I Domingo de Adviento

Comienza el tiempo de Adviento y con él la Iglesia inicia unas semanas de profundo y reverente silencio para preparar la celebración del nacimiento de Jesús[1].
Posiblemente todo lo que escuchemos a lo largo de éstos domingos en la liturgia nos suene a aguapasada, a cosas ya muy sabidas e incluso aburridas, sin embargo se hace cada vez más necesario el recordar y volver a insistir en que lo importante –lo esencial- de todo éste tiempo no es lo exterior o lo material, sino lo interior y lo espiritual: la apertura que cada uno tengamos hacia la celebración del nacimiento de Jesucristo.
El Adviento –éstas cuatro semanas que la Iglesia nos propone para preparar la alegre fiesta de la Navidad- pasa rápidamente, y si no estamos atentos, llegaremos a la Nochebuena tan llenos de vacío –o de nosotros mismos, que es mucho peor- que la celebración del Nacimiento del Señor será una fiesta más, una noche más, una oportunidad más para comprar, para gastar, para abrazar o para comer y beber en exceso.
¿Se trata entonces durante éste tiempo de encerrarse en un monasterio a pan y agua y absoluto silencio como hacen los cartujos?[2] Mala idea no es, sin embargo como Dios no hace con sus hijos cosas raras, y además no saca a nadie de su sitio, allí donde nos ha puesto –la parroquia, la oficina, la escuela- allí debemos prepararnos, sin prisa pero sin pausa, para celebrar una Nochebuena cristiana, una Nochebuena alegre y sobria, una Nochebuena en la que realmente recordemos lo esencial: el nacimiento de Jesucristo.
[Hemos de reflexionar en que] la Nochebuena nos presenta un Dios distinto, y un Hombre distinto. En el tiempo de Navidad descubrimos que Dios, mucho antes que el poder absoluto es el absoluto amor[3]. En Nochebuena, muere el dios de los filósofos o el dios castigador y temerario, y aparece el Dios todo-enamorado, y por tanto, todo-débil, todo-entregado en manos de su hijo, el hombre. La Navidad, si nos preparamos bien, nos mostrará que la verdadera grandeza de Dios no está en haber creado el mundo, sino en su disponibilidad para renunciar a su grandeza por amor, ¡ese es el milagro de los milagros! Y cada uno de nosotros estamos llamados ¡y capacitados! Para repetirlo.
El tiempo de Adviento nos recuerda a cada uno, que el hombre es nada menos y nada más que ¡capaz de Dios! y nos invita a estirar, a dilatar nuestro corazón hasta el infinito[4].
Cada Nochebuena no solamente Dios está con nosotros sino que está en nosotros, es cada uno de nosotros. Vale la pena pues detenernos unas semanas, y en medio de un silencio profundo y lleno de reverencia prepararnos bien para la celebración del Nacimiento de Jesucristo, Dios y Señor nuestro.

[1] Homilía pronunciada el 2.XII.2007, primer Domingo de Adviento, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] San Bruno fue el fundador del primer monasterio llamado "la Chartreuse". Fue edificado en 1084 con la ayuda de otros seis compañeros, en un lugar montañoso y solitario, a pocos km de Grenoble (Francia). Los cartujos llevaban una vida de contemplación y de retiro pero no necesariamente sus monasterios estaban construidos en lugares apartados y recónditos. El aislamiento lo daba el propio edificio y sus dependencias estructuradas especialmente con este fin. El cartujo se acuesta muy pronto, entre las siete y media y las ocho de la tarde. Cuatro horas más tarde, a las once y media de la noche, se levanta y comienza su jornada. Después de asearse y de orar un rato en el oratorio de su ermita, a las 0,15 horas, la campana de la torre convoca a los monjes a la oración de la noche en la iglesia; son los Maitines y los Laudes, oración cantada, compuesta de salmos, lecturas de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, preces y oraciones por las necesidades del mundo y de la Iglesia. Este largo oficio litúrgico de la noche es muy apreciado por los monjes y se prolonga hasta las dos y cuarto o las tres de la mañana. De vuelta a su ermita el cartujo hace una breve oración a la Virgen María en su oratorio y se acuesta sin tardanza. A las seis y media de la mañana se levanta y dedica esas primeras horas a la oración. A las ocho se reúne la comunidad en la iglesia para la Misa, que siempre es cantada. La mañana transcurre en la ermita dedicada al estudio, la lectura meditada de la Sagrada Escritura, el trabajo manual. La comida es a las once y media y la tarde sólo se interrumpe para cantar en la iglesia el oficio litúrgico de Vísperas.
[3] Dios quiere nuestro amor y no estará satisfecho con ninguna otra cosa. El amor de nuestros corazones es algo único que ningún otro puede darle. Él podría hacer otros corazones que le amasen, pero una vez que nos ha dado la libertad, el amor de nuestro corazón particular es algo que sólo nosotros podemos darle” (E. Boylan, El amor supremo I, Madrid, Rialp 1957, pág. 121).
[4] La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (GS 19,1).
Ilustración: CARAVAGGIO, The Annunciation (1608-09), Oil on canvas, 285 x 205 cm, Musée des Beaux-Arts (Nancy).
Caravaggio probablemente realizó ésta obra durante su último periodo en Nápoles, por lo tanto quizá sea uno de los últimos trabajos del artista para el altar mayor de la catedral de Nancy (Lorrain). Pintada en Sicilia o en Nápoles -auctores disputant- está claro que es una de las últimas obras del autor. Llama la atención la manera en la que el ángel aparece en el cuadro: una forma distinta a como se había representado a lo largo de todo el barroco; la cara del ángel es prácticamente invisible. Por su parte la Virgen no lo mira, sino que está completamente absorta y en una actitud de alegre aceptación de un futuro hasta ése momento incierto. Una vez más Caravaggio nos sorprende con una imagen en la que la Virgen no aparece representada con atributos divinos o sobrenaturales, sino como una sencilla persona recogida en oración, preparando de inmediato la próxima venida de su Señor.

First Sunday of Advent

Advent begins this year with the prophesy from Isaiah about the Mountain of the Lord’s House. It is crowded with people from every nation. Their goal is not the view, or to say they conquered a fourteener. Their goal is to learn the way of the Lord from the summit of the mountain. The prophecy goes on to say the Word of the Lord will flow from God’s Mountain. He will judge between all nations with such fairness that there would no longer be a need for war. People would beat their swords into plowshares and their spears into pruning hooks. There would be no need of armed forces. People would not even train for war again[1].
That ideal is so meaningful for us when we consider our loved ones who are stationed in harms way in Middle East and throughout the world. "Some day, we tell ourselves, some day there will be no wars."
The ideal of Isaiah is meaningful when we consider the nations whose citizens are starving and who use money meant for aid to build up their own armed forces. As we see pictures of starving children in Somalia, Rwanda, and the Sudan, we say, "Some day, some day there will be no more wars. Some day the materials used for war will be transformed into materials used to provide food for the poor. Some day swords will be beaten into plowshares and spears into pruning hooks."
Advent begins by reassuring us that the Day of the Lord is upon us. The transformation of the world has begun in Jesus Christ.
And what is it that we are to do to fulfill our part in the transformation of the world? We are to put on the Lord Jesus Christ. The only way that the world will be saved from war and sufferings is through the Power of Jesus Christ. And the only way that the Power of Jesus Christ will take hold on the world is if we, His followers commit ourselves to Him.
Allow me to be mystical here. Every act of kindness and love, every sacrifice of self for another, is a small step in the transformation of the world into the Kingdom of God.
Conversely, every act of hatred, every act of selfishness, strengthens the power of evil that is destroying our world. The battle for the Lord is not something that will take place many years from now. It is a battle that we are engaged in right now and right here. We need to be part of this. We need to commit.
We are not Christians because we say we are Christians. We are not Christians because we have been baptized and receive the sacraments. We are Christians because we have put on Jesus Christ and really work hard to make His ways our ways. We are Christians because we are open to the transformation the Lord wishes to make in our lives. We are Christians because we are determined to be the reflection of God’s love that he created us to be.
We need to commit. Consider Christmas. Is Christmas a time to sacrifice our humanity to alcohol, drugs, sex and stuff? If so, then Christmas is really just a winter holiday of debauchery. If so, then we are enrolling in the army of the Evil One and fighting against the Lord. But if we are committed to Christianity, then Christmas will be a reflection of the Lord’s presence in our lives.
If we use the Christmas holidays as an opportunity to bury the hatchet and reconcile with those who have hurt us, if we use Christmas as an opportunity to share our time and treasure with the less fortunate, if we look for ways to be more loving to others, especially those within our homes, then we will be engaged in the Lord’s battle against evil.
We need to commit.
There are times that priests call people to the altar to commit their lives to the Lord and establish a personal relationship with Him. This is a good thing. But the commitment to the Lord has deeper implications than that which is personal. The commitment to the Lord has a mystical element of being part of the transformation of the world Jesus initiated at His birth.
Christianity is not just a faith. It is a lifestyle of transformation. We have been called to take our part in the transformation of the world from the terrors that exist right now to that ideal of Isaiah’s prophecy: the mountain of the Lord, the time of peace.
"So," we are told, "Stay awake, be prepared," for the Son of Man is coming.
And we are participants in His ultimate Victory.

[1] First Sunday of Advent A, December 2, 2007, Readings: Isaiah 2:1-5, Responsorial Psalm: 122: 1-2, 3-4, 4-5, 6-7, 8-9; Romans 13:11-14; Matthew 24:37-44
Ilustration: Claus Sluter, Well of Moses: Prophets David and Jeremiah (1395-1406), Stone, height 179 cm, Musée Archéologique (Dijon). Moses, David, Jeremiah, Zechariah Daniel and Isaiah stand before small niches of the fountain hexagonal base. Each prophets are identified by inscriptions and appropriate attributes. Six grieving angels hover above the prophets. Old Testament prophets appeared frequently in contemporary art to indicate the fulfilment of their prophecies of the coming of Christ. Sluter, however, invented a wholly novel composition. His prophets are life-size and placed near the eye level of the viewer, who must walk around the ensemble to see all the figures. Sluter's remarkable statues show angels and prophets varied in their poses. The attention to details signals Sluter's effort to make his statues as believable as possible. Their life-like quality was enhanced further by the polychromy applied by Jean Malouel and Herman of Cologne in 1402.
Today we celebrate a beautiful national holiday: Thanksgiving. This holiday is one of the things that is unique about our country. As far as I know, America were the first nation to set aside a day simply to give thanks to God. Throughout the world and in the United States, there are holidays to celebrate independence, victory in war, the arrival of spring and saints' days. All of those celebrations involve gratitude for specific things, but today is a holiday which is about gratitude itself[1].

Thanksgiving is at the heart of salvation. On this Thanksgiving Day, I would like to take a closer look at that process of salvation. From our Scripture readings we can see that salvation has two parts. The first part, we can say, is gold; the second part is silver.

The golden part is obviously the most precious so I will begin with it. The golden part of our salvation is God's action, his initiative, what we sometimes call grace. The Old Testament reading describes God's initiative on a natural level. Sirach invites us to bless the God of all, who has done wondrous things on earth. Then he mentions that precious gift, the gift which makes all other gifts possible, the gift of life. God, he say, fosters people's growth from their mother's womb, and fashions them according to his will! God created the universe and our own planet. The entire history of the universe and of life on our planet focuses on the formation a child in his mother's womb. The formation of a human being is the most marvelous part of the natural world. Bless God for that. Thank him.

We see God's initiative not only in the birth of a child, but a process which we call re-birth. Here is where we find the real gold. Today's Gospel beautiful shows that process of rebirth. Our birth is beautiful, but unfortunately we are born into a world disfigured by sin –the sin of human beings before us and our own personal sin. Sin is like leprosy –a disease which begins on the extremities, but soon attacks the vital organs. Jesus wants to cure us our leprosy, give us a new birth in him. I am sure you will agree with me that such a rebirth can only be compared to something as precious as pure gold.

God's initiative in bringing us into the world and calling us to a new birth is pure gold. That is the first and most important part of our salvation. There is a second part, the silver part. Even though it is not as precious as the first part, it is still necessary. The silver part of our salvation is our personal response. We have to respond with gratitude.

Now, you might say, "If someone was cured of a terrible disease like leprosy, who wouldn't be grateful?" Well, we have the answer: about 90%. Nine out of ten did not return to thank Jesus. Now, gratitude seems obvious and easy, but it is not. It not only involves going out of our way, but it requires humility. Most of all, gratitude establishes a relationship with the giver.

In the ancient world they measured wealth in gold, but for ordinary currency they more used silver. Gratitude is the currency of our relationship with God –and with our parents, and with our family members and with our co-workers and friends. Gold is the pure gift from God. But our reception of that gift is like silver. It is the currency of our lives, the daily means of exchange.

Today we recognize that gratitude is salvation. It is the joyful acceptance of God's gift of birth –and rebirth in Christ. Like the grateful leper in today's Gospel may we hear those beautiful words, Stand up and go; your faith has saved you.
[1] Readings: Sir 50:22-24, Ps 138:1-2a, 2bc-3, 4-, 1 Cor 1:3-9, and Lk 17:11-19.
Ilustration: Hieronymus Bosch, Triptych of Garden of Earthly Delights (outer wings), c. 1500, Oil on panel, 220 x 97 cm (each wing), Museo del Prado, Madrid. The message of this panel can be understood from the moralizing content of the entire triptych (personal.telefonica.terra.es/web/jack/bosco/delici.htm). When the triptych is closed, it depicts the third day of Creation. The globe is contained in an opaque crystal sphere, symbolizing the fragility and transitoriness of the human world. When opened, the left side-panels reveal scenes from the Garden of Eden, the first human couple, the creation of Eve; in the centre is the fantastic vision of sensual pleasures, while the right panel shows the atonement of the damned in hell.
Durante los domingos del año litúrgico que precisamente hoy termina hemos ido fijando nuestra atención en algunos personajes que el Evangelio nos ha ido presentando[1].

Hoy que celebramos a Jesucristo como Rey del universo es bueno que centremos más la atención en Él que es el Personaje –con mayúscula- el centro de todo el Evangelio.

De él –de Jesús- toman su encanto y su fuerza todos los demás personajes. Todos son y existen a la luz del Señor.

La liturgia de éste hoy nos presenta uno de los pasajes más entrañables de toda la vida de Jesús: los minutos inmediatamente anteriores a su muerte en la cruz y su conversación los que junto con él fueron crucificados[2].

Uno de ellos [Gestas] se endurece, se desespera y blasfema, mientras que el otro [Dimas] se arrepiente, acude a Cristo confiadamente y obtiene la promesa de su inmediata salvación. Y es que hasta en los momentos más duros y más desesperantes Jesucristo presta atención a los sufrimientos de los demás. Y con esa actitud el Señor nos demuestra que Dios, además de estar al tanto de cada acontecimiento de nuestra vida –pequeño o grande- concede siempre más de lo que pedimos.

Dimas sólo pedía que se acordase de él; pero el Señor le da infinitamente más: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso. La vida –y quizá ésta es una de las ideas más profundas que encontramos en el Evangelio- consiste justamente en eso, y eso es lo más importante: vivir con Jesucristo, y estar donde está Él[3].

Si llegamos al final de nuestra existencia y no hemos logrado identificarnos, aunque sea un poco con Jesús habremos perdido miserablemente el tiempo, habremos malgastado nuestros días, y casi nada de lo que hicimos habrá valido la pena.

Afortunadamente tenemos muchos lugares de donde asirnos: la celebración de la eucaristía dominical, el comienzo del Tiempo de Adviento, ésta fiesta de Cristo Rey, etc. Siempre es tiempo para empezar otra vez; para detener nuestra vida, replantear nuestra actitud y comenzar nuevamente. Desde luego habrá obstáculos; ciertamente habrá caídas ¿y qué? ¡No importan! detrás está nuestro Dios que confía plenamente en cada uno de nosotros y nos mira como hijos pequeños que comienzan a caminar.

Nuestro Señor sabe -¡vaya que lo sabe!- que entre los hombres siempre habrá ovejas y cabras[4], vírgenes sabias y necias[5], siervos trabajadores y holgazanes[6], oyentes de la palabra de Dios y dispersadores de la misma[7], buen grano y cizaña[8], peces buenos y peces inservibles[9], actitudes como la de Gestas, pero también como la de Dimas: Él cree profundamente en el hombre.

En ésta última semana del año litúrgico meditemos en el hecho de que el hombre no es un ser condenado al mal. El hombre puede cambiar. El hombre es grande por lo que es y mucho más grande por lo que puede llegar a ser.

Todo el evangelio –no lo olvidemos- esta lleno de ese grito que invita al hombre a apostar, a superarse, a asumir el riesgo de su propia grandeza. Dimas lo entiende, en aquel momento reconoce que aunque él sí merecía aquel castigo puede robarle el corazón a Cristo, y así lo hace: se dirige a Él… y entra al cielo.

Jesucristo, Rey del Universo confía en cada uno de nosotros, nos tiende con grande amor su mano, y nos dirige las mismas palabras que al buen ladrón: te aseguro estarás conmigo en el paraíso[10].

[1] Homilía publicada en http://ideasueltas-father.blogspot.com/
[2] Lc 23, 35-43.
[3] Cfr. SAN AMBROSIO, Expositio Evangelio sec. Lucas, in loc.
[4] Cfr. Mt 25, 31.
[5] Id., v. 1
[6] Id., v. 14
[7] Id., 13, 3
[8] Id., v. 24.
[9] Id., v. 47
[10] Tanto el texto latino como el texto griego son de una gran exactitud: “Amen dico tibi: Hodie mecum eris in paradiso”, “σημερον μετ’ έμου έν τώ παραδείσω”. La traducción castellana que presenta el leccionario es aceptable.

Ilustración: Redencion, de Eduardo Chillida. Para conocer más sobre la obra de éste autor: http://cvc.cervantes.es/actcult/chillida/

The Solemnity of our Lord Jesus Chrisdt the King

In the the second half of the last century, Catholics took a deep look at their faith and at the meaning of being Christian Catholics. The Church was suffering from those who emphasized the Divinity of Christ to such a degree that His Presence was seen as too great for the ordinary person to tolerate. This was really a heresy. It removed the possibility for a person to have a personal relationship with the Lord. That is not in keeping with Scripture, where Jesus calls his disciples and us his friends[1].

When the Church looked at this during the second half of the last century, it realized the importance of people recognizing their personal relationship with the Lord. We were told, rightly so, that Jesus is a loving caring God and friend. And this is great. We should have an active and open communication with the Lord. We should have and active and open prayer life.

But this way of thinking can also be taken to an extreme. Jesus is not just our friend. He is also our King. There is a difference, you know, a huge difference.

When we hear the word "king" we often think of the splendor of Versailles of Louis XIV of France, or the Russian court of Catherine the Great, or even the modern British court of Elizabeth II. The thought of these monarchs invokes scenes of lavish banquets, with plates of gold and silver flasks.

Well, this is certainly not the type of king presented in today's readings. In the first reading Jesus is compared with David[2].

In the second reading, from the Letter of Paul to the Colossians, Jesus' kingship is presented in mystic terminology. He is the image of the invisible God through whom all things, visible and invisible were created. All are subject to him. He is the head of the Church. All spiritual powers and temporal powers were created through him and for him. Most important he is the reconciler of everything on heaven and on earth. He is the redeemer, He is the forgiver of sins.

On the cross, Jesus was proclaimed to be a King by one of the criminals who was dying with him. So He is our King. His Kingdom is, as today’s Preface tells us, is a Kingdom of truth and life, a Kingdom of holiness and grace, a Kingdom of justice, love and peace.

We have give the keys of our lives to our King. We have now been called to imitate him at his most regal moment: reigning on the Cross sacrificing himself for others, reconciling, forgiving. We are called to realize with our lives the Kingdom of truth and life, holiness, grace, justice, love and peace.

We are called to be members of a Kingdom of Truth. Jesus told Pilate that he came to give testimony to the truth, and Pilate sarcastically asked, What is truth?. Jesus Christ said that there is truth. He is the King of truth. So what is this Truth? What is the basic truth of the world? What is the fundamental truth that Jesus proclaimed? The Truth of Jesus Christ is that his Kingdom is worth infinitely more than all the riches of the world. The truth of Jesus Christ is that living for personal gratification is taking a dive into an empty pool.

The Church year is over. Like the conclusion of a good book, the final chapter sums up the essence of the book. The Solemnity of Christ the King sums up the Church year by proclaiming: Jesus is the central mystery of our faith. He lived, he died, he rose, and he will come again. He went about preaching about the Kingdom of God and encouraging us to change our lives so we can become members of this Kingdom. He told us to avoid the materialism of the world. He called us friends, and brothers and sisters. He called us his own. He told us to keep his presence alive in the world by bringing his compassion to others. He allowed us to be called Christians.

May we have the courage to be faithful members of our Friend’s Kingdom.

[1] Sunday 25th November, 2007, Our Lord Jesus Christ, Universal King. St Catherine of Alexandria. Readings: 2 Samuel 5:1-3. Let us go rejoicing to the house of the Lord-Ps 121(122):1-5. Colossians 1:12-20. Luke 23:35-43
[2] In fact Jesus was often called the Son of David. David was one of the people. He was a shepherd who was given the kingdom due to his ability to fight the enemies of his people. As King, Jesus is one of the chosen people, picked out like David to shepherd and lead the people. He was the one who, like David, was able to defeat the enemies of Israel, the forces of evil. Like David, Jesus was anointed to serve the People of God

Illustration: Hieronymus Bosch, Christ Mocked (Crowning with Thorns), 1495-1500Oil on wood, 73 x 59 cm, National Gallery, London.
Bosch painted a group of half-length Passion scenes. The earliest example most probably is the Christ Crowned with Thorns in London. The large, firmly modelled figures are composed against the plain, grey-blue background with the utmost simplicity, the white-robed Christ surrounded by his four tormentors. One soldier holds a crown of thorns above his head, another tugs at his robe, and a third touches his hand with a mocking gesture. Their actions, however, seem curiously ineffectual and Christ ignores his persecutors to look calmly, even gently, at the spectator. The half-length format and the tendency to crowd the figures against the picture plane with little indication of space, are characteristics which reflect a Flemish devotional type popularized by Hugo van der Goes and Hans Memling. Like its Flemish models, the London Christ Crowned with Thorns presents the sacred scene not in its historical actuality but in its timeless aspect.

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

A propósito del final del año litúrgico, que dentro de una semana celebraremos a Jesucristo como Rey del Universo y trayendo a la memoria la afirmación de san Cipriano de que nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre[1], van algunas ideas en torno a la Iglesia.

Desde siempre la crítica hacia la ella [la Iglesia] ha estado presente, en la Iglesia misma y hacia la Iglesia. Y parecería que tales críticas y quienes las pronuncian son las causas de todos los males que padece hoy la Iglesia, y comparables a esas puertas del infierno, que de todos modos, no prevalecerán contra ella[2]. Lo que hace a las críticas tan perversas es que la Iglesia es nuestra madre, y ningún bien nacido se atreve a criticar a su madre. Cuando a una buena causa (como es el amor a la Iglesia) se le defiende mal, se le suele hacer más daño que cuando se le ataca.

Por otro lado, la gente ha oído que santos como Agustín de Hipona, Bernardo de Claraval, ó Catalina de Siena[3], fueron con la jerarquía de su tiempo infinitamente más duros de lo que pueda serlo cualquier católico o teólogo de hoy[4]. Se recuerdan frases como aquella de que, mientras Jesús había dicho a Pedro apacienta mis ovejas, los papas de entonces no apacentaban sino que trasquilaban y ordeñaban a las ovejas. O la otra que compara a los obispos con Balaán, el que iba montado sobre la burra que es el pueblo, y que, si acaba obrando bien, no es por lo que ha visto él sino por lo que ha visto la burra[5].

Que la Iglesia es nuestra madre es, evidente, es una analogía. Y una vieja norma de lógica decía que una comparación "no vale para todo". Muchos místicos hablaron con Dios como "esposo del alma". Pero si alguien saca de ahí la conclusión de que Dios tiene que quererle sólo a él, y no a otros, está desvirtuando la comparación[6]. La maternidad de la Iglesia significa que de ella hemos recibido la Vida, que es Cristo, y que de ella debe comportarse con los hombres con esa ternura materna que transparenta la misericordia de Dios. Nada más.

Es necesario recordar que el rostro de la Iglesia no está solamente en el Vaticano ni en lo que aparece en la prensa. El rostro de la Iglesia no son nada más los papas ni la jerarquía. Ellos son una función necesaria e indiscutida, aunque a veces, con tantos ornamentos parezcan más bien lo folclórico de la Iglesia.

El rostro de la Iglesia –no se nos olvide- no se encuentra solamente ahí, sino también escondido en el sacerdote sentado en el confesionario de una parroquia rural del México profundo, o en la selva de Guatemala, o en Calcuta, o en las religiosas de Ruanda y Argelia, o en los jóvenes que se preparan para el sacerdocio en un seminario del Southwest americano. En otras palabras: El rostro de la iglesia está velado como el de tantas mujeres árabes. Pero cuando ese rostro se desvela es de una hermosura tal que sobrecoge, y cambia la vida de quienes han podido contemplarlo. Sólo que Dios es tan discreto, que no necesita ir por ahí exhibiendo la belleza de su esposa para dar envidia...

Por todo eso, la crítica a la jerarquía (si es objetiva, y es respetuosa y está bien hecha) puede ser compatible con un profundo amor a la madre Iglesia.

El papa Pío XII siempre defendió la necesidad de una opinión pública en la Iglesia porque sin ella la Iglesia revelaría que está enferma. Y la opinión pública siempre incluye derecho a la crítica. El Catecismo de la Iglesia sostiene expresamente que los teólogos deben esa crítica no sólo a los obispos, sino a todo, el pueblo de Dios[7].

Por estas razones, yo prefiero quedarme con idea que el entonces Cardenal Ratzinger escribía: si hoy nadie se atreve a criticar a la jerarquía con la libertad con que lo hicieron aquellos santos antiguos y medievales, quizá sea debido a que falta ese amor a la Iglesia que es capaz de arrastrar hasta el ser puesto en la picota, por ayudar a aquella a la que ama.

Karl Rahner muy poco antes de morir se lamentaba de dos cosas de su vida: no haber amado más a los humanos, y no haber tenido más audacia con la jerarquía de la Iglesia. Me parece que estas actitudes sirven más y mejor a la Iglesia, que una defensa ciega y fundamentalista[8].

El problema, pues, no es que haya o no haya crítica sino que ésta brote de la verdad y del amor[9]. Lo cual es más difícil que callarse.

[1] Unit. Eccl, PL 4,503.
[2] Cfr Mt 16, 18.
[3] www.feyrazon.org/Catalina.htm
[4] «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?» Es decir, que no tienen que apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas. Ésta es la primera acusación dirigida contra estos pastores, la de que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas. ¿Y quiénes son ésos que se apacientan a sí mismos? Los mismos de los que dice el Apóstol: Todos sin excepción buscan su interés, no el de Jesucristo (san Agustín, Sermón sobre los pastores, 46,1-2. Pueden encontrarse extractos en: www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/tiempo_ordinario/24domingo_ordinario.htm
[5] Cfr Num 22, 20-35
[6] El Cántico Espiritual (o las Canciones entre el alma y el Esposo, tal como Juan de la Cruz tituló este poema), es considerado, dentro del ámbito de la literatura española, como el más elevado y el más hermoso poema de amor. Y es que no hay amor que pueda compararse al que Dios tiene y manifiesta hacia el hombre. Juan de la Cruz hizo esta experiencia que no pudo callar. Desde su condición de poeta, quiso cantar ese AMOR, plasmándolo en estos versos que narran la más maravillosa historia de amor. Cuando le solicitaron al Santo la explicación de estos versos, antes de iniciar el comentario él escribió: “Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de abundante inteligencia mística, no se podrán declarar al justo, ni mi intento será tal,... porque los dichos de amor es mejor dejarlos en su anchura, para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu...” (CB prólogo n. 2)
[7] Cfr Concilio Vaticano II, Inter Mirifica, n. 8.
[8] Karl Rahner (1904-1984) fue uno de los teólogos católicos más importantes del siglo XX. Nació en Friburgo (Alemania) y murió en Innsbruck (Austria). Perteneció a la Compañía de Jesús. Su teología influyó al Concilio Vaticano II. Su obra Fundamentos de la fe cristiana (Grundkurs des Glaubens), escrita hacia el final de su vida, es su trabajo más desarrollado y sistemático, la mayor parte del cual fue publicado en forma de ensayos teológicos.
[9] Omne verum, a quocumque dicatur, est a Spiritu Sancto (Ambrosiaster; cfr. Summa Theol., I-IIæ, 109. 1 ad 1)

Thirty-Third Sunday in Ordinary Time

Today’s gospel begins with the disciples marveling at the glory of the Temple. It must have been something to see.

The Temple they looked at was one of the wonders of the world[1], and Jesus heard them and said, this really doesn’t matter. Jesus is adamant that we Christians are not to get flustered, distraught, or full of anxiety. These feelings are reserved for those who refuse to commit their lives to the Kingdom of God. What we need to do is to give witness to Christ, particularly in the face of persecution. Yes: particularly in the face of persecution

The Lord was not just addressing the early Christians when he said that you will be delivered up to those who will murder you for being faithful. He was talking to all those throughout the ages who were persecuted for living their faith. And he was talking to everyone of us who is mocked for hanging on to what the media presents as a dated morality. He was talking to all of us who fight for traditional family values and responsibility over the forces that deify self-gratification. All of these people, from the martyrs of the past to those living in your house, may be put to death, or at least commit social suicide for their Christian witness, but patient endurance will save their lives. Patient endurance will save our lives. That phrase, "patient endurance" is the New Testament catch word for martyrdom. By patient endurance we will be saved. By becoming martyrs we will be saved. We Christians are called to martyrdom[2].

That is the truly frightening part of today's Gospel. We must become martyrs to be saved. Affirming our Christianity demands suffering. The Temple that was built in Jerusalem might be destroyed, but the Temple that is the Life of Christ within us will never be destroyed.

In the sixth chapter of the Book of Revelation the Book of God's plan for mankind is brought forward, sealed with seven seals. When the fifth seal is opened the voice of the martyrs cries out from their place underneath the altar, the place where the blood of sacrificial animals was caught: How Long, O Lord, How Long? They shriek[3]. Our pleas join theirs. “How long, O Lord, how long do we have to keep on suffering while evil doers prosper? When will the world see the purpose of our suffering? When will we be vindicated?

Today's gospel is indeed frightening. But it is not frightening for the reason some fundamentalists would give: the fear of the end. NO. It is frightening because Jesus demands that we give witness, become martyrs… if we want to be saved.

It is frightening because the Lord demands that we stand up for him, his kingdom and the Christian way of life in a materialistic and self-centered world. It is frightening because it demands that we accept grief from those who mock us.

It is frightening because it proclaims that only by patient endurance can we be saved.

This is the challenge of Christianity. We conclude this Church year praying for the grace to endure patiently any trials that are essential to our affirmation of Jesus Christ.

[1] It was brand, spanking new. It had taken fifty years for Herod to rebuild the Temple. The original Temple, the Temple that Solomon built, was destroyed by the Babylonians at the beginning of the captivity in 588 BC. When the Israelite returned to Jerusalem around 528, the people had all to do to build shelters for themselves. It took about fifteen years for them to begin to build a new Temple. This was modest undertaking, merely adequate, but the best the people at the time could do. As the centuries progressed, this temple was enlarged and refurbished, but it never approached the magnificence of the Temple of that Solomon built. In the year 26 B.C. Herod decided to restore the Temple to the Glory of Solomon’s Day. The work had just been completed when Jesus’ disciples looked on amazed at the precious stones and votive offerings.
[2] Sunday 18th November, 2007, 33rd Sunday in Ordinary Time. Dedication of the Basilicas of Ss Peter and Paul. Readings: Malachi 3:19-20.The Lord comes to rule the earth with justice-Ps 97(98):5-9. 2 Thessalonians 3:7-12. Luke 21:5-19
[3] Cfr Psalm 35.


ilustration: El Greco, The Opening of the Fifth Seal (The Vision of St John)1608-14, Oil on canvas, 222, 3 x 193 cm, Metropolitan Museum of Art (New York).

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

Han pasado ya algunas semanas desde que comenzó el mes que la Iglesia dedica a honrar a los difuntos, costumbre antiquísima e importante y presente ya en tiempos del Antiguo Testamento[1]. [los primeros cristianos utilizaban la díptica, dos tablas plegables en forma de libro en las que se acostumbraba anotar los nombres de los vivos y los muertos por quienes quería orar[2]].

Cuando la Iglesia habla de la muerte lo hace siempre para invitar a sus hijos a que entreguen su vida de la mejor manera, es decir, a terminar su vida en amistad con Dios. Para los cristianos la muerte no es una persona, sino un estado, el final del paso por ésta vida. Por eso el culto de la llamada Santa Muerte, siempre ha sido considerado erróneo, mal entendido y dañino para la espiritualidad del cristiano. El culto a la Santa Muerte es contrario a la enseñanza de la Iglesia [3].

Por otro lado, el cristiano tiene que hablar con valentía de la muerte y enfrentarse a ella serenamente.

La doctrina cristiana sobre la eutanasia es muy clara: La muerte voluntaria es tan inaceptable como el homicidio; semejante acción constituye (…) el rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor[4]. Para los católicos la eutanasia no tiene sentido.

En el otro extremo está la llamada distanasia que consiste en retrasar la muerte todo lo posible, por todos los medios, proporcionados o no, aunque no haya esperanza alguna de curación y aunque eso signifique infligir al moribundo unos sufrimientos añadidos a los que ya padece, y que, obviamente, no lograrán evitar la muerte, sino sólo aplazarla unas horas o unos días en unas condiciones lamentables para el enfermo[5]. Tampoco esto es aceptable. Es el otro extremo.

Evitando los dos extremos la Iglesia trata siempre de ayudar a que la muerte sea asumida con dignidad. Su mejor receta para ello es la fe en Dios y la esperanza en la resurrección para la Vida eterna. Con fe se puede morir y se puede ayudar a morir.

Cuando un ser humano pide ser eliminado, lo que en realidad está pidiendo casi siempre es ser ayudado a vivir su muerte, por tanto hemos de preguntarnos seriamente si sabemos ofrecer esa ayuda, si sabemos estar cerca de los que mueren[6].

Que dediquemos muchos momentos a lo largo de éste mes de Noviembre a orar por los difuntos, si es a través de la celebración de la Eucaristía, mejor. Y recordar siempre que aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo[7].

[1] "Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados" (2Mac. 12, 46).
[2] Fue durante el siglo VI cuando los hijos de San Benito, que tenían la costumbre de orar por los difuntos al día siguiente de Pentecostés, crearon el oficio de difuntos. Odilón, abad del célebre Monasterio de Cluny[2], en el sur de Francia, añadió la celebración del 2 de noviembre como fiesta para orar por las almas de los fieles que habían fallecido, por lo que fue llamada Conmemoración de los Fieles Difuntos. De allí se extendió a otras congregaciones de benedictinos y entre los cartujos hasta ser aceptada esa misma fecha se extendió a la Iglesia universal.
[3] Cfr: www.time.com/time/photogallery/0,29307,1676932,00.html (se trata de uno de los mejores photo essays de la revista norteamericana TIME sobre el tema).
[4] Cfr. Declaración Iura et bona de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (5.5.1980). el texto completo puede consultarse en ésta dirección: www.encuentra.com/documento.php?f_doc=4125&f_tipo_doc=9
[5] La distanasia también se llama "ensañamiento" y, "encarnizamiento terapéutico", aunque sería más preciso denominarla "obstinación terapéutica". Cfr: www.aciprensa.com/eutanasia/100-preguntas.htm
[6] www.amazon.com/Will-Live-Answers-Issues-Shepherds/dp/193031406X
[7] Misal Romano, Prefacio de la misa de difuntos.


ilustración: Dieric the Elder Bouts, Paraíso (1450), Óleo sobre madera, Musée des Beaux-Arts, Lille.

Thirty-Second Sunday in Ordinary Time

Today’s readings bring up a subject we would rather avoid: death. Still, we in the Catholic Church we are realists. We grieve over the death of a loved one, but we also recognize that death is a transition from this life to the next life. We pray for the dead at funerals and special Masses and particularly on All Souls Day and throughout the month of November[1].

We believe in life after death. We believe that an all knowing and all loving God will shepherd His loved ones into union with Him. We believe in heaven, the place of God’s unending love, we believe in hell, the place devoid of God’s love, and we believe in purgatory, the place of preparation for God’s love.

However we can ask why? Why pray for the dead? Well, one interesting way to understand this is to consider Dante’s second book of the Divine Comedy, the Purgatorio. After making it through his tour of hell (the famous Inferno), Dante comes upon a mountain where souls were being prepared for heaven. They weren’t ready for heaven yet and were actually holding themselves back. They knew that they were not yet capable of accepting the fire of God’s love into their lives.

They were still suffering the wounds of their sins. Yes, their sins had been forgiven, but the results of their sins had left their mark. So the souls on Mt Purgatory were holding themselves back. But it was now too late for them to find healing for themselves. Their lives on earth were over. It was too late for them to find healing through their own works of charity, fasting and prayer, but it was not too late for them to be healed. They were being healed by the prayers of the people still on earth. This was Dante’s explanation on why we pray for the dead. It’s a good ANALOGY of this mystery[2].

The greatest prayer that we can offer for the dead is the prayer of Christ on the Cross: the sacrifice of the Mass. That is why we have funeral Masses.

During our lives we approach the Lord seeking the healing for the results of our sins. When our lives on earth have ended we depend on the prayers of those still living here to continue to ask God to heal the results of sin in our lives.

We have done a disservice to our dead by canonizing them all, by deciding that no matter what their lives may have been like, they must be in heaven right now. It is a disservice because the faithful departed need our prayers. They need us to offer the sacrifice of Jesus on the Cross for them. They need us to pray the Holy Rosary asking Mary to speak to her Son for our loved ones. They need us to keep the memory of their goodness alive and before the Lord.

The Books of Maccabees tell us that it is a good thing to pray for the dead. During the Month of November, we pray for our loved ones that they might be healed of the effects of sin in their lives and be admitted into the eternal love of the Lord.

And so we pray in beautifully poetic language: Eternal Rest grant unto them, O Lord, and let perpetual light shine upon them. May their souls and the souls of all the faithful departed, through the mercy of God, rest in peace[3].

[1] Sunday 11th November, 2007, 32nd Sunday in Ordinary Time. St Martin of Tours. Readings: 2 Maccabees 7:1-2, 9-14. Lord, when your glory appears, my joy will be full-Ps 16(17):1, 5-6, 8, 15. 2 Thessalonians 2:16 – 3:5. Luke 20: 27-38.
[2] The comparison of two things, which are alike in several respects, for the purpose of explaining or clarifying some unfamiliar or difficult idea or object by showing how the idea or object is similar to some familiar one. ...
[3] Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis. Te decet hymnus Deus, in Sion, et tibi reddetur votum in Ierusalem. Exaudi orationem meam; ad te omnis caro veniet. Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.
ilustration: Angel helping souls out of the Purgatory, Chapel Notre-Dame of Benva (Lorgues, France). You can visit: www.culture.gouv.fr/culture/medieval/en/index.htm

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario


Es san Lucas quien narra el esfuerzo de Zaqueo por ver y encontrar a Jesús y quien describe la alegría que siente al recibirlo en su casa[1].

Zaqueo era ¿cómo decirlo? Pues como el encargado de los aduaneros de la zona; un personaje realmente original: su mucho dinero no había enorgullecido su corazón: era espontáneo, ardiente, curioso, no tenía sentido del ridículo. Era un hombre sin complejos, por decirlo en pocas palabras. Zaqueo era de baja estatura, señala el evangelista. Y cuando Jesús pasó ante él, no pudo dejar de percibir la extraña figura de aquel hombre subido como un chiquillo sobre un árbol. Quizá preguntó de quién se trataba y alguien le explicó que era un famoso ricachón que los exprimía a todos con los impuestos. A Jesús no le fue difícil adivinar qué gran corazón se escondía en ese pequeño cuerpo. Y afrontó la situación con cierto humorismo. Comenzó –¡Qué maravillosa manera de actuar del Señor!- por llamar a Zaqueo por su nombre, como si se tratase de un viejo amigo, y siguió por auto invitarse a su casa[2].

Y Zaqueo, que tenía el corazón mayor que las apariencias, bajó del árbol y corrió hacia su casa para que todo estuviera listo para cuando llegara el Señor. Sin embargo no todos asistieron a la escena con la misma limpieza de corazón. Muchos murmuraban que hubiera entrado en la casa de un hombre pecador[3].

A lo largo de evangelio, Jesús perdona fácilmente todos los pecados. Los hombres y mujeres pecadores con quienes se encuentra en su camino son en realidad como un río que se desborda y arrasa con todo, pero, con el tiempo, las aguas vuelven a su cauce, es decir, hay más debilidad que maldad[4].

Otra cosa es el río que, sí, está en su cauce; que, sí, nunca se desborda; que, sí, está sereno y tranquilo pero que ¡ay! está envenenado. El fariseo es como el río sereno: tiene la mejor de las apariencias, resulta maravilloso en su paisaje, pero todo el que beba de él morirá.

Son los pecados del fariseo –la apariencia de virtud, el juego de palabras muy bonitas pero faltas de contenido y de obras; la soberbia disfrazada de ser elegido- lo que sacaba de quicio a Jesús[5].

No es que Jesús no perdone con facilidad esos modos, es que quien es así no entiende, está cerrado en sí mismo. Le cuesta mucho advertir que está hecho una gusanera de suficiencia y de engreimiento. Le resulta más fácil pensar y juzgar lo que ve en otros: los pecados de la carne, la injusticia en el uso de los bienes materiales, una vida desenfrenada, desordenada. Y juzga con dureza; es incapaz de entender el corazón: juzga las acciones sólo por las apariencias.

Sin duda para el Señor aquel fue un día muy agradable y alegre: alguien le había entendido sin demasiadas explicaciones: Zaqueo. Jesús había encontrado en aquel hombre un gran corazón, justo por eso es que afirma: Hoy ha llegado la salvación a ésta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido[6].

Sin duda los fariseos que en aquel momento lo escuchaban sintieron un nuevo latigazo en el alma, para ellos lo perdido estaba perdido para siempre. Pero Jesucristo no actúa así, el siempre da las oportunidades que hagan falta, solamente espera un corazón abierto, franco y sencillo. Un corazón, además, con sentido del humor.


[1] Homilía pronunciada el 4.XI.2007, XXXI Domingo del tiempo ordinario, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] J.L. Martín Descalzo, Vida y Misterio de Jesús de Nazareth, Ed. Sigueme, Salamanca, 1997, pp. 895-898.
[3] Lc 19, 7.
[4] Cfr las conversaciones con Nicodemo (Jn 3, 1-15), la Samaritana (Jn 4, 7-26), Marta y María (Lc 10, 38-42), la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8, 1-11), e incluso la conversación con Pilato (Jn 18,38).
[5] El soberbio –dice un amigo que yo quiero mucho, se llama Suso- huye de conocerse a sí mismo: le aterra. Es un presuntuoso que piensa que es capaz de todo, que las leyes que rigen para los demás no van con él, ni siquiera las de la naturaleza. El soberbio es un chulito que anda presumiendo dejando caer frases de lo muy principal y preparado que está, de lo sagaz que es y, si abres la boca cuando él habla, hasta de su hermosura. Nunca olvidaré a una señora que, a gritos, de pie, delante de un servidor y de su marido, anunciaba al mundo entero refiriéndose a ella “¡¡¡ A VER SI ESTE PLATO ES BUENO O NO ES BUENOOOO!!!”. Y, a la vez, pasaba la mano como un torero desde la punta de la cabeza hasta la punta de los pies. A lo mejor, en el fondo, todos tenemos alguien dentro gritando eso de ¡¡¡ A VER SI ESTE PLATO ES BUENO O NO ES BUENO!!! En fin, si eres soberbio conviene que ames la soledad, porque un día te quedarás solo, termina diciendo mi amigo.
[6] v. 10
Ilustración: Mardsen hartley, Cristo y Zaqueo, óleo sobre madera, Whitney Museum of American Art (New York).

Thirty-first Sunday in Ordinary Time


Today's reading from the Gospel of Luke tells us that the Son of Man came to seek out and save the lost, in the same reading, we heard that when Jesus entered Jericho, He came upon Zacchaeus who was a rich and a chief tax collector. Most likely, Zacchaeus, like other tax collectors, was a dishonest man. Over and above collecting his quota that had to be remitted to the state, he surcharged the poor and pocketed the extra money that he collected[1].

Jesus' encounter with Zacchaeus was not by chance. The Lord God had called Zacchaeus in a unique way. Zacchaeus had heard that Jesus was coming and out of curiosity, he wanted to see Him.

When Jesus saw Zacchaeus, He invited Himself to his home by saying, Zacchaeus, hurry and come down; for I must stay at your house today[2], what an expression of joy!

What followed was a total human change of heart. By the grace of God, Zacchaeus repented of his sins[3]

Here we perceive that Zacchaeus, after having met Jesus, he experienced a total detachment from his earthly possessions.

The conclusion of the gospel it is really wonderful: The Son of Man came to seek out and to save the lost[4]. Zacchaeus was a sinner, however by the grace of God, he repented and welcomed Jesus in his home. Through Christ, he was saved.

Returning to my introduction, how would you respond if Jesus said to you, I must stay at your house today. How would you react to such an invitation? Would your home be ready? Would you be personally ready to welcome Jesus in your home?

The true issue here is not how we would react if Jesus wanted to come into our homes but rather, how have we reacted when He came into our homes? Indeed, Jesus has visited the homes of each and everyone of us. For Jesus is alive in us!

Through the Sacrament of Confirmation, we have received the indwelling Spirit of Christ within us. Through the Sacrament of the Holy Eucharist, we have received the Divine Presence of the Lord Jesus within us. And if we love one another, God lives in us, and His love is perfected in us[5].

When God lives in us, His glory is manifested through the fruit of His grace. He invited Himself into our homes and we have welcomed Him. For those of us who have received God in our homes, let us be thankful to the Lord for coming to us.

For those who have not received the Lord God in their homes or those who no longer have His Sacred Presence in their homes, it is never too late to repent and to welcome the Lord Jesus to return. For the Lord is a God of love, grace and mercy. He does not wish to see that any be lost.

As we continue with the celebration of the Holy Mass, let us pray for those who do not have the indwelling of the Lord God in their homes. Let us ask the Lord to reach out to these souls so that they too may partake in the universal salvation plan of God.


[1] Sunday 4th November, 2007, 31st Sunday in Ordinary Time. St Charles Borromeo. Readings: Wisdom 11:22-12:2. I will praise your name for ever, my king and my God-Ps 144(145):1-2, 8-11, 13-14. 2. Thessalonians 1:1–2:2. Luke 19:1-10.
[2] Lk. 19:5
[3] Id, 19:8
[4] Lk. 19:10
[5] 1 Jn. 4:13

ilustration: French miniaturist, Christ and Zacchaeus, 1423 Illumination on parchment, 41 x 28 cm, koninklijke kibliotheek, La Haya (Holanda).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris