de lucha- frente a uno mismo.

La comprensión equivocada de la ascesis griega como mera mortificación ha causado mucha infelicidad en occidente. La ascesis mortificante ha perjudicado a menudo al hombre, porque le ha dado muchos consejos sin tener en cuenta su verdadera estructura espiritual.

La perversión de la ascesis en el cristianismo ha sido sobre todo por culpa de los perfeccionistas que han entendido mal las palabras de Jesús: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto[4]. Cuando el Señor afirma que hay que ser perfectos, quiere decir ser plenos, no indefectibles. El perfeccionista quiere parecerse a Dios más cada día, quisiera identificarse con Él. El perfeccionista se ha construido un sistema de presión que se manifiesta en exigencia de renuncia muy concretas y en un gran número de oraciones y de ritos, así los perfeccionistas se imponen la observancia de una serie de oraciones y de buenas obras tan rígida como pedante, cuyo cumplimiento es el objetivo de su vida. Este ritual somete al hombre, no lo libera, sino que cada día le infunde más terror, acrecienta poco a poco el número de ritos o al menos exige un cumplimiento cada vez más intenso.

Quien rechaza todo placer se vuelve insoportable y agresivo. La prohibición absoluta del placer esconde mucha agresividad, y es que el mundo para este tipo de personas es decididamente perverso, no podemos ponerlo a nuestro servicio, no podemos disfrutarlo. El hombre está ahí para ofrecer sacrificios, no para disfrutar ni para tener una vida hermosa.

A esta actitud condujo también una falsa inteligencia de la pasión de Jesús. Que el sufrimiento forma parte de la vida es evidente, pero no podemos ir por la vida solamente buscando el sufrimiento por el sufrimiento. Dios nos ha creado lo primero de todo para vivir, y su Hijo se encarnó para darnos la vida en plenitud[5]. Quien quiera vivir de verdad, tiene que estar también preparado para decir sí a lo que le crucifica, al sufrimiento que puede salirle al paso. Sin embargo, quien dice sí a su pasión, también puede disfrutar de la vida, pues no tiene por qué vivir siempre angustiado pensando que Dios puede quitarle alguna vez todo lo que tiene. Esta es una actitud típicamente pagana, tal como se presenta en la lucha de Polícrates[6].

La actitud cristiana debe ser la de una gran alegría por lo que Dios nos regala, por la capacidad de disfrutar que nos da, y también por ayudarnos a comprender que debemos imitarlo en su sufrimiento. Ni más Tabor ni menos Calvario, ni viceversa. En los dos montes el Señor es el mismo: perfecto Dios y perfecto Hombre, en algunos momentos toca acompañarlo en su gloria, y bendito sea; en otros [momentos] toca acompañarlo en su pasión y muerte. Y bendito sea también.

[1] Homilía pronunciada el 13.I.2008, en la fiesta del Bautismo del Señor, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] ¡muchas gracias, querido amigo Miguel, por tan enriquecedor comentario!
[3] Cfr Is 42, 1-4.6-7.
[4] Mt. 5, 48
[5] Cfr Jn 10, 10.
[6] Polícrates tiene la sensación de que nunca podrá ser feliz, de que tras la felicidad viene necesariamente la infelicidad. Por eso no puede alegrarse con su felicidad

Ilustración: Jacob de Wit, Baptism of Christ in the Jordan (1716), Chalk and pen drawing, 260 x 180 mm, Amstelkring Museum (Amsterdam).

The Baptsim of the Lord

Sometimes the Sacrament of baptism is almost totally identified with taking away original sin. While that was and is true, it is only one part of the sacrament and often a misunderstood part. The concept of original sin refers not to an action but to a relationship with our Father [1].

But what did baptism mean? What did the Jesus mean when he told his disciples to go out and baptize in the Name of the Father, Son and Holy Spirit? Since Jesus did not need to be freed from original sin, what did his baptism by John mean?

The Church asked itself these questions during the Second Vatican Council[2]. It studied and recovered that which was always there but had been either forgotten or simply pushed aside. The Council emphasized these three truths about baptism: 1) Baptism is an initiation into the people of God; 2) Baptism is a call to discipleship; and 3) Baptism is a commissioning.

Baptism is not just a christening, a signing with Jesus Christ. Baptism is a commissioning. The baptized are called to ministry, to do the work of God. All of us, not just priests, all of us are commissioned through our baptism to be representatives of Jesus. All of us were chosen by God for his mission. Our Lord told us, it is not you who chose me, it is I who chose you[3]

Baptism means for us exactly what it meant for Jesus that day he stepped into the River Jordan and was washed by John. He was beginning his public life, his mission. His baptism was his initiation, his entrance into that mission. He emerged from the water commissioned by the Father to do his work. In the waters of baptism we have been initiated, called and commissioned. We have been initiated into a worldwide people, called to discipleship and commissioned to ministry.

A perfect opportunity to exercise our compromise as Christians, our commission in the Church is being a volunteer in our Habitat for Humanity Ministry. They need help in many ways, and we should put our faith into action.

The importance of this epiphany lies in the words of the Father: This is my Beloved Son, listen to him. Jesus and Jesus alone is our teacher. In a world full of gurus, dynamic preachers, and people of every opinion imaginable each with thousands and thousands of followers; we need to look to only one place, to only one person for guidance. We only need to look to Jesus Christ.

Our way to God the Father is through the person of Jesus Christ. We take these steps by responding to his call for us to take up our crosses and follow him. Any theory or practice that diminishes the need for Jesus in our lives or relegates his presence to a secondary role can not be our way to the Father. We are not told to listen to this guru, or that dynamic preacher, or to read this or that famous writer, we are told to listen only to the Beloved Son[4].

When you leave Church today and dip your hands into baptismal font think of your dignity, your call and God’s statement of your commission: You are my Beloved in whom I am well pleased. Go and be my disciples. His love is beyond our understanding. His voice is the one we need to hear.


[1] The emphasis on original sin originated with St. Augustine during the fifth century.
[2] The Second Ecumenical Council of the Vatican, or Vatican II, was the twenty-first Ecumenical Council of the Roman Catholic Church. It opened under Pope John XXIII in 1962 and closed under Pope Paul VI in 1965. Four future pontiffs took part in the council's opening session: Cardinal Giovanni Battista Montini, who on succeeding Pope John XXIII took the name of Paul VI; Bishop Albino Luciani, the future Pope John Paul I; Bishop Karol Wojtyła, who became Pope John Paul II; and 35-year-old Father Joseph Ratzinger, present as a theological consultant, who more than forty years later became the current Pope Benedict XVI.
[3] John 15:16.
[4] The writer Annie Dillard had a mystical experience that led her to the convent. She was walking through the woods when she saw a valley below her and two men in the water. She realized it was John the Baptist and Jesus. She saw Jesus come out of the water. Suddenly, she was right next to the Lord. She saw the beads of water on his shoulders. She looked closer and in each bead of water she saw a nation, a city, a home, a person’s face. It was then that it occurred to her that Jesus knew everyone one of his people and was baptized to care for and to serve each one of us.






ilustration: Annibale Carracci, The Baptism of Christ (1584), Oil on canvas, S. Gregorio (Bologna)

Solemnidad de la Epifanía del Señor

Los sabios que llegan hasta Belén para adorar a Jesús -Reyes Magos les ha llamado la tradición- no se nos olvide, ni conocían antes a Jesús, ni la Escritura nos dice que decidieran abrazar el cristianismo, que dicho sea de paso, no existía todavía como lo entendemos ahora. Los magos reconocen en la persona de Jesús al rey de los judíos por la estrella que han visto en el Oriente y le rinden la adoración que su corazón les sugiere[1].

En ésos magos venidos de Oriente hasta Belén están representadas aquellas personas que a lo largo de su vida buscarán sinceramente a Dios, hasta encontrarlo.

Salta, desde luego, la pregunta: ¿Le es lícito, pues a un hombre, a una mujer, ir buscando, a lo largo de su vida, la Verdad hasta encontrarla? Si. Y no sólo le es lícito, sino que además tiene obligación de hacerlo. Es quizá lo único que le dará sentido a su vida y a sus acciones.

Los magos de Oriente eran unos auténticos buscadores, y a eso estamos llamados cada uno de nosotros: a buscar la Verdad –con mayúscula- hasta encontrarla, teniendo en cuenta que si hemos nacido en una familia católica YA conocemos que Jesucristo es el Camino, la Verdad, y la Vida[2]. Es hacia Él –perfecto Dios y perfecto Hombre- hacia donde debemos caminar.

Y en ése caminar seguramente encontraremos a personas, distintas a nosotros, que también van haciendo su búsqueda de Dios.

Ciertamente el apostolado es algo muy bueno; el hablar de Dios a los demás es a lo que, como católicos estamos llamados, pero ¡qué respetuosos debemos ser con la espiritualidad de las personas; qué cuidadosos al observar su manera de relacionarse con Dios; que prudentes a la hora de externar nuestras opiniones sobre la espiritualidad de los demás!

[y es que] Nadie, absolutamente nadie, tiene el monopolio de la Salvación. La Salvación es de Dios, y de nadie más.

El Catecismo de la Iglesia Católica, siguiendo la enseñanza milenaria de la Iglesia nos recuerda que la Iglesia Católica es instrumento de salvación universal[3].

Durante mucho tiempo la frase de San Cipriano de Cartago afirmando que fuera de la Iglesia no hay salvación ha sido mal entendida[4], hay que comprenderla bien, comprenderla en el contexto en que fue escrita y de forma positiva, es decir, que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo. En otras y más sencillas palabras: quien se salve, dentro o fuera de la Iglesia, se salva por la gracia de Cristo y a través de su Iglesia.

Si aquellos que buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna[5].
Hay personas que afirman haber encontrado a Dios, pero que luego son intolerantes e hirientes con los demás, precisamente porque no comparten su misma espiritualidad.

El cáncer -¡quién lo duda!- de cualquier religión y de cualquier espiritualidad son sus fans, es decir, aquellos miembros que piensan que tienen la razón por encima de todo y que la fe ha de ser defendida a capa y espada, sin importar que la sangre llegue hasta los frenos de los caballos, como dice el libro del Apocalipsis[6]. Craso error. Grande error.

Que tengamos todos –y es así lo pedimos en ésta celebración Eucarística- la misma actitud de los magos: buscar a Dios hasta encontrarlo. Cada uno tiene su camino. Cada uno tiene su manera de relacionarse con su creador. Cada uno tiene su forma específica de construir su espiritualidad. Al Espíritu Santo no se le puede meter en un jaula y hacerle que trine cuando a uno le conviene, y con los sonsonetes que a uno le placen, sino que sopla donde quiere[7].

Que no se nos olvide: Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común[8].

[1] Cfr Mt 2, 1.
[2] Cfr Jn 14, 6.
[3] Constitución Lumen Gentium, n. 9. “La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el signo y el instrumento de la comunión con Dios y entre los hombres” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 780).
[4] Conocido también como Cecilio Cipriano Tascio (c. 210 - 258), es uno de los primeros Padres de la Iglesia en Occidente; se lo consideraba caritativo, enérgico y prudente, y se le ha tenido en la Iglesia como ejemplo de buen pastor y fiel gobernante. Su amplia obra escrita siguió teniendo gran difusión después su muerte por martirio. Quien tenga tiempo para leer, recomendamos ampliamente el estupendo excursus de Ignacio Falgueras sobre el tema, que puede encontrarse en: www.theologoumena.com/articulos_ifs/El_otro_extremo.htm
[5] Lumen Gentium n. 16; Cfr. También Catecismo de la Iglesia Católica, n. 847. En resumidas cuentas, el dogma Extra Ecclesiam nulla salus ha de ser entendido conforme a como lo entiende la Santa Madre Iglesia, no según nuestras particulares opiniones. Y según la doctrina de la Iglesia, madurada a lo largo de los siglos, pero cimentada desde el principio en la enseñanza evangélica y apostólica, tal como se resume en el credo, ese dogma se refiere a la Iglesia universal, aquella que estará integrada por los creyentes de toda tribu, pueblo y nación, quienes sólo son conocidos ahora por Dios, y en contados casos (María Santísima y los santos canonizados) también por nosotros. Pero nadie puede formar parte de ella por iniciativa, mérito o conquista propia, sino por la gracia de Cristo salvador, creada por Él para nosotros en el árbol de la cruz. Precisamente por la ilimitada grandeza del escándalo de la cruz, o sea, de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, la Iglesia universal no se reduce a la Iglesia visible, sino que incluye a todos cuantos crean en Él y le amen. Con todo, no es suficiente con creer y amar durante un tiempo, es preciso que el don de nuestro Señor sea aceptado de modo especial en el momento de la muerte, y justo entonces queda uno salvado para siempre. Igualmente, quienes no lo han conocido o no han creído en Él durante su vida pueden, si aceptan su gracia en el momento de la muerte, ser salvados por Él. Las gracias que recibimos los católicos en vida son verdaderos adelantos de la vida eterna en esta vida temporal, pero requieren la corona final de la muerte con Cristo. En cambio, fuera de la Iglesia católica, las gracias de Cristo recibidas son disposiciones para la conversión y la fe, y, en especial, las semillas de ésta dispersas por las religiones son sólo preparaciones que facilitan el recibir en vida, o al menos en el último instante, el anuncio del evangelio, porque el evangelio se anuncia también a los muertos . Gracias al don de la muerte del Señor, aun habiendo diferencias entre los que se salven, la justicia de Dios reinará junto a su misericordia sobre la entera historia humana, pues nadie morirá sin haber recibido el anuncio del evangelio ni se condenará más que por su resistencia a la gracia divina que se le ofrece.
[6] Cfr 14, 20.
[7] Jn 3, 8.
[8] 1Co 12, 4-7


Ilustración: Giotto di Bondone, La Epifanía (1320-25), óleo sobre madera, 45,1 x 43,8 cm, Metropolitan Museum of Art (New York).

The Epiphany of the Lord

The Solemnity of the Epiphany is God’s showing or revelation of His Son to the world. Traditionally, this revelation is seen as taking place in three incidents in the Holy Scripture: the journey of the Magi, the Baptism of Jesus by John, and the changing of water into wine at Cana, the first public miracle. In the Catholic Church, we emphasize the first aspect this week, the magi, and the second Epiphany next week, the feast of the Baptism of the Lord[1].

Today we meet Seekers. The Magi, Wise Men, Kings, whatever name you wish to give them, were seekers. They were pagans, but they were committed to finding the truth; the truth will set you free[2]

All of us, though, must be seekers of truth throughout our lives. None of us have completed the journey that God has set aside for us in our lives. When we are open to his grace, we continually grow in the knowledge of his truth.

Some people proclaim, "I have found the Lord," and then go on to be hurtful and intolerant of those who have not had an experience similar to their experience.

Sometimes they are within the Catholic Church. They feel so overwhelmed by their experience that they treat other Catholics as mediocre Christians because they don't share their particular prayer situation. Christians who put other people down are not behaving like Christians. Jesus never did this. He was open to everyone. He never put anyone down. The only people that he did have a difficult time with, according to the Gospels, were those people who thought they were better, holier than others.
Still, most of the people who state, "I have found the Lord," are people of good will. They have in fact had an experience of God's presence. Have they found the Lord or not? Yes, they have! They have found one of the many ways that God is present loving them and loving us all. Usually their discovery is that God cares for them personally. This is good and beautiful. But those who are intolerant and heartless are journeying in the wrong direction.

We should be very sensitive that God is present in an infinite variety of ways in our lives and in our world. If we focus on only one way that God is present, such as the personal call, we might miss many other ways he is present. We have to be seekers. We have to search for the Lord wherever he might be found, including the expression of his truth that proceeds from those who are very different from us such as a Hindu like Mahatma Gandhi[3], or a Jew like Martin Buber[4].

"I have found the Lord”, great, but keep looking. You have only found one of the many facets of Infinite Truth, only one of the many ways that the Lord loves you. A retreat experience, the birth of a child, a recognition of the depths of love of a friendship or your marriage, a traumatic situation you have survived, your adjustment to living as a single Catholic parent, the courage it takes to deal with physical challenges and sickness, Eucharistic adoration, all of these are additional ways you can find the Lord.

We have to keep searching for the Lord until the day we die. If we are not physically dead when we stop searching for him, we will be spiritually dead.

Like the wise men of the Solemnity of the Epiphany, our lives must be a journey of faith searching for the Lord.

His light is strong. His love is near. May he draw us beyond the limits that this world imposes to the life where his Spirit makes all life complete.


[1] Sunday 6th January, 2008, Epiphany. Readings: Isaiah 60:1-6. Lord, every nation on earth will adore you-Ps 71(72):1-2, 7-8, 10-13. Ephesians 3:2-3, 5-6. Matthew 2:1-12. The third Epiphany, Cana, is only presented every third year on the week after the Baptism.
[2] Cfr John 8:32
[3] Mohandas Karamchand Gandhi (October 2, 1869–January 30, 1948) was a major political and spiritual leader of India and the Indian independence movement. He was the pioneer of Satyagraha—resistance to tyranny through mass civil disobedience, firmly founded upon ahimsa or total non-violence—which led India to independence and inspired movements for civil rights and freedom across the world. Gandhi is commonly known in India and across the world as Mahatma Gandhi) and as Bapu (Gujarati: બાપુ bāpu—"Father"). In India, he is officially accorded the honor of Father of the Nation and October 2, his birthday, is commemorated each year as Gandhi Jayanti, a national holiday. On 15 June 2007, the United Nations General Assembly unanimously adopted a resolution declaring October 2 to be the "International Day of Non-Violence." As a British-educated lawyer, Gandhi first employed his ideas of peaceful civil disobedience in the Indian community's struggle for civil rights in South Africa. Upon his return to India, he organized poor farmers and laborers to protest against oppressive taxation and widespread discrimination. Assuming leadership of the Indian National Congress, Gandhi led nationwide campaigns for the alleviation of poverty, for the liberation of women, for brotherhood amongst differing religions and ethnicities, for an end to untouchability and caste discrimination, and for the economic self-sufficiency of the nation, but above all for Swaraj—the independence of India from foreign domination. Gandhi famously led Indians in the disobedience of the salt tax on the 400 kilometers (248 miles) Dandi Salt March in 1930, and in an open call for the British to Quit India in 1942. He was imprisoned for many years on numerous occasions in both South Africa and India. Gandhi practiced and advocated non-violence and truth, even in the most extreme situations. A student of Hindu philosophy, he lived simply, organizing an ashram that was self-sufficient in its needs. Making his own clothes—the traditional Indian dhoti and shawl woven with a charkha—he lived on a simple vegetarian diet. He used rigorous fasts, for long periods, for both self-purification and protest.
[4] Martin Buber (8 February 1878 – 13 June 1965) was an Austrian-Israeli-Jewish philosopher, translator, and educator, whose work centered on theistic ideals of religious consciousness, interpersonal relations, and community. Buber's evocative, sometimes poetic writing style has marked the major themes in his work: the retelling of Hasidic tales, Biblical commentary, and metaphysical dialogue. A cultural Zionist, Buber was active in the Jewish and educational communities of Germany and Israel. He was also a staunch supporter of a binational solution in Palestine, instead of a two-state solution, and after the establishment of the Jewish state of Israel, of a regional federation of Israel and Arab states. His influence extends across the humanities, particularly in the fields of social psychology, social philosophy, and religious existentialism.
Ilustration: Since the Early Christian era, the 6 January has been celebrated as the feast of Epiphany, the appearance of God amongst men in the form of Jesus Christ. Mankind is represented by the Three Kings, who are paying homage to the Messiah. The fall of the pagan world began at the same time as his appearance. Leonardo appears to have depicted this moment, so dramatic in human history, in his panel. It remained unfinished because Leonardo left Florence and moved to Milan, though we do not know why he did so. Chemical reactions and soiling mean it is now difficult to read this fascinating panel in detail. With this painting Leonardo declares his independence from Verrocchio, emerging with a fresh, personal style. Although unfinished, this painting is far more innovative than his previous works. The composition is constructed around a central, pyramidal grouping of figures, and, most significantly, Leonardo here incorporates lights and darks in the underdrawing of this painting. Even though the panel remained unfinished, the Adoration of the Magi, with its symmetrically composed main group which differs from the traditional linear composition, is now considered one of the most progressive works in Florentine painting. It puts into practice the demands Alberti made of history paintings in a way no other work in its era does. All the figures are involved in the events in the picture. The distinguished kings display their emotions in a more dignified manner than the accompanying figures around them, and the overall number of participants is kept within moderation. The figures are grouped in a circle around Mary and are expressing, with more or less vigorous gestures, their emotion at the first demonstration of divinity of the Christ Child. The painting also differs from the traditional way of depicting the Adoration in Florence by means of the puzzling scenes in the background, the equestrian battles and an unfinished staircase. This led to the assumption that the Augustinian convent of San Donato in Scopeto, which had commissioned the picture, wanted to use this picture composition in order to convey its own theological interpretation of the Adoration theme.

Leonardo da Vinci, Adoration of the Magi (1481-82), Oil on panel, 246 x 243 cm, Galleria degli Uffizi (Florence).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris